HER PRIVATE HELL
el intento de crear un clásico de culto (y no lograrlo)
Aglaia Berlutti
Nicolas Winding Refn regresa tras años de silencio con una fantasía de neón y cuchillas que suena a homenaje de sí mismo. Aunque el verdadero protagonista termine siendo un compositor de setenta y tantos años y una historia compleja que se desarrolla con torpeza. Pero, al final, es el director batallando como puede con sus virtudes y la autorreferencia.
Nicolas Winding Refn, como director, se encuentra en el terreno incómodo de intentar ser un autor de culto como el que intenta ser (un Lars Von Trier estilizado) y un realizador en busca de su propia identidad. Entre ambas cosas, la percepción del cineasta sobre su lenguaje estético y conceptual parece basarse en una búsqueda de una angustia existencial, encapsulada en personajes tenebrosos, atmósferas bellas y hostiles con historias que intentan ser levemente terroríficas. De hecho, en Her Private Hell, su más reciente cinta estrenada en Cannes y que apenas ahora llega a salas comerciales, hay mucho de eso.
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En específico, hay algo casi cómico en que el giro más vivo dentro de una trama compleja y que se vuelve cada vez más angustiosa no salga de una cámara, un guion ni un intérprete, sino de un teclado manejado por Pino Donaggio, el veterano que puso música a clásicos de Brian De Palma y Dario Argento. Su partitura envuelve cada escena con una melancolía elegante que el resto de la película apenas merece, y llega a recordar, en más de un pasaje, al trabajo que Cliff Martínez firmó para Drive. No exagero al decir que sin Donaggio esta cinta se quedaría muda de verdad, no sólo en sentido figurado.
Porque Nicolas Winding Refn intenta indagar de nuevo en la idea de lo absurdo y lo existencial como puesta en escena, pero lo hace con una obra que es mucho más un recopilatorio personal que una película que aporta alguna idea original a las que ya ha planteado en su filmografía. De modo que regresa a sus lugares comunes, con un antihéroe enfundado en cuero, mujeres fotografiadas como si fueran esculturas, una madrastra con aire de enigma y guiños tanto al giallo italiano como al cine de samuráis de la escuela y la estética más exquisita.
Una mezcla que deja claro que todo el catálogo de obsesiones del danés reaparece como parte del componente atmosférico. Pero envejecido, sin el mismo interés visual y, mucho menos, la misma densidad conceptual. Por lo que el resultado se acerca más a un capítulo perdido de su serie Copenhagen Cowboy que a un largometraje con ambición propia, y ese es quizás el diagnóstico más certero que se puede hacer de todo el conjunto: una firma que se repite sin encontrar nada que decir con ella.
De modo que la sensación general, paseando por sus casi dos horas de metraje, es la de asistir a un artista que intenta reencender una chispa que se extinguió hace tiempo. Por lo que, cuadro tras cuadro, no logra encontrar su lenguaje, por más que insista con destreza técnica y buenas intenciones estéticas evidentes desde el primer fotograma hasta los créditos finales.
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Un futuro de cuero y niebla
Por supuesto, Her Private Hell comienza con una secuencia específicamente creada para explorar el tono estético que caracteriza a su director. Por lo que la cámara muestra una ciudad futurista envuelta en una bruma espesa y la inevitable, insistente y agobiante sensación de que pronto un conflicto subyacente estallará. No obstante, el guion (que también escribe el director junto a Esti Giordani) tiene verdaderos problemas para plantear qué es exactamente lo que envuelve esa atmósfera perniciosa. ¿Se trata de una amenaza real? ¿Una visión existencialista? Nicolas Winding Refn nunca ha sido especialmente pródigo en explicaciones sobre su mundo. Pero en esta ocasión, esa tendencia hacia el misterio hace que el mundo que plantea de manera tan sugerente se desdibuje casi de inmediato.
