GÉNESIS*

Emiliano González

 

“¿Lo has olvidado, acaso?”

Me pregunto si realmente la colocación y diámetro de las construcciones influiría en el ánimo del movimiento ocular, en el ambiente fijo de los pensamientos y en las acciones sincopadas, del delirio infantil producido por el transcurso del tiempo y la serie de acontecimientos sucedidos con el paso de los años, y si mi constitución general habría caído bajo los efectos de alguna clase de droga mental, atraída, supongo por la casualidad y por la visión exhaustiva que aquella foto esa noche en el hotel (no recuerdo cuál), la foto que contuvo, solamente en un respiro, en un soplo, toda la extensión y magnitud de los dolores y de las punzadas metafísicas.

Y en el momento del orgasmo, en ese segundo íntimo de conocimiento total y exhaustivo, la mirada fija que cae sobre una niña jugando en la yerba, abajo, en la calle, en el parque cercano, logra estampar con toda precisión el otro instante, el instante aquél en que tú te detuviste, azorada y extática, terriblemente extática, caminando entre las rejas de una cárcel milenaria, obviamente pedregosa, una cárcel en los restos lívidos del convento. Del convento o de un manicomio, no recuerdo bien.

―Esa noche estabas terriblemente asustada. ¿Recuerdas?

―Sí… pero déjame proseguir. Al sonar las doce (un sonido que podría ser, también, el producido por el roce inusitado de un cuerpo viviente, palpitante, sobre otro inanimado y muerto, o quizá, también, el sonido de tres monedas al caer sobre una superficie misteriosa y al mismo tiempo terriblemente obvia…), como decía, al sonar las doce, tú entraste a mi recámara o quizá no tú, sino sólo ese reflejo tuyo, vago y de origen indudablemente fonético, quizá sólo las tres letras iniciales de tu apellido (sí, sólo las tres), pero… parezco no recordarlo… Dr, Dr, Dr,… ¡oh!… ¿Lo he olvidado, acaso?… Dr, Dr, Dr,…

Sí. Ya lo olvidé.

Pero no importa. Lo que sí es inevitable es la presencia de aquella niña que parecía surgida de un cuadro de Monet, aquella niña de cabellos rubios que, a diario, ineluctablemente, jugaba rayuela abajo, en la calle, en el parque, y que, en un movimiento súbito, una agilidad inesperada, hizo revolotear su vestido lleno de encajes y perlas blancas, dejando ver, en su muslo izquierdo, una marca que te hizo dar un vuelco convulsivo en el corazón. Sí. Tú te encontrabas entonces sumido en vagos horrores de inteligencia y sinrazón, cuando de pronto tu vista se vio atraída por la niña que jugaba y en seguida, con el vuelo súbito de sus faldas, por la insignia que, casi en la forma de una “M” curvada, hizo a tu cerebro instalarse en un cubo de arena lleno de recuerdos.

O… ¿Lo has olvidado, acaso?

No… ahora recuerdo.

Sí. Todo sucedió esa noche. Al sonar las doce, tú entraste en mi habitación, con una revista vagamente arrollada entre los resquicios de tu saco. Dejaste tu pequeño maletín de cuero negro sobre la cama. Al pasar junto al tocador, tropezaste levemente con una de las patas metálicas del mismo, haciendo caer la revista que guardabas celosamente doblada entre la pana gris de tu saco, revista que se abrió (quizá debido al azar, quizás a la curiosa colocación de las páginas) justamente en la región clave, en la región extrañamente caótica en que aquella fotografía se abría como una herida reciente.

Aquella fotografía.

