EL PODER DE LA BRUJA

y todos sus secretos

III

 

Aglaia Berlutti

Primera parte

Segunda parte

 

El poder de las brujas: tierra, fuego, aire, agua, tiempo

Sin duda, luego de un ataque de poder semejante y a tal nivel de crueldad, la figura de la mujer poderosa prácticamente desapareció de la historia. Poco a poco las religiones basadas en la mujer —en especial en el sagrado femenino— desaparecieron en una lenta transformación hacia una idea inquietante sobre la percepción del bien y el mal, basado en el pecado que se proyectaba sobre la mujer. En su libro Religión y el declive de la magiaKeith Thomas insiste en que la hostilidad medieval contra la bruja y la magia se sostenía sobre una Europa que había sido expoliada de creencias y en la que la Iglesia católica instauró un régimen de terror, que terminó por convertir a las mujeres en las víctimas propiciatorias del odio colectivo. La imagen de la mujer que poseía conocimientos que no debía haber adquirido se convirtió en síntoma de pactos con fuerzas superiores y usualmente malignas. Para los pueblos alrededor de Europa, sometidos al miedo de la presión de la nobleza —cuyo poder carecía de límites y se sostenía sobre el trabajo de los campesinos—, y en especial del rechazo de la Iglesia sobre sus creencias más antiguas, la mujer fue el chivo expiatorio natural para señalar los supuestos horrores que se escondían en la oscuridad y que era el síntoma de una transgresión misteriosa que podía explicar todo tipo de dolores, violencias y tragedias.

La década de los sesenta, con todas sus reivindicaciones sociales y culturales dirigidas a rescatar y revalorizar la figura de la mujer, encontró en el redescubrimiento de la bruja la metáfora perfecta para comprender a un tipo de figura femenina que debió enfrentar al poder desde el conocimiento intelectual y la voluntad de crear, refinadas a través de procesos de sabiduría orales considerados mágicos. En 1978, el movimiento Witch (Women Inspired To Commit Herstory) llegó a concluir que el miedo a las brujas y a la brujería durante el medioevo y siglos posteriores se debió a que la mujer con poder —ya fuera intelectual, sexual o económico— estaba fuera del ámbito de análisis de lo que la cultura concebía como femenino. Mientras las Diosas de panteones antiguos representaban el poder en estado puro, las sacerdotisas eran, además, un reflejo de la capacidad evolutiva de la mujer como parte de sociedades dinámicas en las que desempeñaban un papel específico. Pero una vez que la Iglesia logró destruir y demonizar buena parte de las religiones agrícolas europeas, la percepción de la mujer se transformó en la de una criatura débil, cuya mera existencia intelectual se encontraba en debate —todavía forma parte de la historia vergonzosa de la Iglesia los debates sobre el alma de la mujer—; además, manifestó de forma clara la forma en que la religión menospreció y sepultó a las mujeres bajo el peso de la tradición.

Por supuesto, los descubrimientos feministas no eran novedosos y la mayoría estaban basados en las investigaciones de la egiptóloga Margaret Murray, que en 1920 analizó a la brujería como fenómeno histórico desde un estándar de poder que subvertía el mandato de la cultura sobre la orfandad y el papel secundario de la mujer. Y aunque buena parte de sus investigaciones se basaban en especulaciones que llegaron a ser criticadas por su falta de rigurosidad, su planteamiento fue retomado por otros investigadores sobre la brujería como fenómeno social y después por escritores como Aleister Crowley y Gerald Gardner.

Margaret Murray

A la distancia, Murray podría ser considerada una feminista de primera ola, académica y dedicada a la vida intelectual en una época en la que en que buena parte de las universidades europeas rechazaban a las mujeres dentro del ámbito de la enseñanza y la investigación. Nacida en 1863, la investigadora dedicó buena parte de su vida profesional a la investigación de las brujas y la brujería como un fenómeno antropológico, basado en el hecho que las mujeres que formaban parte de religiones agrícolas, relacionadas directamente con la sacralización de lo femenino, habían sido un hecho comprobable durante buena parte de la historia previa al medioevo. Su investigación llegó a ser tan profunda y de considerable interés, que la escritora fue citada durante cuarenta años por la Enciclopedia Británica en el apartado de brujería, lo que supone uno de los logros más curiosos en la larga y extraña vida de Murray.

De hecho, Murray tiene el extraño honor de haber escrito el primer libro que reverdeció la figura de la bruja como algo más que una curiosidad histórica o, en el peor de los casos, un símbolo del mal. En 1921, su investigación The Witch-Cult in Western Europe fue publicado por Oxford University Press. En el momento de su publicación, se insistió que el libro tenía más de buenas intenciones que de método científico y se le criticó por sus conclusiones, que no parecían coincidir del todo con la percepción de la mujer mágica que, de hecho, había sido parte de una buena parte de investigaciones previas. Pero Murray sentó un precedente importante que ya comenzaba a formar parte de la noción sobre la magia relacionada con lo femenino desde el libro de Charles Leland de 1899: Aradia o el Evangelio de las brujasTanto el libro de Murray como obras posteriores  La diosa blanca de Robert Graves (1948), por ejemplo— rescataron la idea de la bruja como símbolo del poder de la mujer y, en especial, como un recorrido poderoso sobre la forma en que la magia fue asociada directamente con la figura femenina como fuente de conocimiento.