Pero además, todo el apartado visual de la película es un guiño evidente a la estética de Blade Runner que, además, se convertirá en la columna vertebral acerca de cierta reflexión de la naturaleza humana, que no termina de expresarse del todo. En este escenario hiperestilizado y levemente sofocante, el argumento se enfoca en Elle (Sophie Thatcher), una actriz que describe el regreso a su propio hogar como un acto de riesgo, casi como si volviera a un templo construido a base de dinero y vanidad. En el vestíbulo desierto se cruza con Hunter (Kristine Froseth), una joven a la que termina incorporando a su círculo de excesos, presentándola poco después a Dominique (Havana Rose Liu), la madrastra de Elle, uno de los típicos personajes retorcidos e insinuantes de Nicolas Winding Refn que, en esta ocasión, el guion no da demasiado espacio para respirar.
Lo peor es que el resto de las aparentemente siniestras figuras que rodean al trío de protagonistas son tan blandas como para resultar homogéneas. El padre de Elle, Johnny Thunders (Dougray Scott), y un villano identificado únicamente como Leather Man, un ejecutor casi diabólico cuya función parece ser recordarnos que en el universo de Refn el mal siempre viste bien. Paralelamente aparece Private K (Charles Melton), un militar obsesionado con encontrar a su hija perdida en este retorcido laberinto futurista de horrores.
Si Elle recuerda inevitablemente al personaje que Elle Fanning interpretó en The Neon Demon, Melton hereda el molde que Ryan Gosling ya había estrenado en anteriores colaboraciones con el director: un rostro impasible, anguloso, indudablemente atractivo y dispuesto a cualquier sacrificio con tal de cumplir su misión, aunque el guion no siempre sepa qué hacer con esa determinación una vez establecida en pantalla. Pero a pesar de que todo parece construido para asombrar, la cinta tiene dificultades para hacer otra cosa que ser un refrito sin mucho interés y mucha profundidad de un territorio más amplio, complicado y duro que la película no desarrolla jamás. En especial, porque todas estas historias que se enlazan entre sí, jamás logran explicarse del todo y, sin duda, carecen de un sentido real para analizar el tiempo y el deseo a la manera como el director desea mostrarlas.
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(Poesía) incomprensible y caótica
El tono narrativo alterna dos registros que rara vez se encuentran cómodos entre sí. Por un lado, diálogos entregados con una cadencia casi lírica, tan crípticos que en un momento determinado los personajes directamente dejan de hablar en un idioma reconocible; una escena que probablemente termine circulando como broma en redes sociales antes que como hallazgo artístico serio. Por otro lado, estallidos de violencia física brutal y directa: gore con un sentido de la estética que termina por carecer de verdadero sentido o profundidad. Refn vuelve a intentar su fórmula de siempre, esa mezcla de erotismo y brutalidad presentados con la misma cámara pausada y casi ceremonial, buscando que ambos extremos compartan una misma belleza visual.
Sólo que esta vez le falta la pericia técnica para lograrlo. Parte del desgaste en el apartado de sus ya habituales trucos estéticos tiene nombre propio: Magnus Nordenhorf Jønck, el director de fotografía que también trabajó con Refn en Copenhagen Cowboy. El trabajo de Nordenhorf Jønck es en la cinta una especie de versión superficial de algunos trabajos más elaborados y complicados, por lo que en varias secuencias carece de la audacia necesaria, con iluminaciones que se quedan cortas y encuadres que no terminan de encontrar su lugar.
Los departamentos de diseño, tradicionalmente el terreno más fuerte del cineasta, se sienten esta vez apagados, funcionales en el peor sentido de la palabra. Incluso el vestuario, pieza clave de su identidad visual en trabajos como Drive o The Neon Demon, parece calcado de referencias anteriores en lugar de proponer algo propio, como si el equipo hubiera decidido replicar fórmulas ya probadas antes que arriesgarse a construir un lenguaje nuevo para esta historia concreta. Pero no sólo no lo logra, sino que esta cinta, que busca convertirse en una visión de culto de cierta noción sobre la distopía, se queda corta en ambición en ejecución. Un giro lamentable para Nicolas Winding Refn, que hasta ahora había logrado evitar el lugar común en sus películas, pero que en esta oportunidad parece no tener otra cosa que mostrar que eso.
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Aglaia Berlutti
Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.
Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.
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