LA INMORTALIDAD DE LOS PECES ALADOS

 

Alicia M. Mares

 

 

“[…] En las corrientes del río Paraná, según se llega allá por los humedales del Bermejo, hay un cierto pez tornasolado que nace y crece en el aire, y que solo para morir entra en el agua.”

Compendio de manticorías

En el estilo de un bestiario medieval, Lo volátil y las fauces (2018, Páginas de Espuma) —colección de cuentos de Ignacio Padilla (1968-2016)— nos lleva a través del mundo. Irá reinterpretando e insertando sucesos fantásticos con animales como protagonistas en hechos históricos: el ataque de Estados Unidos contra Japón tras Pearl Harbor, anécdotas de los zoólogos en la corte de Catalina II de Rusia, el hurto de reliquias en Colonia.

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Pero hay un giro: se usan murciélagos flamígeros como venganza contra los japoneses, los zoólogos investigan aves de un solo canto y las reliquias resultan ser cráneos de dragones tricéfalos. “Heredero de la distorsión histórica de Borges”, decreta un lector en Goodreads, y yo concuerdo.

Aquí, el pragmatismo y la seriedad de un análisis académico chocan con la parafernalia más maravillosa de animales intervenidos, invocados, inventados; representación de la más descabellada imaginación humana.

Y uno de los que más me gustó del libro fueron los peces alados que, según revelan expertos científicos inventados por el autor, existen cerca de los humedales argentinos.

Sobre un cierto pez volante

Reminiscente, también, al castellano antiguo, la narrativa de este libro aborda cada cuento como si fuera un extracto de un artículo mucho más extenso, pergamino arrancado de un volumen arcaico, recién recuperado de una biblioteca desenterrada.

Ese aire de misticismo —de que se recuperan verdades hace largo tiempo olvidadas— dota de encanto al libro, aunque llega a caer en la monotonía. Este cuento, no obstante, es lo suficientemente breve para no resultar cansino. Pero no tan breve como la vida de los peces en cuestión.

 

“Tres minutos, más o menos, si se hace la experiencia, le toma a este desdichado animalito germinar, madurar, desovar y clavarse en el agua cuando está ya a punto de asfixiarse de aire; y dos segundos tarda luego en ser comido por peces de mayor tamaño que lo han estado esperando abajo.”

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Así se resume la existencia del pececillo: pasa más tiempo incubándose, cayendo y muriendo que viviendo. Es un retazo insignificante de la cadena alimenticia, grano de arena enfrentado a cada ecosistema del mundo. Por sí solo, es fascinante.

Aunque, por supuesto, resta que los biólogos y magizoólogos comiencen a discutir puntos de vista que se contradicen entre sí:

“Klein opina que tres minutos de vida es poca cosa para cualquier criatura, cuantimás si se trata de minutos de asfixia y horror ante la muerte próxima, como sería el caso de este pez; Van Mensch, en cambio, defiende que estos pececillos voladores tienen a su modo una vida tan prolongada y tan plena como la de cualquiera otra criatura, pues para ellos el tiempo tendrá una medida de duración distinta de las otras bestias, según medimos todos el reloj que a cada uno nos va comiendo en el variado camino de las criaturas entre sus vidas y sus muertes.”

En la mente humana no hay cabida para lo insignificante, pues incluso una criatura tan diminuta y efímera provoca reflexiones en grandes mentes. Y su sola existencia manifiesta la pregunta: ¿Es la duración de una vida lo que determina su valía? ¿Será la humanidad la única que se mesa los cabellos mientras se pregunta esto?

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Ese es otro tema recurrente en el libro: la pureza de lo bestial, la simpleza de los instintos y la magia de lo olvidado. En el caso de los peces alados, suya es la bendición de no tener concepto del tiempo y, por ende, de las herramientas para medirlo.

Pero los científicos humanos —en representación de su especie sus ganas de meterse donde no los llaman, alterando así ciclos que antes eran imperturbables— deciden ponerle fin al destino de estos pececillos.

¿Quién quiere vivir para siempre?

Reminiscente a las acciones de Victor Frankenstein, un científico obstinado desafía las leyes naturales y transforma muerte en vida; aunque vida a duras penas.

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Ignacio Padilla

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Replica la breve existencia de estos peces en un tanque lejos del río Paraná y, cuando los pececillos caen al agua, no hay depredadores que se los coman. Así, fuera de balance el ciclo de su vida, permanecen en una especie de limbo.

 

“Ahí siguen los pobres, yo los vi y puedo dar fe de ello: creo que este invierno esos peces miserables cumplirán cuarenta años, nadando en su estanque, tristones y perplejos.”

 

Puede que la tristeza esté, exclusivamente, en los ojos del observador, que conoce toda la historia. O puede que a estos peces la inmortalidad les haya proporcionado la maldición de ser consciente de su naturaleza.

En ese sentido, al final de “Sobre un cierto pez volante” los peces protagonistas han comenzado su transformación hacia la tristeza humana.

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AQUÍ puedes leer “Sobre un cierto pez volante”.

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Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996)

Graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y correctora de estilo en formación. Trabaja como redactora en una agencia digital. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas Marabunta, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee su columna de revista Palabrerías a sus seis gatos. Creció al lado de un árbol de jacaranda.

Twitter: @AliciaSkeltar

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