UNA MIRADA A MIDSOMMAR

LOS HORRORES QUE NACEN A PLENA LUZ DEL DÍA

 

Aglaia Berlutti

Con sus amplios parajes iluminados por el sol, lugareños vestidos de impoluto blanco y una naturaleza de colores casi chillones, se podría decir que Midsommar (2019) es el reverso exacto de Hereditary (2018),la brillante ópera prima de Ari Aster. Pero la película es algo más: aunque el director retoma la noción del folk horror con especial profundidad, Midsommar es también una mirada sobre lo terrorífico por completo novedosa. Hay un aire de plenitud surreal que rara vez se asocia con películas de terror psicológico  —y Midsommar lo es, de un modo y otro— , pero también de un progresivo estudio sobre la degradación de lo espiritual y lo en apariencia benévolo, de extraordinaria contundencia. Ari Aster, que en Hereditary reflexionó sobre la oscuridad interior y la condena invisible en las múltiples dimensiones del sufrimiento, crea un paralelo radiante en el que lo que provoca el miedo es una violenta interpretación de la realidad.

Aster tiene un prodigioso talento para las atmósferas: en Hereditary la noción del culto tenebroso se sustentó en largas escenas silenciosas, personajes que observan con atención tenebrosa a considerable distancia y primeros planos que mostraban el rostro de sus personajes contorsionados por el miedo. Para Midsommar, el escenario cambia: se trata de un cielo muy azul en el que un sol perpetuamente brillante lo ilumina todo. La noción sobre lo infinito  —la mirada de lo omnipresente—  brinda la sensación que todo en la película, se encuentra bajo la atención de una fuerza antigua imposible de distraer. La luz está en todas partes, como una presencia que no obedece a límites. El resplandor casi chocante que se filtra en todos los espacios en el film tiene algo de invasión siniestra, como si la abundancia de colores, sonidos y estímulos fuera el lento avance de un tipo de amenaza imposible de describir en términos sencillos. Y es esa tensión que palpita en cada escena lo que hace de Midsommar tan efectiva.

Con pulcras referencias en el terror folclórico inglés cinematográfico y literario, Aster recrea el terror desde lo desconocido y lo primitivo. De nuevo, apela al recurso del dolor, el sufrimiento íntimo y a la entereza de una mujer para construir un discurso poderoso sobre lo sobrenatural. En Midsommar lo incierto es una colección de miradas sugerentes a lo enigmático: Aster usa el recurso de lo obvio para abrir espacios hacia reflexiones más profundas sobre el miedo. Lo logra a través de una serie de capas de significado que cuentan una historia cada vez más elaborada. Con sus dos horas y un poco más de duración, Midsommar es una reflexión sobre lo terrorífico que basa su elocuencia en lo visible, pero también en lo que metaforiza esa evidencia muy clara de algo monstruoso con formas reconocibles.

Midsommar tiene un vínculo directo con el clásico The Wicker Man (1973) de Robin Hardy, con el que comparte ritmo y aproximación al miedo ritual y a la concepción del culto como fenómeno monstruoso. Pero a diferencia de la película de Hardy —en la que los terrores se basan en la progresiva toma de conciencia del personaje principal de la amenaza del misterio — , en Midsommar lo tenebroso proviene de los personajes y sus dilemas existenciales, que alimentan lo desconocido incluso antes de saberlo. Dani (Florence Pugh) toma el testigo de la Annie de Toni Colette y desde la misma mezcla de dolor y duelo construye un puente hacia lo desconocido, que comienza incluso antes que los créditos iniciales de la película. Es la tragedia y no el miedo lo que condiciona lo que vendrá después; y de la misma manera que los cielos amplios y muy brillantes bajo los que habita el misterio, lo evidente sirve de diálogo entre las crisis existenciales de los personajes y lo monstruoso a lo que posteriormente se vincula. En Midsommar el sufrimiento toma el lugar de un fetiche poderoso, inherente a la colección de horrores que esperan a los personajes, a la vez que medita sobre los espacios de notoria y retorcida perversidad que pueden pasar inadvertidos en mitad de una tragedia mayor.

Se trata de una apuesta arriesgada: Ari Aster jugó en Hereditary con el simbolismo diabólico, en el que sostuvo una cuidadosa mirada al absurdo. Desde las numerosas decapitaciones inexplicables que ocurrieron a lo largo del metraje hasta la noción que el miedo se encontraba estrechamente vinculado por la sangre, el director sostuvo lo temible desde una conjunción de pequeñas piezas desperdigadas a lo largo del guión, que sólo se ordenaban en el tramo final de la película. En Midsommar el horror siempre está allí y es esa recurrencia, lo que permite a la película crear una atmósfera enrarecida que se mezcla en todo momento, con la raíz misteriosa de los ritos y cultos que sostienen la narración.

La película tiene un aire rural, atávico y atemporal que le permite crear la incómoda sensación que lo que ocurre  —y ocurrirá—  es sólo la repetición de algo mucho más complejo que transcurre a la periferia. Para cuando Dani llega junto a su grupo de amigos a una aldea sueca en apariencia idílica, Aster ha creado una cuidadosa cadena de miradas sobre lo terrorífico que hace al pueblo el núcleo de algo mayor. En el tranquilo pueblo  —aislado del mundo exterior y de cualquier influencia moderna—  la vida transcurre de la misma manera que hace un siglo o dos, o quizá más. Aster crea un austero aire de repetición que se enlaza con la identidad de las casas sin elementos contemporáneos, los prados siempre verdes o los lugareños, vestidos de riguroso blanco, que no dejan de sonreír y cuya amabilidad resulta por momentos irritante. En este escenario frágil  —la tensión que el argumento crea enlaza directamente con la percepción de lo oculto—  los personajes recién llegados resaltan dolorosamente: Dani y su grupo son el ojo y el centro de una percepción sobre lo anómalo que los rodea hasta engullirlos con una silenciosa y temible voracidad.