“…dos agentes del FBI se vieron de repente anonadados por un caso nada común…”

―Pues bien, la fotografía muestra, señoras y señores ―dijo, con una voz que no mostraba ni humanidad ni sentimiento alguno―, lo que parece ser un truco ingenioso, pero muy bien logrado: un homúnculo detenido por dos individuos sonrientes, quizás apagados, sin rostros de admiración ni de asco. El homúnculo, por su parte, mira fijamente a uno de los hombres, mientras parece caminar con la mayor calma y cuidado, como si pudiera suceder lo imprevisible: la rotura inminente de una de sus frágiles piernas, o la magullación leve de la base inferior del cráneo…

Aquella fotografía.

―¿Me podrías hablar de la gente que lo rodea?

―No. De ninguna manera. Son inútiles. No pertenecen a la composición fotográfica. Sin una argumentación válida, me es imposible nombrarlos siquiera. Son un elemento sacrílego en aquel rito de iniciación.

―¿Rito de iniciación?

―Sí. Rito de iniciación…

¿De veras piensas que se trata de un truco?… Fíjate. Fíjate bien en la colocación de los sujetos y del homúnculo. Parece real… ¿No es cierto?… Completamente real.

Hay, hasta ahora, dos versiones. La primera, quizá la más plausible, nos dice que el hombrecillo fue hallado en una región boscosa de un pueblecito alemán cuya localización exacta ignoramos. Pues bien, una de las páginas del diario semanal, la central, para ser más precisos, mostraba en primer lugar, al parecer, dos fotografías del homúnculo. La primera, o sea, la del lado izquierdo, no la conocemos, ya que fue recortada cuidadosamente por algún curioso interesado en rarezas fotográficas. Es de la segunda de la que tenemos noticia. Se trata de una foto muy borrosa, probablemente tomada en los años treinta (la fecha del día aquél no figura en el diario, por torpezas de parte de los editores), con ánimos vagos y causas dudosas.

―Y… ¿la segunda versión?

La segunda versión es mucho menos creíble, ya que parece elaborada con el propósito de terminar rápidamente el artículo que acompaña a la fotografía.

―¿Qué dice?

Alega: “Parece ser que su platívolo cayó a algunos kilómetros de la Ciudad de México, y que el período de descomposición no tardaría en manifestarse. El hombrecillo, primero considerado de un material metálico parecido a la plata, comenzó a…”

En ese día, la lluvia no dejó de caer. Abajo, en la calle, en el parque de los columpios herrumbrosos, una niña caminaba, acercándose al lugar en donde, diariamente, acostumbraba jugar rayuela o “avión”. Tú, excitado, pensaste en mil cosas. Por ejemplo, en bajar las escaleras y colocarte en algún lugar estratégico, desde el cual la niña no distinguiera tus lascivas manipulaciones, y desde el cual tú la admiraras en todo su esplendor…

Bastó un movimiento tuyo. Un jadeo imperceptible que denotaba inocencia, arrepentimiento, perdón. Tres golpes se sucedieron entonces. Miraste aquella fotografía, y preguntaste. Pero nadie te contestó. Porque nadie respondería a un enigma, a un respiro, a una caricia. ¿Acaso no lo comprendiste en seguida?… Dr, Dr, Dr,… ¡Basta!… ¡Nunca recordarás su nombre!

(“…y que el período de descomposición no tardaría en manifestarse.”)

¿Por qué? ―preguntas― ¿Por qué?… ¿Por qué yo?… ¿Por qué los tres sonidos rasposos? ¿Por qué esa noche? ¿Por qué en ese hotel? Y, principalmente… ¿Por qué aquél símbolo en el muslo izquierdo de la chiquilla?

―¿Cómo te llamas, mocosa?

La tarde de aquel día fue particularmente silenciosa, tenue. Ella caminaba contigo por los pasadizos recónditos del convento, y a ti no te convencía su mirada cálida, rozagante, quizás indecisa. La llamaste tres veces, por su nombre, murmurando las palabras y dejándolas surgir precisas, eternas, con un afán lúbrico de encarnación y símbolo. La llamaste tres veces.

Tres veces. ¿Recuerdas?

