ZOMBI

Kari Martínez

Debo confesar que el zombi es tal vez mi monstruo favorito, no sólo por su cara bonita, sino por todo lo que representa como palabra y como concepto social, ideológico, artístico (literario y, por supuesto, cinematográfico). Y es que hay infinidad de historias «reales y ficticias» que se cuentan alrededor de estos personajes, pero, a pesar de ser una de las figuras más sobresalientes del género horror (y también del folclor), no son muchos los diccionarios en español que le dedican un espacio, quizás esto se deba a su origen o a que no podría considerarse lo que se dice un término «común». De hecho, al buscarlo en el Corpus Diacrónico del Español (que contiene 250 millones de registros que van desde el origen del idioma hasta 1975), la palabra no aparece más que en un texto: Rayuela; lo cual quiere decir que su uso es relativamente reciente en nuestra lengua, por lo menos en la parte escrita.

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Según el diccionario de la RAE, la voz «zombi» es de origen africano occidental y lo concreta como  una «persona que se supone muerta y que ha sido reanimada por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad»; esta definición se relaciona directamente con el surgimiento de los muertos vivientes: el folclor haitiano. Con respecto a este fenómeno, se pueden encontrar casos ilustrativos e interesantes en la obra de Roland Wingfield, en donde nos topamos con historias como la de María Malual, «fallecida» por primera vez en 1909 y por segunda -¿y definitiva?- vez en los años 70, quien fue «embrujada» por su tío con ayuda de un bocor, y escondida en una plantación, más tarde fue encontrada y enviada a Francia, bajo el disfraz de monja, donde se vuelve hermana lega en el convento de Saint-Joseph-de-Cluny; o la historia del zombi más famoso, Clairvius Narcisse (muerto en 1962 y aparecido en 1980), cuyo caso es conocido como uno de los que aportan más evidencias verificables de su estado «zombífero», aunque no se realizaron otras pruebas necesarias para llamarlo irrefutable.

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Así pues, si nos enfocamos en la parte antropológica con la tradición haitiana, el zombi es temido no porque despedace gente, sino porque la sola idea de la profanación de tumbas (o la de ser enterrado vivo) ya es terrorífica en sí. Para la población culta de Haití, el fenómeno zombi tiene una explicación lógica: se trata de una persona que ha sido inducida a un estado cataléptico que se confunde con la muerte y horas después del entierro, el bocor trae a su víctima al estado consciente por medio de la administración de un antídoto. No obstante, la falta de oxígeno durante esas horas bajo tierra ocasiona lesiones cerebrales irreversibles que reducen al individuo a un estado dócil e incapaz. Sin embargo, tanto los haitianos que creen en la brujería como los que se guían por otras explicaciones, coinciden en que es buena idea tomar precauciones al respecto: aquéllos colocan pesadas piedras sobre la tumba e incluso apuñalan el cadáver; mientras que éstos suelen inyectar dosis fuertes de formol «por si acaso…».[1]

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Sobre el origen de «zombi», Wingfield expone que puede provenir de «la expresión congolesa nvumbi -cuerpo sin alma- aunque se piensa más generalmente que esta palabra sea derivada de z’ombe, criollización de l’ombre, palabra francesa para sombra»[2]. Por otra parte, Jorge Fernández Gonzalo anota en Filosofía zombi que la palabra viene:

«de nzambi, término del habla del Kongo, [que] designa al mismo tiempo el “espíritu de persona muerta” y el concepto de dios. Así el no-instante, el no-lugar de la muerte aparecen tortuosamente prolongados en ellos, hasta el punto de recordarnos, justamente por la fascinación y el desconcierto de esta muerte eterna, de este silencio perpetuo, lo desconocido personificado, el signo para la ruptura con nuestra razón, nuestra locura en carne y hueso».[3]

Para Fernández, el zombi constituye algo más que una figura rancia que colorea el imaginario colectivo del horror, pues se ha convertido en un concepto capaz de generar a su alrededor toda una forma de pensamiento y acción que, a través de su pútrido ser, desencadena una reconstrucción de las relaciones humanas: «El zombi es un problema de escritura […] con el que infectar cualquiera de los signos que componen nuestros códigos culturales y, desde ahí, volver a pensarlos nuevamente».[4] Este monstruo, cuya lengua es limitada, irónicamente tiene mucho que decir.