Por supuesto, fue Robert Graves el que brindó una mayor profundidad a los planteamientos de Murray y quien sin duda analizó el hecho de la Diosa como algo más que una curiosidad histórica y a las brujas como símbolos de poder, lo que incluía enfrentar la concepción histórica de la brujería como sostén de las cualidades de las mujeres poderosas relacionadas con la magia a través de la historia. Graves, que dedicó buena parte de su investigación formal sobre el simbolismo poético a rastrear la figura de la bruja, la magia y la Diosa a través de la literatura, comenzó a plantearse preguntas que englobaban la idea de la mujer con poder en la historia como algo más que una anécdota excepcional dentro de ciclos mitológicos e, incluso, políticos diversos. “¿Quién es la Diosa Blanca y qué tiene que ver con las brujas?”, se preguntó Graves en más de uno de sus textos. Es “una mujer bellísima, delgada, con nariz aguileña, el rostro de una palidez mortal, los labios rojos como serbas salvajes, los ojos de un azul increíble y largos cabellos rubios; se transformará de repente en cerda, yegua, perra, asna, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena u horrible arpía”. Para el escritor, la pagana Diosa Madre, la Reina del Cielo, conocida también con el nombre de Ísis por los egipcios, Ishtar por los asirios, Inanna por los sumerios y Astarte por los fenicios, tiene una inmediata relación con una idea consistente sobre el hecho de la mujer con poder, relevancia y sostén político a lo largo de la historia. Por supuesto, el rastro puede seguirse también a través de Venus/Afrodita, que era, en los tiempos antiguos, más que una simple diosa del amor: una poderosa creadora de vida y de muerte. Graves encontró correspondencias comprobables sobre el hecho que la diosa, la magia, las brujas y el conocimiento oral formaron parte de algo mucho más elaborado y poderoso que la simple idea de campesinas y curanderas, que la Inquisición asesinó en medio de largos y complicados ciclos de violencia. De la misma forma que Murray, Graves encontró evidencia —al menos circunstancial— que las mujeres que pertenecían a creencias antiguas relacionadas con la figura del divinidad femenina también estaban emparentadas con la noción sobre el poder, el conocimiento y, en especial, con la raíz de la individualidad femenina en tiempos en que algo semejante era considerado, cuando menos, un riesgo real de cara a la ley y la religión.

Para Graves, toda la verdadera poesía es en realidad una evocación a la antigua diosa adorada en el cercano oriente y en Europa. La noción sobre el culto primigenio a una Diosa sin nombre sobrevive en el lenguaje de la poesía, aunque parezca haber desaparecido de todo documento escrito desde hace siglos. Lo singular es que, sin duda, la percepción sobre la mujer Sagrada —la amante, la hermosa que todos los verdaderos poetas la honoran, consciente o inconscientemente— engloba un lenguaje mítico usado por los poetas de forma reiterada y construida a través de todo tipo de ideas que parecen superponerse entre sí. Se trata de una idea fascinante: ¿Hay un tipo de simbología oculta convertida en un discurso proverbial y constructivo a partir de esa sombra de una divinidad desconocida que sin embargo parece formar parte de la noción colectiva sobre lo sagrado? Lo más sorprendente es que la idea de Graves —esa presencia absolutamente misteriosa de una mujer poderosa y deseada por el hecho mismo de su poder— parece de pronto encontrarse en todas partes. “¿Es a ella a la que se brinda culto y elegía en La Belle Dame Sans Merci de Keats, por ejemplo? ¿La encantadora que representa el amor, la muerte y la inspiración poética; la moderna encarnación del tríplice aspecto de la diosa? ¿Se encuentra en los textos de Shakespeare, Spencer, Donne, Clare, Coleridge, Keats, Yeats y otros?”, insiste Graves en varios de sus textos.

La teoría de Graves es innegablemente sugestiva y poderosa. No se trata de una idea feminista o de homenaje a la mujer (a pesar de su apasionada fidelidad a la musa), sino de un análisis de la idea sobre lo femenino (divinizado, sacramental). Hay una percepción extravagante en su forma de concebir a la inspiración creativa: la elabora y la condiciona a través de la relación entre la musa y el poeta en sentido sexual (un erotismo de la mente) que asume y se asemeja a esa versión de un YO sustantivo que se crea a partir de la idea de la escritura como un acto personalísimo. De modo que para Graves la diosa y bruja, bruja y poetisa, son creaciones del mismo punto de vista: la creación absoluta enmarcada dentro de una percepción elaborada sobre el bien y el mal, la belleza y lo profundamente significativo.

Sin duda, ni Margaret Murray ni Robert Graves descubrieron un culto de brujas secreto, pero sí lograron reivindicar la figura de la bruja hasta lograr devolverle, de una forma u otra, su brillo, preponderancia y también su misterio en la percepción de lo femenino como objeto de culto y a la mujer como vehículo de lo sagrado. Un recorrido a través del tiempo, del conocimiento de la figura simbolica de diosas y sacerdotisas, el poder de la palabra y la concepción de lo intelectual como algo más que una versión del bien y del mal. De las diosas extraordinarias de los panteones primigenios, las desdichadas brujas medievales hasta la solitaria Ophelia, el poder de la mujer intelectualmente independiente continúa siendo un enigma. Uno destinado a prevalecer a pesar del prejuicio en contra de la ancestral figura de lo femenino como fuente de sabiduría.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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