Aster procura que sus personajes sean una colección de neurosis y dolores mundanos. Mientras la Dani de Pugh intenta superar el luto, su novio sostiene a regañadientes una relación sin otra inversión emocional que el deber y cierta solidaridad tardía. El resto de los personajes  —que carecen de la meticulosa definición de la pareja central—  acentúan esa percepción de lo corriente en contraposición con el aire místico de la aldea, cuyos habitantes les miran a prudencial distancia. La diferencia es clara y Aster procura que sea notoria, en un juego engañoso de pequeños desaciertos y desencuentros que dejan muy claro, casi de inmediato, que los visitantes son recibidos a regañadientes a pesar de los gestos de bienvenida y la sostenida  —y artificial—  amabilidad de los locales.

Si la efectividad visual de Hereditary se basaba en la forma en cómo el director usó las maquetas, escenas a escala y casas de muñeca para simbolizar el control misterioso que lo sobrenatural tenía sobre los personajes, en Midsommar el recurso se repite pero con tomas cenitales que muestran al pueblo como una gran pieza de orfebrería. Aster contempla al valle y su vegetación muy verde desde una perspectiva distante y fría: alguien  —algo—  mira las vidas de los lugareños con frialdad o eso parece sugerir la colección de tomas que siguen a los personajes desde arriba. Hay planos secuencias de espejos, reflejos en el agua, cristales que dejan claro que hay una segunda realidad bajo la brillante que la luz delinea de un lado a otro. En Midsommar Aster encuentra en la luz el mismo elemento disgregador que las sombras en Hereditary. Ambos elementos cumplen el mismo objetivo de separar, sugerir control y elaborar una versión de la realidad alternativa.

El elemento ritual en Midsommar es también un inteligente planteamiento de dimensiones de lo absurdo, caótico y temible del control sobre la voluntad del otro; la desorientación como una percepción del misterio y lo sobrenatural, como una puerta consciente hacia la concepción de la amenaza. Para Midsommar, Aster dejó atrás connotaciones cristianas o religiosas: la mirada pagana se elabora con rapidez, a través de símbolos, formas geométricas que se repiten en secuencias y el uso del idioma como un muro infranqueable. El guión es muy cuidadoso al momento de mostrar lo desconocido y lo hace con efectos especiales y trucos de cámara que muestran puntos de vista poco confiable o alterados, ya sea por lo que ocurre alrededor de los personajes o directamente por agentes químicos o mecánicos. Pronto, el pueblo entero es una pesadilla de percepciones sensoriales erróneas tanto para el espectador como para los personajes.

Para Aster, el misterio es un lenguaje: lo usa de manera simbólica como un punto de atención de la trama. En Midsommar hay una cualidad casi onírica entre escenas y para la segunda mitad de la película los personajes deambulan de un lado a otro, aturdidos y desconcertados por la realidad que cambia y se refracta a su alrededor. Además, hay que añadir el efecto caleidoscópico que dota a Midsommar del aire irreal de una imagen borrosa. Un enorme acierto visual: mientras que por un lado la luz es el elemento conductor de todas las escenas, lo que muestra  —o no—  esa directa visión de la realidad es un debate constante en una película engañosa. Las claves de lo que ocurre forman parte del contexto y lo son gracias al talento del director para dejar caer, casi en forma casual, las claves sobre lo que está ocurriendo bajo todas las sonrisas, los animados almuerzos y las danzas con manos entrelazadas que rodean a los personajes.

Midsommar es un entorno y no un lugar: Aster lo deja claro a medida que lo sobrenatural se apodera de la historia y envuelve con progresiva lentitud a los personajes y su circunstancia. La luz idílica se convierte en una amenaza y el verde frondoso de la pradera en una frontera entre horrores de pesadilla que la película anunció, pero que hasta el final parecieron de todo improbables. El gran triunfo de Midsommar es el trayecto hacia el delirio, el arrebato y el miedo, todo mezclado entre risas y un sentido del placer orgiástico. Aislados por completos, los personajes enfrentarán el miedo de una forma desconocida. Esta capacidad de Aster para sorprender  —incluso cuando parecía improbable o directamente imposible que lo hiciera—  es lo que hace de Midsommar una película de enorme efectividad emocional.

Al final, Midsommar llega a una resolución tensa que aun así provoca un considerable alivio. ¿Se trata de un final feliz? En realidad Aster deja muy en claro desde las primeras escenas de la película que el desenlace aterrador será un juego audaz de símbolos que el espectador tendrá que analizar. Hay un aire depravado y temible en los últimos minutos del metraje y ese, quizás, es el gran triunfo del director: cuando llegan los créditos finales es imposible analizar por las buenas la historia que Aster acaba de contar. Un terror malsano que se entrecruza con algo más incómodo que lleva mucho esfuerzo analizar por las buenas el verdadero secreto de una película llena de enigmas.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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