UN CUENTO DE HADAS
THE LEGEND OF ZELDA: OCARINA OF TIME
Uriel Velázquez
El 09 de junio, durante la Nintendo Direct, apareció un tráiler que llamó la atención. En él, una voz en off narraba una historia nombrando un lugar con cierto poder: Hyrule. Segundos después, tres notas —alegres, juguetonas, verdes— de un instrumento de viento sonaron. Y luego callaron, haciendo eco en la memoria. El narrador continuó, precisando el espacio: un bosque pequeño en los confines de dicho lugar. Y al callar, un instrumento silbó cinco notas más, dando luz al misterio. Aquellos que ya conocíamos la leyenda tras el Mundo Interactivo sonreímos. El Bosque Kokiri. La canción de Saria. Una ocarina. Y otros recuerdos se asomaron conforme el tráiler prosiguió. Y finalmente, con una imagen emblemática de la saga —Link durmiendo antes de su gran aventura— se confirmó lo que parecían haber sido sólo rumores: un remake del mítico The Legend of Zelda: Ocarina of Time.
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The Legend of Zelda: Ocarina of Time salió para la Nintendo 64 en 1998, y en 2011 salió un remaster para la Nintendo 3DS. No recuerdo el año exacto en que lo jugué por primera vez. Iba en la escuela primaria y había jugado al Zelda en mi Xbox gracias a un disco que emulaba varios juegos de la N64. No era la experiencia adecuada, pero sí la suficiente para que despertara la sensación de aventura. Recuerdo que busqué en los mercados juguetes que fueran una espada y un escudo (las armas que portaba Link, el protagonista). Y ya con las armas, salí de mi casa a explorar el bosque que había enfrente.
The Legend of Zelda es de esos pocos juegos que impulsan al jugador a hacer algo más tras apagar la pantalla. ¿Qué es lo que habita en su mundo que perdura a lo largo del tiempo y son tan compartidos? Uno de los casos más conocidos es el del actor Robin Williams, quien nombró a su hija “Zelda” en honor a la franquicia. Y padre e hija protagonizaron varios anuncios para la versión del 3DS. E incluso, años atrás, durante el rodaje de Mrs. Doubtfire, Williams compartió su pasión del videojuego con su amiga Sally Field, quien se mantiene como fan de la franquicia. ¿Qué es lo que hay en Zelda que lo hace referente atemporal y que conecta a lo largo de distintas generaciones?
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En Mundos Interactivos me gusta contar los procesos creativos que hay detrás de la diégesis del juego en turno. A modo de ejemplo, las obras literarias de terror que desembocaron en Bloodborne o la filosofía de Kōbō Abe plasmada en Death Stranding. Pero con Nintendo —y la mayoría de sus títulos— no hay esa precisión. Naturalmente, para la historia toman de referencias libros de fantasía, experiencias de la infancia y algunas películas. De modo que la visión que se lleva el jugador siempre se renueva al no haber un referente directo. Además, que los personajes y la mitología no sean profundos —como los títulos antes mencionados— permite distintas interpretaciones.
En cada juego de Zelda se plantea un escenario, los arquetipos clásicos, y el viaje del héroe se visualiza pronto con la llamada a la aventura. Y es la imaginación del jugador la que explora el mundo a total libertad. Al igual que lo hace un cuento de hadas. Los temas están presentes, junto con la magia, y lo que sucede al pasar la página (y lo que no se menciona en ellas) se mantiene en nuestra memoria. Y el misterio es compartido con emoción y libertad de interpretación.
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The Legend of Zelda: Ocarina of Time, al ser un juego ya en 3D por demandas de la época, presenta distintos lugares y razas mágicas, retocando lo ya establecido en entregas pasadas. El primer lugar que conocemos es el Bosque Kokiri, donde habitan los “Kokiri”. Son pequeños, tienen la apariencia de un niño y están en armonía con la naturaleza, pues visten con ropas verdes y viven dentro de pequeños árboles. Y eso es casi todo lo que el juego presenta, y el cual es el mismo caso con los Goron y los Zora, que se muestran sus simples comportamientos y su espacio. Al no haber una visión antropológica o una precisión en su mito, el jugador puede marcarlos a sus referentes, creando familiaridad con los símbolos y, a la vez, ser su propio símbolo. Seguramente Robin Williams los relacionó con Los Niños Perdidos de Peter Pan, debido a su partición Hook y varias películas de Disney. Tanto los Kokiris y los Niños comparten esa singularidad de nunca crecer, además de la cercanía con la naturaleza y tener un hada que les acompañe. Por otra parte, actualmente estoy leyendo El Hobbit y los parecidos son evidentes con el Bosque Kokiri y La Comarca. En ambos lugares veo a pequeños seres viviendo en la tranquilidad, sin preocuparse de lo que pase afuera de sus terrenos.
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Otra parte a resaltar del mundo en The Legend of Zelda: Ocarina of Time, y que mantiene la sensación de estar en un cuento de hadas, es su apartado musical. En las notas del desarrollador —del libro Zelda Encyclopedia— se menciona que apenas se añadió la ocarina en la historia, Shigeru Miyamoto, productor del proyecto, decidió que la música sería una parte central de la experiencia. Koji Kondo, director de sonido, fue llamado para planificar la vinculación de la música con la historia.
La música está presente como una constante magia, un hechizo que, tras ser conjurado al tocar las notas correctas en el momento adecuado, permite conectar con los personajes y transformar el espacio e incluso el tiempo. Así, cada canción que aparece tiene un elemento crucial que, además, carga con una emoción bondadosa.
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The Legend of Zelda: Ocarina of Time sin duda fue un parteaguas en la industria del videojuego. Por su apartado técnico, por el impacto que dejó en sus jugadores, por la diversión al explorar todo Hyrule y por la forma en la que transformó su mito para contar algo nuevo, pero ya conocido. Como un cuento de hadas que se renueva conforme pasa el tiempo.
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Uriel Velázquez Bañuelos (Guadalajara, 1998)
Nerd y amante de los gatos. Se ha juntado con muchos grupos literarios de géneros especulativos, pero nunca a una party de calabozos y dragones para tirar los dados. Y en verdad se muere por interpretar un bardo. Estudia la licenciatura en Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara y también El arte del discurso del maestro Cantinflas.
Cuando no lee ni escribe, le dedica un montón de horas a los videojuegos. Lo puedes ver por ahí de repente en el Lol, en Instagram posteando historias o ya de plano en una que otra revista/antología literaria.
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