EL ALARIDO SIMBÓLICO DE

LEONA, LA MATADORA

 

Alicia M. Mares

 

Buenas noches, saludamos despeinadas, sucias y con la gata maloliente.

Al día siguiente nos contestan con la notificación de que esta es la primera advertencia por escándalo y desorden.

A la tercera debemos abandonar el edificio.

 

Andamos gatas, andamos diablas

“Matadora” es uno de los 15 cuentos que conforman La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018), colección de la ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe. En este relato, madre e hija se acaban de mudar a un edificio residencial y viven una vida cotidiana no sin dificultades, pues la niña es gordita y otros niños son crueles con ella.

De fondo, tienen un invierno particularmente caluroso, la transición hacia la pubertad de la niña y las noticias constantes de mujeres asesinadas, violentadas, que encima tienen que lidiar con una opinión pública extremadamente misógina.

No obstante, el foco está sobre la minina Leona, única sobreviviente de un exterminio con veneno orquestado por los vecinos, que estaban incómodos ante tanto gato callejero. La niña la adora inmediatamente. Sin razón alguna (aparentemente), Leona se vuelve una gata brava, llena de maullidos constantes y estruendosos.

La gatita ya abrió los ojos y camina de acá para allá, pero no ha perdido la costumbre de maullar como si se le fuera la vida.

Callen a ese gato, gritan los de la junta de vecinos.

 

El paralelismo de los alaridos

La situación va poniéndose más inestable. La madre se resiste a deshacerse de la gata por simple compasión, porque ve muy contenta a su hija, pero mientras más surgen los problemas con la junta de vecinos, más ven amenazada su estabilidad. Leona crece y jamás deja de bufar, de gritar sin ton ni son. Parecería.

Pero en algún punto entendí que Leona era una especie de conducto, altavoz para aquellas silenciadas. Para alumbrar más esta pequeña hipótesis, acá dos citas:

Otra vez la opinión del respetable público se hace escuchar: Algo les está pasando a las mujeres últimamente, las están matando mucho. Ha de ser por eso del feminismo.

 

¿Qué es un gato más en esta ciudad de gatos y de perros muertos de hambre que revuelven la basura, y de pericos en jaulas que aguantan el sol y la lluvia en los balcones? Animales que a nadie importan.

No son frases muy cercanas entre sí, pero trazan una suerte de paralelismo entre la muerte constante de las mujeres, expuestas a la indiferencia y crueldad pública, y la de los animales exterminados por y para el gusto de la gente común. El vaivén del foco de la narrativa —ora los problemas que causa Leona con sus maullidos, ora otra breve reflexión de los asesinatos que reportan los noticieros— distribuía mi atención entre ambos hilos argumentales, que al final se conectarían. Rodríguez Pappe utiliza la voz de la madre para reflexionar sobre estas anécdotas de violencia.

Pero Leona… Volvamos a Leona. Esa bola de pelos erizados en un bufido de defensa incomprensible, de agresión inminente, genera problemas con solo existir y hacer ruido; tantos, que la madre finalmente se harta y la echa a la calle. Pero no será el fin de ella.

La voz de Leona, creo, es el grito simbólico y condensado del dolor de las mujeres, violentadas, enjuiciadas y luego silenciadas por un maremoto de opiniones crueles adrede, crueles desde la ignorancia. Y es que no hay nada que moleste más que una mujer haciendo ruido, incomodando con solamente existir. Por eso Leona genera tanta discordia.

La camada de Leona

Meses después, Leona regresa, triunfante y embarazada. No obstante, ha elevado el problema que representa su presencia al cuadrado, puesto que caza con más asiduidad. Además, la madre presiente que cuando vengan los gatitos, el escándalo será mucho peor. Y tiene razón.

El clímax del cuento llega entonces, construido a base de situaciones que se apilan de manera lógica: el parto de la gata es un griterío, los de seguridad llegan a correrlas, alentados por los vecinos hartos; la madre se desespera tanto que la niña se encierra con la gata en el baño. Y me lo imaginé, lo oí porque lo he oído: maullidos, maullidos, maullidos.

Finalmente, la niña abre la puerta. Le muestra la camada de Leona: cuatro criaturas con hocicos largos y escamas, bebés y nada indefensas. ¿Pero qué significa esto?

Solange Rodríguez Pappe

 

Mata, matadora

Antes del desenlace, dos pistas más.

  1. Leona trae un dedo humano, arrancado de cuajo, a la casa.

  2. Este incidente se empalma con la curiosa noticia de que un hombre fue hallado, tirado en la calle, tras haber sido atacado por un animal. Se rumoreaba que toqueteaba a su hija.

Bueno, tampoco es descifrar el código enigma. Pero el hecho de que estas pistas se revelen a sí mismas y encajen con tal facilidad de bisagra engrasada en la recta final del cuento me causó una arritmia. Ya presentía la defensa incomprensible, la agresión inminente, sembrada por Pappe.

Hay cosas que resultan inexplicables, dicen ambas protagonistas en puntos diferentes del cuento, pero es Leona la que cristaliza esta idea para volverla salto y ataque: les dejo una última cita.

[…] Poco a poco, junto con su camada, ha ido ampliando sus excursiones más allá de los Cerros.

Hasta nuestro departamento llegan los ayes y las lamentaciones de los hombres que no han sido precavidos, pero nos distraemos con las cosas interesantes que siempre hay en la televisión. Cada vez hay menos noticias de mujeres muertas.

Nuestras crías ya comen por sí mismas.

 

Leona era la voz de aquellas mujeres amordazadas por la mano de la violencia e injusticia. Tras dar a luz —algo asociado frecuentemente con la feminidad—, no pierde su fuerza o determinación, sino que las multiplica. Por cuatro.

Leona era la voz de aquellas mujeres amordazadas y violentadas. Ahora, es su justicia llena de zarpas.

Ah, y los vecinos no volvieron a molestarlas.

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Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996)

Graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y correctora de estilo en formación.

Trabaja como redactora en una agencia digital. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México,

en las revistas Marabunta, Colofón, Origami y Efecto Antabus,

y le lee su columna de revista Palabrerías a sus seis gatos.

Creció al lado de un árbol de jacaranda.

Twitter: @AliciaSkeltar

Facebook: @AliciaMaresReading

Instagram: @aliciamayamares

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