Texto leído en la presentación de

Imaginario fantástico mexicano (Vol. I, Teoría)

FIL de Minería, 1 de marzo de 2020

Jazmín Tapia

 

Antes que nada, quiero dar las gracias a Benjamín Barajas, Director de la revista Ritmo: Imaginación y Crítica, y a Édgar Mena, director invitado, por el interés en acercar la literatura fantástica mexicana a un público de jóvenes lectores, y también por ofrecer al Seminario de Literatura Fantástica Hispanoamericana un espacio para reflexionar sobre algunos textos que conforman una de las tradiciones más importantes de nuestras letras nacionales. Quiero también hacer público mi agradecimiento a Miguel Lupián por invitarnos a participar, pero, sobre todo, a los entusiastas colaboradores y al equipo editorial de Ritmo, porque por ellos estamos hoy aquí presentado el número 35 de la revista dedicado al imaginario fantástico mexicano.

En este número, como se menciona en la nota editorial, el lector encontrará un panorama general del desarrollo del relato fantástico en México, desde el siglo XIX al XXI, con la intención de que reconozca no sólo obras y autores representativos de esta modalidad discursiva, sino que también advierta su riqueza y su complejidad mediante sus diferentes configuraciones textuales. El interés que alienta la conformación de este número es mostrar a los jóvenes lectores que los temas no constituyen la esencia de la literatura fantástica. Por tal motivo, Alejandra Amatto abre el número con un texto en el que advierte al lector que el carácter fascinante de la literatura fantástica radica en sus mecanismos de montaje y en su naturaleza subversiva. Además de ofrecer un panorama sobre el desarrollo teórico de los estudios sobre el género, Amatto explica conceptos fundamentales en la articulación de lo fantástico como “paradigma de realidad”, “ilegalidad”, “indicios” y “modalizaciones” para que el lector tenga las herramientas suficientes que le ayuden a identificar el efecto de desestabilización de la realidad que caracteriza a los cuentos analizados en este número.

Envuelto en la capa de las tradiciones y la leyenda, el relato fantástico del siglo XIX adquiere una nueva tesitura con la llegada del Modernismo. Autores como Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo escriben relatos que se caracterizan por su hibridación y eclecticismo temático y estructural, así lo advierte Diana Geraldo, quien analiza “La cucaracha” de Gutiérrez Nájera. En el texto, que se adelanta más de treinta años a la aparición de La metamorfosis de Kafka, se narra la transformación del Duque Job en cucaracha, situación que permite observar, como anota la autora, el funcionamiento del mundo desde la particular visión de un insecto minúsculo y repudiado de la sociedad. Más allá de la tradición a la que remite el tema de la metamorfosis, Geraldo advierte en el texto de Gutiérrez Nájera ciertos rasgos compositivos, como la incertidumbre y la imprecisión, que hasta el siglo XX se consolidarían como atributos distintivos del género, gracias al estudio señero de Todorov.

Siguiendo el recorrido por el siglo XIX, Alfredo Landeros analiza El donador de almas de Amado Nervo, un texto que contribuyó a la configuración del género fantástico en México. La mezcla de temas como el erotismo, las fracturas de identidad, la pasión enfermiza y el amor espiritual, así como la veta esotérica y la incorporación de elementos correspondientes a las doctrinas ocultistas son sometidos, de acuerdo con Landeros, a la lógica de la parodia y del humor, asunto que aparece sostenido en la construcción de un narrador poco confiable que desestabiliza el paradigma de realidad propuesto en el texto al no ofrecer certezas sobre la veracidad de lo que narra, es decir, sobre la posibilidad de que un alma transmigre a un cuerpo. Landeros anota que un rasgo singular de este narrador es su ironía, pues mediante ésta Amado Nervo pone en entredicho dos de los bastiones más importantes del Porfiriato: los presupuestos de la ciencia positivista y los valores morales de la burguesía finisecular.

Cuando se habla del género fantástico en las primeras décadas del siglo XX, un solo nombre, el de Alfonso Reyes, abarca magistralmente cuarenta años de un tipo de literatura que sobrevivió a la sombra del realismo crítico de la narrativa de la Revolución mexicana. En la actualidad, diversos estudiosos, como David Cortés, se han dedicado a rescatar obras y autores que cultivaron el género en este periodo para dar cuenta de la trayectoria que ha tenido el género en nuestro país. Cortés analiza “La cena” de Alfonso Reyes y un texto completamente desentendido por el público lector y la crítica especializada, me refiero a “La desventura de Lucio el perro” de Julio Torri. Cortés explora cómo los textos de Reyes y Torri, ambos escritos en 1912, postulan el rechazo de la realidad como una entidad monolítica, asunto que alienta el descubrimiento de que el modo de percibir la realidad postulada en el texto es uno de múltiples, por lo menos así se plantea en la charla que tienen el narrador y el personaje principal del texto de Torri, quienes discuten la veracidad del hecho sobrenatural y ensayan una serie de respuestas para explicar cómo es que Lucio entra a una taberna para calmar sus ánimos después de que su amigo le cercenara la cabeza.

Por supuesto que este recorrido no podía seguir su trayectoria natural sin detenernos en algunos autores fundamentales para la conformación de la tradición del relato fantástico en México. Claudia Cabrera analiza, desde la óptica de la extrañeza y de lo perturbador, los textos que conforman Varia invención de Juan José Arreola. Cabrera advierte que la muerte es un tema recurrente en estos relatos, hecho que imprime a la primera etapa de escritura del autor un aire lúgubre y ominoso. El tema de la muerte, nos dice la autora, no se plantea en términos de una sobrenaturalidad nunca explicada, sino, más bien, como consecuencia de la ruptura de cadenas lógicas de significación que articulan la secuencia narrativa de los relatos y que producen un efecto de extrañamiento, como sucede en el relato “El fraude”, estudiado por la autora, en el que se narra cómo todos los electrodomésticos Prometeo, producidos en la fábrica del Sr. Braun, dejan de funcionar cuando éste muere. Estamos, anota Cabrera, ante la irresolución de una extraña coincidencia que no es sobrenatural, pero tampoco puede ser explicada en términos lógicos.

