LAS FORMAS DEL MIEDO

Juan Manuel Díaz

 

Recuerdo que siendo niño me quedaba despierto para poder encontrar películas que mis padres no me permitían ver. Antes de pensar si quiera en algún material sexual, las imágenes que buscaba mientras me desvelaba eran las del terror. Bajaba a la sala mientras todos dormían y ponía la cinta rentada para ver Poltergeist, Alien, El bebé de Rosemary, La profecía, Viernes 13, La mano que mece la cuna, El horror de Amityville o Pesadilla en la calle del inferno. Había una atracción en las imágenes oscuras retocadas de sangre que se mezclaba con la inquietud de algo que aún no veía pero que se acercaba. Sentándome solo o con mi primo Beto ante un televisor como si fuera una fogata en medio del bosque, veíamos relatos de mundos ocultos detrás del nuestro.

Siempre me ha parecido que las historias de terror y de horror han sido nuestro folclor contemporáneo. Si bien es cierto que el cine en general es parte de una mitología colectiva que reconstruye arquetipos y figuras míticas*, el cine de terror específicamente se vuelve una suerte de leyenda urbana. Hay una herencia de la leyenda folclórica, pasando por la leyenda urbana, la película de terror y hasta llegar a las creepypastas. Las narrativas orales se convirtieron en narrativas visuales que esconden significados: advertencias, castigos a quienes no siguen las reglas, formas de entender los miedos más primarios del ser humano, la oscuridad como velo que oculta los peligros del bosque.

Ahí es donde se inserta mi nueva pieza de video. Es tanto una reflexión de películas de terror deformadas con oscuridad para que el espectador las complete con lo peor de su imaginación; como una reinterpretación de un cuento folclórico: figuras de leyenda que se hacen presentes en revestimientos contemporáneos. En El bebé de Rosemary nunca vemos al engendro, pero queda una mención: “¿Qué tiene en los ojos?” Nunca se nos revela, pero el bebé —o mejor dicho, su presencia— es amenazante. Es el espectador quien debe completar lo no visto con sus peores pesadillas. No tendría la misma fuerza si el director eligiera mostrar un muñeco u otro tipo de efecto especial.

Al mismo tiempo, las leyendas se disfrazan de sí mismos, pero con ropas actualizadas. Con intenciones semejantes a sus retratos antiguos y medievales. El miedo a los pueblos salvajes y estos mismos son reinterpretados en Canoa y en Holocausto canibal. La llorona se presenta en la forma de La bruja de Blair y cada retransformación no solo es la adecuación a un medio, sino a un público y a nuevas visualidades. El terror no desaparece, se adapta para construir nuevos folclores (ahora en internet con Slender Man o el video de Calamardo que provoca que los niños se suiciden). Estos fantasmas digitales son iguales a la bruja de un bosque o a Drácula. Reflexionamos con nuestros miedos por medio de estas figuras hasta darnos cuenta que el monstruo está dentro de nosotros mismos.

Esa es la gran lección de Mary Shelley y James Whale en sus versiones de Frankenstein: la criatura es el único personaje humano, mientras que los susodichos humanos son los monstruos que saltan en la noche.

* Basta con pensar en el cine de superhéroes, el cual está construido alrededor de la reinterpretación de figuras míticas como dioses. Antes la humanidad adoraba a dioses, ahora los ve en las pantallas de cine.

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Juan Manuel Diaz de la Torre

Tengo 36 años y nací en la Ciudad de México un 11 de octubre de 1985. Ese día fue viernes y debí nacer a las 6 de la mañana, pero llegué hasta las 8. Tal vez por eso me gustan los viernes y dormir hasta tarde. Soy escritor de poesía, cuento, novela y viñeta, aunque mi trabajo diurno es ser profesor e investigador. En realidad, creo que mi chamba es comunicar: sin importar que sea una reflexión en forma de cuento, un análisis de una película o algún apunte sociológico, lo único que hago es comunicar.

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