EL HORROR DEL DUELO

Aprendiendo a vivir con el monstruo

Edna Montes

 

«Si alguna vez has perdido a alguien muy importante,
entonces ya sabes lo que se siente, y si no,
es imposible que te lo imagines».

― Lemony Snicket, Un mal principio

 

*Spoiler alert para: Locke & Key, Hereditary, The Babadook, Un monstruo viene a verme, The Haunting of Hill House.

*Trigger warning para la gente con un duelo muy doloroso o reciente.

 

Siempre hay un momento de lucidez que te golpea durante la madrugada del velorio. Una certeza que atraviesa la somnolencia y olor de las flores que enmascara (sin mucho éxito) el del embalsamamiento: una parte de ti se fue para siempre. Hay un hueco con el que tendrás que lidiar el resto de tu vida. La furia que sientes al notar que el mundo allá afuera continúa como si nada se traduce en carbón al rojo vivo poblando tu pecho. El dolor te aísla; no solo de lo que está más allá de la puerta de la funeraria, también de los otros dolientes.

El duelo es una presencia mucho más constante en nuestra vida de lo que nos atrevemos a reconocer. Ponerle fecha a una lápida es mucho más sencillo que hablar de todo aquello que experimentamos antes y después del fatídico día. Aun así, la muerte de un ser amado es algo tan trascendental en nuestra vida que la ficción no puede dejarlo fuera. Mientras las comedias románticas o géneros más suaves con el espectador rara vez tocan la muerte (y de hacerlo lo vuelven un punto de partida hacia la recuperación o el romance, sin detenerse mucho en los momentos más bajos), el terror y la fantasía comprenden sin tapujos que la muerte está en todos lados. Si bien es el final para el difunto, para los deudos es otra historia.

Cuando estaba paralizada en el sillón de la funeraria, la mirada fija en el ataúd, el recuerdo de unos paneles del primer tomo del comic de Locke & Key se impuso entre los cientos de cosas que me rondaban la cabeza. Tyler Locke está sentado en una banca mientras los dolientes socializan en la sala. La clásica escena postfuneral que hemos visto en multitud de películas. En este caso, todo transcurre alrededor del adolescente que acaba de perder a su padre. Las viñetas casi estáticas nos muestran su aturdimiento, el ventanal deja ver el Golden Gate, los personajes desfilan por el espacio. Las reacciones de los amigos que tratan de consolarlo son torpes en el mejor de los casos y enfurecedoras en el peor. Estar de luto es ser el centro de un caos con el cual la gente que mira de fuera no sabe muy bien qué hacer.

Aunque el comic de Joe Hill y Gabriel Rodríguez es mucho más denso que la más reciente adaptación a serie de la historia, la esencia es la misma: el proceso del duelo. Las funciones mágicas de las llaves son cada vez más aterradoras porque nos remiten al body horror; para usar la llave de la mente uno mismo debe volverse la cerradura. Usarlas conlleva cambios reales que no pueden ser tomados a la ligera. En una historia alegre, eso remitiría a pensamientos felices. Los fans del comic pueden notar la ironía de las referencias a Peter Pan en el incidente de las sombras; mientras los Darling son niños que jamás quieren crecer y vuelan con pensamientos felices, los Locke son niños obligados a crecer demasiado de prisa con la muerte de su padre y el alcoholismo de su madre. Las llaves, como a menudo sucede con el poder, terminan por revelar la esencia de quién las usa. Cuando Kelsey las utiliza para deshacerse de su miedo y su capacidad para el llanto (en la serie solo el miedo), nos recuerda que el luto nos rompe, nos obliga a rearmarnos, a reconocernos en un proceso titánico durante el cual suprimir los sentimientos nunca es una buena idea.

Quizás una de las escenas más duras, que se repite tanto en el comic como en la serie, es aquella en la que la madre, Nina, mete la urna con las cenizas de su marido muerto, Rendell, a un gabinete mágico que repara las cosas esperando traerlo de vuelta a la vida. No funciona, desde luego. Incluso en el mundo mágico la muerte no tiene arreglo sencillo.