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Es curioso cómo podemos usar el vocablo zombi tanto como sustantivo, como adjetivo, para nombrar y para calificar; lo usamos para designar a los fieles seguidores de algo o alguien, a los que siguen órdenes o patrones sin razonarlos, a los que toman identidades o modas que les roban la individualidad, a los que son contagiados por virus que los obligan a devorar cerebros y a caminar aun estando… ¿muertos?, a los que andan por ahí después de una buena desvelada, a los que quedan catalépticos luego de ser envenenados con polvos llenos de neurotóxicos, etcétera.

Como vemos, el zombi es polifacético: tiene un lado apoyado en el folclor, otro en la ciencia, otro en la ficción, otro en el lenguaje, tanto es víctima como victimario. Quizás ese sea uno de los principales motivos de su popularidad, pues puede ser visto desde diferentes perspectivas que lo convierten a su vez en una metáfora de varios fenómenos y crisis… eso, aunado al encanto que llegan a provocar unas fauces sangrientas entre el público.

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La certeza de las primeras apariciones del zombi en la narrativa depende de qué definamos como tal; es decir, algunos consideran que La isla mágica (1929) de William Seabrook introdujo este monstruo a la cultura popular, e inspiró la creación de la mismísima White Zombie (1932), película que inaugura el género zombi en el séptimo arte (o posiblemente el primer filme haya sido El gabinete del doctor Caligari (1920), según otras opiniones). No obstante, el zombi está muy relacionado con uno de los personajes más importantes de la narrativa de horror: Drácula; ya que a partir de él, uno puede preguntarse qué pasaría si «el nodo de la maldad o de mortalidad no sea único, sino múltiple […] ¿Qué sucedería si muriendo Drácula no se extirpara el vampirismo, sino que cada uno de los infectados, de los no-muertos, tuviese una existencia independiente con respecto a su origen?»,[5] esa sería la clave de la aparición de los zombis.

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De los zombis clásicos de George Romero a los más rápidos y voraces de sus remakes, de los aterradores a los hilarantes, estos monstruos son símbolo de nuestros temores y expresan qué tan descarrilada está la realidad a través de una ficción que se antoja. Digo que se antoja, no porque el apocalipsis sea un sueño dorado, sino porque algo hay en el zombi que destila atracción hacia lo oscuro y desconocido, pues en esos entes zarrapastrosos y agusanados, el ser humano se topa con las respuestas a un «qué tal si…»


[1] Ronald Wingfield, Haití: Tras las huellas del zombi. México: EDAMEX, 1995.

[2] Ibid., p. 147.

[3] Jorge Fernández Gonzalo, Filosofía zombi. Barcelona: Anagrama, 2011. p. 37

[4] Idib., p. 197

[5] Jorge Martínez Lucena. «Hermenéutica de la narrativa del no-muerto: Frankenstein, Hyde, Drácula y el zombi» en Pensamiento y Cultura, diciembre, vol. 11, núm. 2, 2008, p. 256

Imágenes: devianART

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20130628Kari Martínez Zúñiga

Gusta de prestar voces a los animales y objetos, cual fabulista frustrada. De niña se escondía bajo la cama para asustar a los demás. Ama la lengua y se siente orgullosa de la Ñ en su apellido. Es fan de los zombis y experta en entender cuando se le traban los dedos a alguien mientras habla; pero la peor para escribir semblanzas.

http://www.depalabrasymonstruos.blogspot.mx/

@Kari_mz