Bitácora de navegación del Nautilus 43
EN EL NOMBRE DEL PADRE
Marina Ortiz
Me atrevería a decir que todos los países son góticos, porque éste no se constituye por las referencias a una época o a una cultura en particular. Bien será que el nombre proviene de los godos y el perfil despectivo que los romanos crearon de ellos, pero su esencia reside en las transgresiones del pasado que, al negarlas, se vuelven un pecado avorazado, otrora seductor, persecutor, etc. Todas las sociedades deben lidiar con los efectos de sus faltas, pero esconderlas, enterrarlas, ignorarlas o solaparlas es lo que las prolongará en el presente, cual fantasma vengativo. Cuando una transgresión es tan grande que peca contra lo divino, ahogará al mundo con su sangre.
Así: Todas las escuelas están embrujadas. Todos los hospitales. Todos los cementerios.
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A México lo persigue el Barroco, la oscuridad de la religión, el gusto por el pecado, la necesidad de violencia. Nuestra historia, un montón de retazos con los que intentamos vestirnos. Nos persiguen los Oxxo y las tiendas viejas de la esquina. Nos persigue la Época de oro del cine (Pedro Armendáriz tiene mi permiso para perseguirme en sueños). Nos persigue el narcotráfico y el priismo, la corrupción y el neoliberalismo. Como muchos han señalado en redes sociales y videos, a Latinoamérica lo persigue el fantasma de la desigualdad y la Colonia, el racismo y el clasismo. Y el actual imperialismo. Consonante con el gótico sureño americano y en contraste con Europa (no voy a decir “contrario a”, porque todas las sociedades son capaces de repetir los pecados de sus padres), donde lo persigue la decadencia de sus viejas jerarquías.
Decir que México, Latinoamérica, es predilecto del realismo mágico es cubrir con una pincelada superficial todos los matices de nuestra literatura. No, no es lo mismo Como agua para chocolate de Laura Esquivel que “La cena” de Alfonso Reyes (1). Son espacios muy distintos. No es lo mismo que Los de debajo de Mariano Azuela. No es lo mismo que la oscuridad y la lluvia de los cuentos de Amparo Dávila. Los sueños oscuros de Emiliano González. Las atmósferas sinuosas de Taboada. La astucia de Castellanos. No hay nada de cotidiano en Rulfo.
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«La cena», ilustrada por Santiago Caruso.
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Lo eurocéntrico nos persigue y nos duele reconocer que nuestra identidad esté atravesada por ello. Todo el siglo XIX fue un intento por integrar a Europa y por superarla, y quererla, y odiarla, y negarla. Como si toda Europa fuera la misma. Como si la Segunda Intervención Francesa, de donde proviene la idea de Latinoamérica (2), fuera lo mismo que los delirios de Baudelaire y Rimbaud. Como si no fuéramos inocentes dentro de nuestro propio país: toda persona que viva en “la provincia” bien podría atestiguar que hay una imposición identitaria que se forjó, se forja aún y a veces, en la capital del país. No que sea despreciable, pero bien que Vasconcelos, abanderado de “la raza cósmica” como baluarte de una exaltación mestiza, también dijo que donde se empieza a comer carne asada empieza la barbarie. Así que, identidades reconciliadas, ¿dónde?
Hablar de identidad es hablar de un problema, de una promesa, una ilusión y un proyecto. Nunca de una realidad estática, total ni eterna. Por más que Luis Miguel nos haya querido reconciliar (otro extranjero del que nos hemos apropiado). Aun así, creo que vale la pena intentar comprender las luces y sombras que conforman nuestra “identidad nacional”, pues ellas demarcan nuestra vida. Así como el lenguaje, que es sinónimo de pensar (arguye Steiner). Pensamos en español, en católico, en Colonia y Revolución. La intención, como he esbozado con los géneros literarios en estas columnas, es expandir nuestra imaginación, no coartarla. Así que, aquí viene una lista de nuestros fantasmas:
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La ruralidad, la piedra, el polvo, el relente, la sombra, el patriarcado (Pedro Páramo). -
La esperanza de la urbanidad, de las instituciones, de la clase obrera, de la infraestructura y el quehacer político (Distinto amanecer, cine noir).
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La montaña, el volcán, el río, el árbol, el nopal, el cañón, la nube, el sol (Velasco y Doctor Atl).
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La Ilustración, los helenismos, la aspiración intelectual, el sueño y la poesía (“Palinodia del polvo” de Alfonso Reyes, de ahí la famosa frase de “la región más transparente” (3)).
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Vestigios prehispánicos, destrucción colonial, antagonismos, contradicciones y pérdida (Caifanes).
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Catolicismo erótico, mujeres voluptuosas y abuelas matriarcas (todas las telenovelas pasadas y futuras).
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Ciervo, serpiente, ratas, perro amarillo, golondrina (Frida Kahlo).
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Otakus, emos, kolombia, cumbia, darketos, punketos, fresas, fifas.
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El señor de los camotes en Guanajuato, cuyo silbido resuena en los callejones (extraño vivir ahí).
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Mestizaje hipócrita que esconde discriminación.
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Salsa Valentina, papitas sabor fuego (morado), sushi de trompo y queso manchego. Elotes de la calle, nieve de garrafa, cerveza, tequila, frijoles, hojarascas, cacahuates garapiñados, churros, ponche (quedarse dormido en las sillas de plástico en la fiesta cuando éramos niños).
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La virgen que sonríe, que llora, que se aparece en el monte, en el plato del microondas y en el chile relleno (La rosa de Guadalupe).
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Devoción a medias, a conveniencia.
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El futbol (Rudo y cursi).
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Migrante mariposa monarca, vaquita marina, ajolote, glaciares, biznagas.
El surrealismo que es México (somos pulsión del subconsciente, una energía indefinida), producto de toda nuestra historia improvisada, contraria y contestada. Religión y magia, cosmopolitismo y localidad. Alegría y muerte (pocas culturas como la nuestra para ello). La identidad es una tierra con las fronteras llenas de traición. Nuestros góticos son tantos, pero compartimos una misma desgracia: injusticias irresueltas, desigualdad, crueldad, opresión. Lo sufrimos todos. El gótico mexicano es societal y naturalista. Compartido, estructural. Un grito que intercambia rabia con orgullo y lucha.
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(1) Carlos Fuentes… digamos que se inspiró en él.
(2) Bilbao era chileno de ascendencia vasca, Torres Caicedo colombiano residiendo en Europa, pero Chevalier era francés. No dudo que haya nobleza en sus intenciones, sólo que es importante reconocer que también hubo luchas de poder en su construcción misma que poco tenían que ver con la vivencia cotidiana nuestra.
(3) Qué caray, otra inspiración de Carlos Fuentes.
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Ana Marina Ortiz Baker
Soy Licenciada en Letras y Maestra en Literatura Hispanoamericana.
Los temas que me apasionan son la fantasía, la ciencia ficción, el cyberpunk, el cuerpo, la mujer, los espacios, los mitos y la naturaleza.
Me encanta indagar en los significados que sostienen un mundo ficticio y últimamente me siento muy cautivada por la sabiduría que lo mítico nos devela.
Me gusta mucho tejer, visitar ríos y arroyos, leer, el color beige, El señor de los anillos, Star Trek, los pulpos, los tornados y el melodrama.
Organizo el proyecto independiente de La (cíclica) Sociedad del Fruto y el Mito (Ig y X).
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