Se trata, probablemente, de un truco fotográfico. Imposible. No existen homúnculos. Una broma y un alcance serio. Una desgracia.

¿Está usted seguro, doctor?… ¿Completamente seguro?… ¿Cómo podría explicarnos, entonces, la procedencia de aquellos tres sonidos sordos y rasposos, y aquella marca delineada claramente en el muslo izquierdo de la chiquilla que acostumbraba jugar rayuela a la misma hora (hora de atardeceres fatuos) frente a la ventana de su habitación?… ¿Cómo podría explicarnos, entonces, la terrible escena que tuvo lugar aquella noche, en el hotel de un pueblo olvidado, y cuyos detalles se van acumulando poco a poco en su conciencia, con esa lucidez punzante de la realidad inmutable?… ¿Cómo nos explicaría todo esto, señor doctor?… ¿Cómo?… Vamos, conteste… no se quede allí, inmóvil e indeciso… Contéstenos. Si no nos da una respuesta científica (¿o no es usted doctor?) a este enigma, la historia resultante no tendría ya un contexto válido.

Recuerda, amiga querida, novia olvidada. Recuerda. Recuerda la lluvia y la calle asfaltada, recuerda el parque al otro lado de la calle. No es posible que lo hayas olvidado. Era, en ese día, una cosa totalmente natural. El parque, rumoroso, brillaba con la luz filtrada de las ramas húmedas, la luz del sol oculta entre las nubes cirros, nimbus y la cortina pálida del smog… Recuerda ese parque. No otro, sino ése en especial. Un parque sin ninguna característica fija, a no ser que consideres como algo singular el hecho de que una niña, entre los diez y los doce años, acostumbraba jugar diariamente rayuela o “avión” a una hora determinada, siempre igual, siempre eterna.

…¿O acaso lo has olvidado?… Acuérdate, demonios, acuérdate. No sé si la niña nos miraría siquiera. Pero esa tarde, estoy seguro, no dejó de llover. Y también estoy seguro de que la niña, a pesar de la terrible lluvia que se cernía sobre su juego eterno, no lo abandonó hasta el anochecer… Siempre lo hacía así. Siempre. ¿Me podrías explicar tú el porqué de todo esto, amiga querida?… ¿Podrías tú?…

A pesar de todo, algo se interpone. Hubo, entre el día en el hotel y la tarde frente al parque, un período de tiempo indefinido que encierra un sinnúmero de palabras y vocablos entredichos, y que no alcanzo a discernir completamente. Ocurrió algo. La naturaleza de ese algo, la esencia misma de los hechos, es una cosa por ahora ininteligible. El período de que hablo fue, supongo, el de la consumación de un sacrificio, o quizás, y esto me parece más lógico, el de la fusión entre dos instantes, dos instantes clave y, de entonces en adelante, inmortales: el instante en que tú miraste una curiosa fotografía en una revista barata, y el instante en que vislumbré, en el muslo izquierdo de una chiquilla, la marca que me abandonó a una especie de éxtasis difuso, y que luego me obligó escribir estas líneas. Porque en estas líneas, en esta carta abandonada en el respaldo de un sillón, quiero resumir en frases y en oraciones sincopadas, el transcurso de un tiempo que, de pronto, trató de detenerse… y de detenernos.

¿Quién eres tú?… ¿Acaso no eres esa niña, que juegas y me miras… juegas y me miras?… Pero entonces, ¿quién soy yo?…

…abandonaste tu lugar frente a la ventana y bajaste pausadamente las escaleras. Una vez en la calle, la cruzaste y te sentaste a esperar, en una banca gris del parque, frente a los toscos trazos de gis marcados sobre la tierra seca, en una línea dudosa y culebreante. De repente, comenzó a llover.

