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MOTHER OF FLIES

TERROR ATMOSFÉRICO Y BRILLANTE

Aglaia Berlutti

 

Mother of Flies (2025), de la familia de cineastas Zelda Adams, Toby Poser y John Adams (que también protagonizan), es un meticuloso cuento de horror en el que el miedo se transforma en un escenario para indagar en el sufrimiento. Pero a la vez, en la naturaleza oscura del mal.

No es una película sencilla de ver, y no sólo por su exploración explícita del gore y la violencia. Esto, debido a que la película profundiza en el vínculo entre un padre y su hija desde un ángulo torcido, casi clínico, y lo somete a una experiencia límite. Jake (John Adams) viaja con Mickey (Zelda Adams) hacia una cabaña perdida entre árboles para visitar a Solveig (Toby Poser), una sanadora que vive fuera del tiempo. El motivo es desesperado y sencillo: Mickey padece un cáncer avanzado y la medicina tradicional ya no ofrece respuestas. Desde ahí, la trama indaga en una zona incómoda donde la esperanza se mezcla con la sugestión y el dolor físico con la fe ciega.

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El proyecto nace de un núcleo creativo poco habitual: la familia Adams-Poser. John Adams, Toby Poser y sus hijas (Lulu y Zelda) escriben, dirigen, montan, musicalizan y actúan como una sola entidad. Esa dinámica se siente en pantalla: hay coherencia, obsesión compartida y una estética que parece surgir de un imaginario común, trabajado durante años. Como en The Deeper You Dig y Hellbender, el resultado transmite una voz clara y reconocible, aunque también una terquedad creativa que no siempre busca agradar. Aquí no hay concesiones narrativas ni intención de suavizar el golpe.

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Toby, Lulu, Zelda & John

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Solveig y la fe como método primitivo

Antes de conocerla en pantalla, Solveig ya es descrita en la cinta y en medio del contexto como algo más que una mujer excéntrica. La puesta en escena la define como una figura liminal, cercana a la bruja o a la mística rural. Cuando finalmente aparece, su forma de hablar refuerza esa impresión: frases breves, cánticos, discursos que suenan a rezos antiguos o a poesía mal recordada. A veces parece recitar verdades universales; otras, balbucear enigmas sin sentido. El efecto es inquietante y ligeramente absurdo, como si Yoda hubiera decidido abrir un retiro espiritual en medio del bosque.

Solveig exige entrega total. Su tratamiento rechaza cualquier comodidad moderna. La dieta se limita a hongos y hojas. No existen baños ni intimidad. El cuerpo debe adaptarse a prácticas arcaicas, casi animales. Jake y Mickey aceptan estas condiciones con una docilidad que resulta alarmante, pero coherente con su situación emocional. La película convierte esta convivencia en un microrrelato de secta: una líder carismática y dos seguidores vulnerables, aislados del mundo y dependientes de una promesa imposible de verificar.

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Solveig (Toby Poser)

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Carne, visiones y materia orgánica

Desde los créditos iniciales, la película deja claro que el cuerpo será un territorio central. La secuencia de apertura es una acumulación de texturas: barro, sangre, vísceras, superficies irregulares que recuerdan raíces, fosas comunes o pinturas infernales de El Bosco y Goya. No se entiende del todo qué ocurre, y esa ambigüedad vuelve las imágenes más perturbadoras. Hay gemidos, espasmos, movimientos que evocan placer, parto o agonía química. Todo a la vez. Todo sin explicación inmediata.

Cuando la historia avanza, esas sensaciones regresan en forma de visiones. Mickey comienza a experimentar episodios que no se pueden clasificar con facilidad. Desde la cama, observa cómo algo carnoso se abre en el techo. Parece un orificio, aunque su forma muta constantemente. La película juega con la duda: alucinación inducida por la enfermedad, efecto del entorno o manifestación sobrenatural. No se apresura a responder. Prefiere dejar al espectador flotando en la incomodidad, mirando cómo la carne se transforma en símbolo.

La casa que devora a sus habitantes

El espacio donde vive Solveig es tan importante como ella. La cabaña está literalmente absorbida por la vegetación. Las enredaderas cubren paredes y tejados hasta borrar los límites entre lo construido y lo orgánico. No queda claro dónde termina la casa y dónde empieza el bosque. Esa fusión visual refuerza la idea de un mundo donde la naturaleza ha reclamado el control absoluto.

Solveig nunca entra en escena de manera neutra. Siempre aparece recortada por marcos, troncos o sombras. La cámara la observa como si fuera parte del entorno, no una visitante. Mickey, en cambio, se vuelve cada vez más frágil, más permeable. Su cuerpo enfermo parece sintonizar con el lugar. La película sugiere que el bosque no sólo rodea a los personajes, sino que los observa, los influye y los transforma lentamente.

Y luego están las moscas. El título no exagera. Los enjambres se multiplican y ocupan el encuadre con insistencia. Funcionan como recordatorio constante de la descomposición, la muerte y lo inevitable. La película se suma así a una tradición de cine de terror donde los insectos anuncian que algo esencial se ha roto.

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Violencia ritual y ecos culturales

A medida que la historia avanza, las imágenes se vuelven más extremas. Aparecen escenas de violencia gráfica que remiten a imaginarios muy específicos. Hay secuencias que evocan los relatos exagerados de pánico moral que circularon en Estados Unidos durante los años ochenta y noventa: rituales, abusos, cuerpos mutilados, bebés arrancados del vientre materno. La película no contextualiza estas imágenes de forma directa, pero su sola presencia activa una memoria cultural incómoda.

No se trata de sustos repentinos ni de shocks gratuitos. El horror aquí es sostenido, atmosférico y viscoso. La violencia surge como una extensión lógica del proceso que Solveig ha impuesto. Todo parece responder a una lógica interna, por más incomprensible que resulte. Esa coherencia interna es una de las mayores virtudes del filme, incluso cuando el resultado se vuelve difícil de digerir.

Estética obsesiva y problemas de ritmo

Cada plano está cuidadosamente compuesto. La cámara se mueve con intención, el encuadre busca texturas, contrastes y profundidad. En un panorama cinematográfico donde muchas películas se limitan a registrar diálogos, este nivel de atención visual resulta refrescante. Hay imágenes que podrían colgarse en una galería sin perder fuerza.

Sin embargo, esa misma obsesión estética juega en contra del conjunto. Algunas secuencias se prolongan más de lo necesario. La película parece enamorada de sus propias imágenes, y ese enamoramiento afecta el ritmo. No es una obra lenta en el sentido clásico, pero tampoco se entrega por completo a la contemplación. Queda atrapada en una zona intermedia que fragmenta la experiencia. El resultado es irregular: momentos de belleza hipnótica conviven con tramos que enfrían la tensión.

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Mother of Flies no atrapa como una pesadilla ininterrumpida. Funciona más como un álbum de ilustraciones perturbadoras que se puede cerrar y retomar después. Eso no la invalida. Al contrario, la vuelve una experiencia particular dentro del cine de terror contemporáneo.

Las actuaciones sostienen gran parte del impacto. John Adams y Zelda Adams trabajan desde la contención, con gestos naturales que contrastan con el entorno irreal. Toby Poser compone a Solveig como una figura magnética y agotadora, imposible de ignorar. Todo se siente vivido, no ensayado.

Para quienes disfrutan del terror atmosférico, sangriento y paciente, la película ofrece recompensas claras. Los bosques son densos, oscuros y profundamente seductores. La historia no busca tranquilizar ni cerrar heridas. Prefiere dejarlas abiertas, zumbando, como las moscas que nunca se van.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

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