Hereditary de Ari Aster comienza con el funeral de Helen Graham. Su hija, Annie, habla de los rituales privados de Helen. De la imposibilidad de conocer cabalmente al fallecido, porque cada asistente al funeral llora por una persona distinta, aunque el cuerpo que yace en el ataúd sea el mismo para todos. La película continúa con esa paz cenagosa que sigue a un funeral. Luego la muerte se ensaña con los Graham, llevándose a la hija menor, Charlie. Lo que sigue al shock es la furia y la culpa, Annie no puede evitar culpar a su hijo Peter de la muerte de la niña. También se culpa a sí misma. Los Graham no solo ven manifestaciones del demonio que les persigue a lo largo de la cinta, también se ven obligados a ver la muerte en todos lados. Annie ve a su madre en su estudio, Peter cree que un balón es la cabeza decapitada de Charlie. En la vida real, los dolientes pueden tener alucinaciones, estallar en furia o llanto de la nada y muchas cosas más. El proceso de duelo es una especie de locura transitoria.

El cuento «Don´t Look Now» de Daphne DuMaurier, y su versión fílmica (que se llamó Venecia rojo shocking en México, luego de una extraña decisión de traducir el título del italiano y no del inglés), se apoya con fuerza en ese estado de leve psicosis en el que nos pone el duelo. John Baxter y su esposa Laura viajan a Venecia para tratar de hallar una nueva normalidad luego de la muerte de su hija pequeña. En un restaurante se encuentran a dos hermanas, una de ellas afirma ser una médium a pesar de su ceguera. Ésta le confiesa a Laura que puede ver a su hija muerta. Aunque al principio la mujer no toma nada bien la información, eventualmente la idea de que Christine, su hija, aún está cerca de ella le resulta consoladora. Esa misma noche, John ve a lo lejos una figura infantil que viste un abrigo como el que su hija tenía. Laura (tal y como Annie lo hace en Hereditary) acude a sus nuevas amigas para realizar una sesión espiritista; en ella, el espíritu de Christine le dice que John está en peligro y debe huir de Venecia. John está a punto de arremeter contra su esposa cuando reciben una llamada desde Inglaterra: su hijo menor cayó enfermo en el internado donde estudia. Laura viaja a Inglaterra y John se salva de un desplome en la iglesia que restaura; él asume que ese era el peligro del que su hija le advirtió. Atrapado entre el dolor, la incertidumbre y el pensamiento mágico derivado del luto, John sigue de forma errática la misma figura infantil que aparenta ser su hija. Las consecuencias son desastrosas.

Una reedición de la novela The Haunting of Hill House de Shirley Jackson cuenta con un prólogo de Guillermo del Toro. En ella, el director dice que el horror define nuestros límites e ilumina nuestra alma; aquello que tememos nos hace aprender quiénes somos. Tiene sentido, los temores, las verdaderas pesadillas son una de las cosas más íntimas que experimentamos.

Eso pasa con Connor O’Malley en Un monstruo viene a verme de Patrick Ness: el niño recibe las visitas de un monstruo milenario y amenazador que le cuenta historias exigiendo a cambio que al final Connor le cuente la última historia, la «verdadera pesadilla». La madre de Connor está muriendo de cáncer, así que el horror verdadero viene de él, de todo aquello que se niega a sí mismo. Este libro en particular va a las entrañas del duelo: Patrick Ness escribió un sentido homenaje a la idea original de Siobhan Dowd, la escritora que esbozó la historia, pero no pudo concluirla debido a su muerte prematura por cáncer.

