EL LLANTO DE LAS LATINOAMERICANAS

Eduardo Hennings

 

Si pensamos La llorona desde el género de horror en el que realmente se posiciona por completo solo en su clímax, daríamos muchos peros y no aprehenderíamos el filme de la manera en que mejor se permite aprehender. Porque, en cambio, si lo observamos como una obra de evocación en todos los sentidos, cumple, funciona y trasciende. Es a partir de la cultura, del agravio y la tragedia (únicamente para comenzar) que esta historia adquiere forma. Su espíritu, por otro lado, es más grande que los metraje y montaje que lo conforman, puesto que, a pesar de ser guatemalteco, se reconoce latinoamericano en tanto región con los mismos dolores y valores.

El filme cuenta una situación grave en la sociedad de Guatemala y en la familia de Enrique Monteverde, un ex dictador sin escrúpulos que se encuentra ante dos frentes: resiste la ira de un pueblo antes sometido y al mismo tiempo enfrenta un juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos en los años de la guerrilla contra una comunidad maya. El enjuiciado Enrique Monteverde, ahora sobreviviendo con una salud deplorable, carga con sus malos hábitos, sus mentiras y sus pecados; pero nada tan fastidioso y angustiante como la posibilidad de que al fin lo golpeen las consecuencias, ni como la ignominia de todo un país unido. Monteverde, rodeado en su hogar de mujeres e indígenas, comienza a ser atormentado por las noches, aunque niegue ser un genocida y se nombre un hombre justo. La presencia de una nueva sirvienta, llamada Alma, será el detonante de problemáticos sucesos; su llegada será casi al mismo tiempo que los tormentos que el general Monteverde padecerá.

Jayro Bustamante es el director, y este su tercer largometraje. Aquí reafirma la importancia que como individuo y autor da a las comunidades indígenas, mayoría desafortunada en Guatemala (quienes ya en su primera obra, Ixcanul, 2015, habían sido protagonistas). Esta vez, Bustamante se ha aventurado a tomar la leyenda prehispánica más famosa, homónima a la película, para ponerla como principio y derredor de la trama. Mediante un ambiente por momentos penumbroso, esboza amplias escenas que se pretenden de horror dentro de una historia que trabaja con el drama como género imperante. No basta que la leyenda sea puramente de terror desde hace siglos y que con sus imágenes atendamos lo sobrenatural; sin embargo, es suficiente y, de hecho, satisfactorio, que el director no se limite a transponer lo dictado por la tradición prehispánica (la cual, ciertamente, define a este filme), sino que remite a la llorona a esta época, y la entiende sujetándose de los valores que ahora rigen a las sociedades. Estas actualización y reinterpretación son unos de los mayores méritos conceptuales que La llorona posee.

Se imita, a lo lejos, el alma lastimada pero buena de una sociedad con exigencias prudentes durante una manifestación pacífica y fraternal. No obstante, el tiempo lo pasamos dentro del círculo cerrado de Monteverde, esa intimidad llena de faltas y silencio, pero también de mujeres, en quienes todo recae: son amortiguadoras de las equivocaciones del más errático hombre. La incomodidad de conocer una vivencia del lado antagónico congenia con los tirantes momentos registrados. Esto, aunado al ritmo irregular y a los intercalados ambientes de horror y dramatismo, transmite la tensión y nos permite comprender la densidad del trauma social que se expone.

Un argumento tan reconocible como el que nos ofrece La llorona tiene que ser recuperado de la realidad, y es así. El personaje principal y sus circunstancias retratan de manera ficcional una profunda herida nacional: los crímenes del general Ríos Montt, dictador que, no habiendo gobernado ni siquiera durante un lustro, masacró un grupo étnico siempre marginado de Guatemala. Mujeres y niños mayas sufrieron con Ríos Montt a cargo. Muchos años más tarde se le hizo un juicio, pero no fue castigado. Este desagradable personaje de la reciente historia guatemalteca murió en el 2018, en descaro, libre e impune. La fuerza de la película, entonces, es determinada por la violencia y la ofensa que en verdad se vivieron, por representar millones de casos afectados y por la correcta conjunción de ficción, miedo y realidad.

Rotando su linealidad por algunas regresiones que fomentan un avance no forzado hacia una solución verosímil del conflicto, esta obra comprende las visiones como una abrupta transmisión de consciencia, una consciencia que debiera ser colectiva y que solo llegará a lo justo consiguiendo, precisamente, la colectividad. Por otro lado, la puesta en escena de La llorona soporta (y se sostiene de) muchos planos fijos y planos secuencia, los cuales se encargan de documentar a los personajes en cada escena en la que estén absolutamente expuestos; esa constancia termina por simular un tiempo sincronizado al nuestro y nos orilla a sentirnos testigos casi encarnados de los hechos. Es innegable que las imágenes de esta obra dialogan directísimamente con el infortunio de muchas naciones y de sus víctimas. Tales artificios busca el cine social; esos artificios busca, a secas, todo el cine.

La llorona —personaje tan sobresaliente que ha salido, primero, de un país, y luego de una grande región continental— ha tenido tantas versiones como variaciones del español tiene América, pero este filme no la versiona, sino que la reivindica en una interpretación humanizadora. La llorona es, en la renovación de Jayro Bustamante, un nuevo símbolo de sororidad. Quizá México habría de ceder su leyenda a favor de estas más justas e indicadas visiones. Lo que es un hecho es que el director, con La llorona y las dos películas precedentes que conforman su obra, intenta hacer que un ideal resuene en su Guatemala natal y en los espectadores del exterior.

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Eduardo Hennings es un estudiante de Letras Hispánicas en la UANL. Escribe narrativa, poesía e incursiona en la crítica de cine.

Ha sido publicado en antologías físicas en México y Argentina; también ha colaborado en revistas tanto digitales como físicas (LIJ Ibero y Revista Icónica, entre otras).

Fue editor de la Revista Latinoamericana de ciencia ficción Espejo humeante y participó en la redacción y difusión del 17° Festival Internacional de Cinematografía de Monterrey.

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