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MIS NOVELAS FAVORITAS DE LICÁNTROPOS

 

Jorge López Landó

 

 

Muchas obras literarias del género terrorífico que prometen asustar no lo logran, otras caen en una especie de texto hilarante que, lejos de incomodar, dan pena ajena. Esto lo he notado en algunas novelas sobre hombres-lobo, y no porque los autores desconozcan sobre el tema, sino porque no desarrollan bien algunos detalles, procurando exagerar algunas veces y omitiendo lo básico del género: el aspecto humano.

Pero, ¿qué hace a una buena novela de hombres-lobo? ¿Qué ingredientes debe tener? ¿Lo más importante es la trama o la descripción de la transformación? ¿Debe dar miedo? ¿Cómo no caer en el cliché de lo que ya se ha hecho con anterioridad? ¿Hasta dónde estirar la liga para que la historia en cuestión parezca verosímil, pero no una parodia de algo ya escrito o de una película?

Novelas sobre licántropos hay muchas, desde las chafas románticas de fantasía (perdón por si son las favoritas de algún lector) hasta las cómicas e infantiles para jóvenes amantes de las letras. Inclusive hay algunas mexicanas que no son de mi agrado, pero en gustos se rompen géneros y se rasgan vestiduras. Sin embargo, hay otras que considero muy buenas. Va entonces mi lista de favoritas.

De inicio, aunque ya había otras antes, entre las más famosas está El hombre lobo de París, escrita por Guy Endore y publicada en 1933. Es una novela gótica cuyo personaje principal ha sido clasificado como “el Drácula de los licántropos” por su relevancia en el género.

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Posteriormente, ya entrados en el último cuarto del siglo pasado, destaca la trilogía Aullido de Gary Brandner que, si bien la primera entrega se publicó en 1977, fue hasta 1981 que Joe Dante la llevó a la gran pantalla (con ligeros cambios, que hicieron de la cinta un clásico).

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Ese mismo año, recién estrenada la década de los ochenta, pudimos leer Moondeath de Rick Hautala, una verdadera joya.

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Luego, en 1983, está El ciclo del hombre lobo de Stephen King, donde la sorpresa estriba en que la bestia es el sacerdote del pueblo. Esta obra fue llevada al cine en 1985 (por Daniel Attias) bajo el título Bala de plata.

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En 1989, Robert R. McCammon publicó The Wolf’s Hour, protagonizada por un agente secreto británico que es un licántropo y ambientada en la Segunda Guerra Mundial.

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En 1992, salió Thor de Wayne Smith, que muchos conocemos mejor con su versión cinematográfica (por Eric Red) de 1996 titulada Bad Moon, la cual tradujeron al español como Luna maldita o Luna roja. Aquí el asunto se centra en un perro pastor alemán que descubre el secreto de la bestia.

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Ya en estas fechas se publicaban también novelas de corte erótico o romántico con hombres-lobo como protagonistas, olvidándose del terror y cayendo en una suerte de “amor por lo prohibido”, donde la protagonista se enamoraba del atlético joven rebelde (incluida la chamarra de cuero y la moto); y era ese mismo sujeto quien algunas noches se transformaba en bestia, pero sin destripar a nadie, terminando feliz al lado de la dama soltera quien descubre sus instintos salvajes.

Mientras esto ocurría, salieron de vez en cuando algunos títulos atractivos, pero nada sobresaliente llamó mi atención.

Siguieron pasando los años hasta que en 2010 se estrenó el refrito, dirigido por Joe Johnston, de The Wolfman con Benicio del Toro, Anthony Hopkins, Emily Blunt y Hugo Weaving. Hasta aquí, todo bien. La película me encantó: estaba ambientada en un Londres victoriano, los guiños al clásico original de 1941 y a la venerada An American Werewolf In London (AAWIL) de 1981 me parecieron magistrales (¿cómo olvidar la escena donde aparece el genio Rick Baker?) y, a pesar de las computadoras utilizadas para la metamorfosis, lo compensé con el detalle de que Gene Simmons de Kiss participó en la producción de los sonidos emitidos por el monstruo (además de que el inspector encargado de investigar el caso es el mismo que indagó los asesinatos de Jack El Destripador).

Sin embargo, lo mejor estaba por venir.

Ese mismo año, diez días antes del estreno de la cinta, el autor Jonathan Maberry publicó la novelización, lo cual es muy común en el mercado estadounidense.