El duelo personificado es un gran monstruo porque a diferencia de los vampiros o los hombres lobo no hay una fórmula establecida para erradicarlo. Es invencible. Uno de los mejores ejemplos es The Babadook de Jennifer Kent. Amelia está aislada de su hijo, Sam, tanto como él de ella. Ambos sufren la muerte del padre y esposo Oskar. El hijo, por la ausencia total de una figura paterna fundamental para su desarrollo; la madre, por la pérdida del compañero de vida que debió acompañarla a ejercer una maternidad que la rebasa en todos los aspectos. El duelo es esa criatura encerrada en sótano de nuestra mente: le alimentamos y mantenemos a raya, la vida entera se expande alrededor de ese pequeño secreto que nos acompañará por siempre, dispuesto a salirse de control con el más mínimo descuido.

Regresando a The Haunting of Hill House, aunque en la novela la locura transitoria del duelo se asoma entre las acciones de Eleanor Vance, la adaptación a serie es todo un tratado sobre el trauma y la pérdida. El mismo creador dijo que el carácter de cada uno de los hermanos Crane se basaba en una de las etapas del duelo postuladas por Elisabeth Kübler-Ross. Es el trauma colectivo generado por lo ocurrido en la noche que huyeron de Hill House lo que marca la relación de los hermanos con la muerte. Steve Crain niega lo ocurrido, se dice que los fantasmas más que entes sobrenaturales son arrepentimientos, secretos, errores y, sobre todo, deseos. Lo que nos ronda después de la pérdida son todas aquellas cosas que nos atan al fallecido. Lo que se quedó sin hacer, lo que desearíamos poder retirar. En el sexto episodio de la serie, «Dos tormentas», somos testigos del velorio de Nell Crain, del caos imperante entre los dolientes donde ninguna emoción está fuera de lugar. Quizá las mejores lecciones de la serie vienen en el último capítulo, cuando Nell logra salvar a sus hermanos de las entrañas de Hill House. Así como el conocimiento de que ella fue todo el tiempo la mujer del «cuello roto» y la revelación de que, al contrario de lo que creemos, el tiempo no siempre es lineal; aprendemos que sanar luego de la muerte tampoco es un proceso lineal. Ella le dice a sus hermanos que en realidad no se ha ido, que está esparcida a lo largo de todas sus vidas. Se amaron tanto que en realidad nunca han estado ni estarán sin ella. El resto es confeti.

Suena en extremo cursi, pero no por ello es menos cierto: el amor es todo lo que nos queda, lo más importante. Lo vemos cuando Connor O’Malley se muda con su abuela y forma una nueva familia, cuando Amelia y Sam hallan motivos para festejar a pesar del monstruo en el sótano o los Crain se reúnen para celebrar la recuperación de Luke. Los Locke, por una vez burlan a la muerte y empiezan a sanar. No siempre hay finales felices ni respuestas; sin duda, todo puede terminar en un ritual oscuro en una casa del árbol. En todo caso, la historia nunca termina ahí de verdad, un final abierto es más satisfactorio que nunca en la ficción que trata el luto: nos recuerda que habrá otro día.

Escribir esto me aleja un poco de las cosas que aún duelen. El luto es una herida que nunca cierra, el dolor es un poco más llevadero con el tiempo. Aprendemos a consolarnos, a seguir adelante; la vida se expande alrededor de un hueco omnipresente. No existe estaca de madera, exorcismo ni bala de plata que acabe con ese monstruo; aun así, nos queda la mera voluntad de vivir cada día. Eso, en la ficción y en la realidad, es la mejor de las armas.

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Fuentes:

Sobre las alucinaciones de duelo (en inglés): https://www.scientificamerican.com/article/ghost-stories-visits-from- the-deceased/

Sobre el episodio de The Haunting of Hill House (en inglés): https://mashable.com/article/the-haunting-of-hill-house-netflix-episode-6/

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Edna “Scarlett” Montes
Lectora, escritora y friki irredenta. Egresada de Miskatonic con tarjeta de cliente frecuente en Arkham. Tiene tantos fandoms que ya hasta perdió la cuenta. Divaga mientras espera que Cthulhu despierte de su sueño en R’lyeh o al fin le entreguen su TARDIS; lo que ocurra primero.

@Edna_Montes

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