EL HOMBRE LOBO DE CHIAPAS

preámbulo a una nueva ola de terror

 

Israel Yerena

 

Lo que están a punto de leer es un suceso real, un producto del pánico colectivo mezclado con el temor y el placer a lo sobrenatural.

En días recientes, un usuario de Twitter reportó que los pobladores de Coita, Chiapas, viven aterrados por el avistamiento de un hombre lobo. Su temor ha llegado a tal grado que durante dos noches (probablemente entre el 9 y 11 de abril) la gente se organizó en grupos, se armó con pistolas y escopetas, y salieron a darle caza al licántropo, cual si fuera la película de The Wolfman (1941).

Existen videos del lugar donde se escuchan aullidos, así como fotografías en las que se ven marcas de garras (aunque ambas cosas podrían ser ocasionadas por algún otro animal, por supuesto). Por esta razón los habitantes de Coita se han convertido en la burla de los internautas, quienes los han tachado de ignorantes al tener más fe y creencia en un hombre lobo que en la existencia del reciente coronavirus (SARS-CoV-2).

No se puede negar que hay motivos para sonreír un poco ante tal “disparate”, pues en tiempos modernos es increíble la “inocencia” de creer más en un hombre lobo que en la pandemia del coronavirus. Sin embargo, tras leer la opinión de la psicoterapeuta Dulce Bonifaz, quien opinó al respecto sobre este tema, la perspectiva cambia lo suficiente como para mirarla desde otro enfoque más cuerdo.

La psicóloga opina que el avistamiento del licántropo es el síntoma de una histeria colectiva, misma que ha provocado insomnio en varias personas a nivel mundial por el estrés y el pánico ante el Covid-19 (ya sea hacia la propia enfermedad o a la crisis económica que traerá).

De esta manera, el virus, al ser existente pero invisible e intangible, se convierte en un peligro que necesita ser visible y tangible, algo que los pobladores de Coita ―de forma inconsciente― convirtieron en un hombre lobo para darle a su miedo un aspecto físico y poder enfrentarlo.

Aquí las cosas comienzan a tomar sentido, e incluso parece algo bastante lógico y no tan disparatado. Después de todo, mientras las zonas rurales deben enfrentarse a criaturas del folclore, las urbanas optan más por teorías de conspiración. Por ello, todo esto nos lleva a pensar que la histeria colectiva actual podría significar una próxima y enorme ola en el cine de terror.

Recordemos que el género cinematográfico de horror surgió a inicios de los años 20 con cintas como Nosferatu o El gabinete del Dr. Caligari, teniendo un mayor auge entre los 30 y 40 con los Monstruos clásicos de Universal: Frankenstein, la momia, el hombre lobo, el fantasma de la ópera, el hombre invisible, el monstruo de la laguna negra, etc.

Estos monstruos surgieron ante la necesidad del hombre de transferir sus miedos e instintos animales (como la sexualidad y la perversidad) a figuras que sirvieran de receptáculos de esta “malignidad humana”, librándose así de su propio lado “monstruoso”.

Esta es una de las razones por las que, en las películas, el género humano casi siempre triunfa ante los monstruos, ya que en esencia se trata de la bondad venciendo a la otredad, a lo desconocido; es el bien contra el mal, la parte racional del hombre triunfando ante la animal.

Caso similar ocurrió en los años 70 y 80, una época donde Estados Unidos (mayor productor de los filmes slashers) se enfrentó a la crisis económica y el horror humano que engendró la Guerra de Vietnam. Frente a esto, el cine de terror fue un efectivo escape, pues la sociedad necesitaba huir del terror de la vida real plasmando estos miedos en el cine y ver que su mundo era grotesco, sí, pero no tanto como el que se veía en las películas.

Después de todo, mientras en los años 20 los monstruos eran externos a la psicología humana (se negaba que la malignidad fuera natural en el hombre), en los 70 y 80 estos monstruos ya no surgen del espacio, del infierno, de antiguas maldiciones o de laboratorios, sino que ahora se encarnan en la figura del psicópata.

¿Pues qué es un psicópata sino un personaje humano, violento, sádico y perverso, nacido y formado en la sociedad, siendo la mayoría de las veces alguien incomprendido y violentado por la misma? Un hombre o mujer sumamente malignos por cuanto más humanos y reales son. Esto nos deja claro que el verdadero horror y la violencia provienen de nosotros.

Es así como el cine de terror suele tener sus mejores momentos en épocas de crisis (económicas y psicológicas) o después de superarlas, ya que se torna como la necesidad de crear un mundo peor frente a la cruel realidad. Por ello, si tomamos en cuenta que estamos atravesando una crisis que ya ha sido catalogada como histórica, quizás entre las cosas “buenas” que traiga esta pandemia del coronavirus, tal vez, y sólo tal vez, sea el preámbulo de una nueva y emocionante ola de historias y cintas de terror.

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Carlos Israel Yerena Cruz

Egresado de la carrera de Comunicación de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. 

Contribuyente de la revista electrónica “Encuadres”, escribiendo reseñas y noticias acerca del género de terror.

Titulado mediante la tesis “La masacre de Texas: del asesino histórico al fílmico”.

Amante de los temas tabúes, lo retorcido y lo bizarro, desde muy temprana edad -cuando apenas era un pequeño Ghoul– encontró en el género de terror un refugió en el cual depositar y liberar todos aquellos deseos perversos que crecen hasta en la mente más pura. Sin importar la vertiente, ya sea literaria o cinematográfica, el horror es un género que lo ha sumergido en un mundo que le ha enseñado que, a veces, la belleza más extrema se encuentra en las obras más grotescas.

De estómago curtido principalmente por los filmes slashersel género de horror también le ha demostrado que la mente y la naturaleza del ser humano son, quizá, las fronteras más lejanas y oscuras que nunca terminarán de ser exploradas, pero que piden a gritos que alguien se adentre en ellas. En la literatura, gracias a Lovecraft, ha aprendido que, aunque sea en unas cuantas páginas y en breves oraciones –escritas a veces por las mentes más solitarias e incomprendidas se alberga el horror más profundo de todos, aquel para el que ni siquiera se han creado las palabras ni ojos que sean dignos de describirlo.

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