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El asunto es que leí el libro y quedé verdaderamente sorprendido con la profundidad que estoy seguro hubo en el proceso de investigación para la redacción de la obra. Me pareció evidente que el autor había indagado anatomía para describir la transformación con tanto detalle. Igual que había investigado usos y costumbres de Inglaterra en 1891, cuando ocurre la historia, porque nada se le escapó. No dejó cabos sueltos ni tampoco me permitió dudar. Obviamente, cumplió con la encomienda de incluir todo lo que aparece en pantalla, como sucede en este tipo de novelizaciones, pero además se dio a la tarea de agregar muchas otras cosas que no se ven en la cinta.

Maberry indica que todo lo que tuvo a la mano para trabajar fue el guion de la película, al cual le añadió el toque gótico requerido para ambientar la historia, una base de contexto histórico para sustentar los eventos ocurridos en la trama y una buena dosis de profundidad psicológica al personaje principal de Lawrence Talbot, quien pasa de ser un actor a convertirse en un monstruo capaz de despedazar a quien se le ponga enfrente.

El autor señaló que Universal —la casa productora de la cinta— le otorgó solamente los primeros bocetos del guion para que pudiera basar su novela con la cronología de secuencias en el texto, pero permitiéndole otorgarle capas de mitos y detalles considerados como clásicos al ya conocido canon de este drama lupino.

Llamó mi atención cómo se expresa de la luna, llamándola “la diosa de la caza”, otorgando así un tono romántico al dilema de Talbot, una vez que está enterado de que es él quien cede a sus instintos animales una vez que el satélite natural lo transforma. Y es precisamente a este detalle, el de la psicología del protagonista, al que quiero hacer referencia. Porque ya habíamos visto al mismo personaje sufrir en la versión original de 1941, inclusive vimos esta incomodidad emocional en David Kessler —protagonista de AAWIL— cuando intenta suicidarse para evitar otra masacre en la capital inglesa.

¿Pero qué más hay para que un libro así impacte tan fuerte a un lector como yo? El aspecto humano del conflicto interno entre el ser y el deber ser son interesantes. Igual ese debate acerca de ceder o no a la maldición ante ese instinto animal, que podría resultar divertido como en Aullido, lo valoro bastante.

Luego está la transformación, que, en este tipo de historias, ya sea literarias o en la pantalla grande, son para mí la cereza en el pastel.

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Jonathan Maberry

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Jonathan Maberry no escatima en detalles en sus descripciones. Igual es capaz de narrarnos cómo crujen los huesos de Lawrence Talbot al reformarse, que la manera en la cual grita y emite sonidos guturales al experimentar los cambios en su cuerpo, desde la deformación de sus miembros hasta el reacomodo de sus cuerdas vocales.

Se dice que cualquier autor del género terrorífico o especulativo si incomoda, cumple con su objetivo, y Maberry lo logra fácilmente porque no nada más está el asunto del licántropo, sino otras cuestiones que de igual forma logran generar esa sensación de molestia al tener que acomodarse bien otra vez en la silla donde se lee el libro, o simplemente de mover alguna parte del cuerpo que ha cambiado de estructura normal en el personaje atormentado. Yo abrí y cerré las manos la primera vez que leí la novela, justo en el pasaje de la primera transformación. Todo esto lo consigue el autor sin dejar de motivarme a dar vuelta a la página, esperando el siguiente susto o creyendo que la cosa mejoraría, pero no pasa, y eso es lo más agradable de todo.

Creo que de eso se tratan este tipo de obras, de que uno se sepa vulnerable por un rato, pero que al final, tras cerrar el libro, se quede con esa ligera incomodidad.

Denle una oportunidad a esta novelización. Si les agradó la película, ahora la verán diferente y más completa. Si les desagradó, quizás ahora sí los convenza.

Yo seguiré en la búsqueda, escribiendo historias sobre esos seres malditos y atormentados por la enfermedad que se manifiesta mensualmente cambiándolos por monstruos, pero ustedes, amables lectores, por favor cuídense de la luna, manténganse alejados de los páramos y no salgan del camino.

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Jorge López Landó

Nació el miércoles 26 de diciembre de 1973 en Ciudad Juárez, Chihuahua, México.

Es periodista, editor, traductor y docente. Ha participado con poesía, narrativa, ensayo y crónica en diversas publicaciones
nacionales y extranjeras.

Es autor de los poemarios De Mónica o el revólverMónica odia el bossa nova (pero los fines de semana baila swing), Mónica abre el rompecabezas de fuego (y descubre que aún hay jazz) y de la plaquette El día que Art Blakey murió.

También, de las colecciones de cuentos Feral y Branquias,

Además, es coautor (junto con Mario A. Alcalá) de Lupus y Cuentos para noches de insomnio, así como de Cuando en la guarida (junto con Óscar Armando Rascón).

Es cofundador de la editorial Huargo, especializada en terror y ficción de lo extraño.

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