Además de Juan José Arreola, en este número también le dedicamos un espacio al análisis de “La sorpresa”, cuento cuya hechura se debe a la extraordinaria Guadalupe Dueñas.

Un aspecto que me parece significativo mencionar sobre la conformación de este número dedicado al imaginario fantástico mexicano es la inclusión de textos sobre autores que, con una enorme calidad literaria, cultivaron el género, pero que han permanecido en el olvido o al margen del canon. Uno de estos autores es Arturo Souto Alabarce, autor del cuento “La plaga del crisantemo”, que, de acuerdo con Miguel Candelario, es probablemente el mejor relato del autor porque evidencia el profundo descreimiento de las premisas en las que el hombre moderno asienta su comprensión de la realidad. En búsqueda de las ilegalidades que sostienen la codificación fantástica en “La plaga del crisantemo”, Candelario analiza cómo esta plaga que invade el planeta y aniquila a la raza humana es una representación figurada de los sistemas políticos totalitarios que erradican las diferencias entre los individuos. Esta lectura elaborada por Candelario cuestiona decididamente el presunto carácter evasivo de las problemáticas sociales que por mucho tiempo se le adjudicó a la literatura fantástica.

Dueño de una erudición e imaginación delirantes, Emiliano González es un autor clave para entender el desarrollo de lo fantástico en México; sin embargo, su obra no ha sido reeditada, por lo que su lectura y estudio han sido, lamentablemente, poco profusos. El misterio que envuelve su figura y la dificultad de conseguir sus libros lo han convertido en un autor de culto, cuyo legado se trasmite de boca en boca, en copias fotostáticas o en archivos PDF, así lo menciona el escritor Miguel Lupián, quien se ha dedicado por muchos años y con verdadero interés a la difusión de la obra de Emiliano González. En esta ocasión, Lupián analiza la innegable influencia de H. P. Lovecraft en la obra del autor, revelada textualmente en la compleja red intertextual que el autor va tejiendo no sólo con todos aquellos autores del género que influyeron a Lovecraft y al propio González, sino con referencias a la obra del autor nacido en Providence, concretamente a los relatos que se agrupan en los que se conoce como “Mitos de Ctulhu”. El texto de Lupián nos muestra que la impronta lovecraftiana en la obra de González no es un simple homenaje temático, sino la comprensión de un modo de articulación discursiva que estimuló, de manera temprana, la propia escritura de Emiliano González

Un caso similar al de González es el de Adela Fernández, cuya obra tampoco ha sido reeditada. De hecho, sus libros fueron publicados en editoriales independientes o de autor, aspecto que ha dificultado la lectura de su obra y, por ende, se le ha negado, por muchos años, su lugar dentro de la tradición del relato fantástico en México. En un intento por sumarse a la escasa revaloración de la obra de Fernández, en este número aparece un artículo elaborado por Ana Cecilia Aguilar sobre “Vago espinazo de la noche”.

Para finalizar este recorrido, Sergio Luis Alcázar y Morgana Carranco analizan textos de dos de los autores del género más importantes en la actualidad: Bernardo Esquinca y Bibiana Camacho. Luis Alcázar postula que el cuento “Moscas”, de Esquinca, permite deslindar a lo fantástico del monopolio temático de lo sobrenatural, pues aquello que permite la coexistencia problematizada de dos sistemas de posibilidad irreconciliable en un mismo espacio narrativo son unas simples moscas. La presencia de estos insectos como agentes desestabilizadores del mundo articulado en el texto funciona, de acuerdo con Luis Alcázar, para exhibir una ilegalidad, es decir aquello que no debería estar ahí lo está, convirtiendo al mundo en un lugar inestable. Luis Alcázar considera que “Moscas” de Bernardo Esquinca nos invita a reflexionar sobre cómo lo insignificante se puede volver insoportablemente central.

Morgana Carranco nos presenta un texto de corte ensayístico en el que vincula reflexiones sobre el umbral, el sonambulismo y lo inesperado con la obra de Bibiana Camacho. El centro de sus reflexiones es “Fuego”, un cuento que Carranco decidió analizar porque le recuerda el ambiente distópico y espectral de la Ciudad de México, pero también por los juegos de artificio que construyen el universo relatado y las fisuras que parecen desestabilizarlo para después subsanarlo. El texto de Carranco es muy atractivo porque el análisis sobre los aspectos fantásticos de “Fuego” que, valga decir, están sólidamente sustentados por la teoría, desatan reflexiones personales que, me parece, nos permiten reconocer que la literatura está ahí para hacerla nuestra.

En la actualidad, el género está pasando por un momento inmejorable, pues ya de por sí es una literatura atractiva para los lectores, pero también se ha sistematizado con mayor rigurosidad su estudio. Esto porque se ha descubierto en ella, por un lado, una gran complejidad compositiva y, por otro, una naturaleza subversiva, porque como ningún otro tipo de discurso, la literatura fantástica cuestiona los presupuestos que construyen nuestro precario conocimiento de la realidad. Es por esto que, con este número, queremos invitar a los adolescentes lectores a que se adentre al fascinante y nunca resuelto mundo de lo fantástico.

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