LEVITICUS
HORROR, AMOR Y SANGRE
Aglaia Berlutti
Leviticus de Adrian Chiarella (2026) explora el tema terrorífico y violento de las terapias de conversión, para analizar el miedo a la diferencia desde el horror. El resultado es una película que reflexiona sobre la crueldad y la violencia, utilizando el terreno de lo sobrenatural de manera apropiada, brillante, pero sobre todo como una lección inquietante que se hace cada vez más oscura.
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Adrian Chiarella logra lo que parece complicado y retorcido a primera vista: tomar el horror sobrenatural y convertirlo en un termómetro de diagnóstico social. O lo que es lo mismo: psicoanalizar de manera consciente y retorcida el sentido del horror para señalar la violencia cultural y social. Todo poniendo el punto de mira en las brutales terapias de conversión que millones de jóvenes queer sufren en el mundo cada año.
Pero en lugar de tomar la vía sencilla de analizar un tema semejante desde el terror psicológico, el director lo hace desde el sobrenatural. Además, desde una visión terrorífica que convierte a la cinta en una mezcla inquietante sobre la oscuridad espiritual y la que aguarda más allá. Por lo que el punto de partida es deliberadamente mundano: un pueblo gris de Victoria (Australia) con chimeneas industriales y cielos perpetuamente nublados, el tipo de lugar donde la gente va a la iglesia no por fe, sino por no tener nada más que hacer.
Pero en especial, el guion (que también escribe el director) explora a Niam (Joe Bird), un adolescente recién llegado junto a su madre (Mia Wasikowska), que sonríe de una manera que te hace desconfiar de todas las sonrisas. Como es de suponerse, Niam desea escapar en cuanto pueda del pueblo o, al menos, encontrar un lugar que pueda considerar suyo. Doblemente aislado por la mudanza y su orientación sexual, pronto el personaje parece luchar con una idea retorcida: encajar pasa por suprimir su identidad —u homogeneizarla— por el método violento de extirpar cualquier comportamiento que pueda resultar incómodo.
La trama de Leviticus es brillante en su capacidad para analizar y reconsiderar el hecho de que el miedo al rechazo es, también, una puerta al odio. Ideas complejas que la trama maneja a medida que Niam debe lidiar con el rechazo, la violencia y el ostracismo. Finalmente, cuando este chico solitario y horrorizado por el aislamiento conoce a Ryan (Stacy Clausen), guapo y ligeramente rebelde —que existe en todos los pueblos pequeños de todas las películas sobre pueblos pequeños—, la receta para el desastre parece obvia.
Este romance adolescente, que en cualquier otra parte del mundo sería simplemente una historia de crecimiento, se convierte en Leviticus en la puerta abierta al desastre. Una que llevará a ambos jóvenes a una brutal terapia de conversión, pero también transformará el sufrimiento de ambos en un tipo de horror perverso que sorprende por cualidad siniestra e imprevisible.
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Lo que te persigue tiene tu cara
La decisión formal más interesante de la película (y también la más arriesgada) es convertir el trauma en entidad física. La premisa funciona casi con una sencillez que recuerda a It Follows (David Robert Mitchell, 2014) y su aterradora visión sobre una entidad cambiaformas capaz de adaptar la apariencia al azar que convierte al enemigo en cualquiera. En este caso, la fuerza sobrenatural que acecha a Niam y Ryan adopta la apariencia de la persona que cada uno desea.
No un monstruo anónimo ni tampoco una sombra abstracta, sino el otro chico. Esa inversión es cruel en un sentido muy específico: convierte el deseo en fuente de peligro. Cuando miras a alguien que quieres y no puedes saber si es real o es la cosa que quiere matarte, el amor mismo se vuelve inhabitable.
El giro se hace más aterrador a medida que Leviticus analiza la idea del anhelo, el amor y la atracción como fuente de castigo: de la terapia de conversión con toda su brutalidad psicológica y física, al acecho de una criatura retorcida capaz de devorar la posibilidad del deseo. La metáfora funciona en múltiples registros simultáneamente.
Primero, el psicológico: la terapia de conversión intenta exactamente eso, hacer que el deseo se perciba como amenaza.
Segundo, el que vincula a los personajes: los chicos que han pasado por ese tipo de intervención aprenden a desconfiar de sus propios sentimientos, a tratarlos como síntomas de algo peligroso.
Tercero, el cinematográfico: la paranoia que genera en el espectador replica la experiencia de los personajes. No sabes en quién confiar y vives el horror de no tener una idea real de lo que ocurre.
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Saturación religiosa y monotonía gótica
Chiarella tiene un ojo muy preciso para los espacios. Victoria, en su versión cinematográfica, no es un lugar pintoresco ni tampoco un infierno obvio. Es peor que eso. El director analiza la amenaza no como parte del ambiente, sino de lo que ocurre dentro de él, esa capa invisible de vigilancia mutua que en comunidades pequeñas y religiosamente cohesionadas puede volverse asfixiante sin que nadie lo nombre. Un detalle que Leviticus analiza una y otra vez.
En especial, al reflexionar sobre la idea del mal. Ni la madre de Niam (superada y devorada por la devoción) ni la iglesia, convertida en observador y juez del comportamiento. La cinta basa el hecho del miedo al diferente no en la oscuridad interior convertida en amenaza, sino en percepción acerca de los límites de la aceptación y la intolerancia. Eso es, quizás, el comentario más incisivo de Leviticus: el daño más duradero no lo hacen los monstruos que se saben monstruos, lo hacen quienes están convencidos de su bondad. Frente a ese tipo de certeza, argumentar resulta inútil. Sobrevivir es la única respuesta posible en medio de un horror progresivo que se hace cada vez más asfixiante y terrorífico. El punto más alto de esta premisa sobria, inquietante y brillante, destinada a convertirse en una de las mejores películas de terror del año.
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¡Ya en cines!
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Aglaia Berlutti
Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.
Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.
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