Volviste a la casa y te colocaste frente a la ventana, de nuevo, a mirar el parque. Volviste, claro, porque no querías empaparte horas enteras, y además, porque nunca supusiste que la niña, desafiando la lluvia, se atreviera a jugar nuevamente, como acostumbraba, en su lugar cotidiano, mil veces pisoteado por saltos y jadeos.

Saltos y jadeos.

“…Aquella noche, en la habitación del hotel, la golpeaste hasta sudar. Y no te atreves a confesarlo. No te atreves porque temes. Y temes porque sabes que ella se dio cuenta. Y tú no querías ―no quieres― compartir tus secretos más recónditos. Das lástima. Eres una piltrafa humana…”

¡Vamos!… ya lo tengo. La solución está en ese símbolo. Dice este individuo que la marca en el muslo izquierdo de la niña tiene la forma de una “M” curvada, ligeramente circular.

¡Ah, demonios!… ¿Pero qué significará esa “M” circular?… Volvemos, pues, al principio.

―Doctor, su relación de los acontecimientos nos parece demasiado incompleta. ¿Por qué evade los detalles?… Además, hemos notado que olvidó recalcar lo sucedido aquella noche en el hotel, en que por vez primera su amante, su hija o la mujer aquella (no nos importa de quién se trate) tuvo la oportunidad de impresionarse vivamente con una extraña fotografía que representa, según el texto adjunto, a un ser extraterrestre cuya nave sufrió un accidente en un lugar que, por momentos, parece ser un pueblito en los bosques recónditos de Alemania, y otras veces, un valle polvoso de la Meseta Central mexicana.

Y si no nos contesta, por las razones que sea, la pregunta “¿qué sucedió en realidad?”, en un futuro cercano abandonaremos toda clase de pesquisas. ¡Ah!… y le suplicamos sea breve, señor doctor.

“…una foto muy borrosa, probablemente tomada en los años treinta.”

Una tarde lluviosa, también. La visita al convento. Los murciélagos. Ella sólo te miró. No habló en todo el trayecto, porque quizá creyó que tú no querías que hablara.

No querías que hablara.

En el momento en que ella, inevitablemente, rompió el hielo, pronunciando aquel nombre, tú caíste en un abismo cerebral del que nadie ni nada podrá sacarte. Solamente el recuerdo. El recuerdo de aquel nombre.

Pero es eso, el nombre mismo, el que has olvidado. Y nadie ni nada podrá hacerte recordar…

Veamos, doctor, ya que acabamos de encontrar en este mismo instante, otra pista. Si utilizamos correctamente todos los resquicios de pensamiento, todos los fragmentos de palabras, todos los vocablos dichos o entredichos, tendremos la solución del enigma. Y con la solución, dicho enigma no tendrá ya ninguna razón de ser.

“…el período de descomposición…” ―¿Recuerdas?…

Aquella noche en el hotel. Lluvia. Truenos. El Dr. entró, nervioso, agitado, turbado. En la habitación, una mujer. La mujer espera. El hombre, después de dejar su maletín de cuero negro sobre la cama, tropieza con una de las patas metálicas del tocador, siendo gracias a dicha torpeza lo siguiente: una revista, antes oculta entre los resquicios de su saco, cae al suelo, abierta en las páginas centrales. Dichas páginas muestran una curiosa fotografía, que despierta en la mujer un recuerdo terrible y oculto, o quizá simplemente una impresión incisiva que necesitaba un preciso estímulo fuerte para manifestarse.

Una vez sucedió esto, lo que sigue es sólo vagamente insinuado. Existen alusiones a una golpiza brutal de parte del doctor a la mujer, después de la cual los acontecimientos toman un cariz casi fantástico: surgen, aparentemente de la nada, conflictos ocurridos en un convento, y el terror y el recuerdo de un individuo (probablemente, el doctor mismo) que mira jugar rayuela a una niña desde la ventana de su apartamento, y que se turba considerablemente al vislumbrar cierto símbolo marcado en el muslo izquierdo de la chiquilla.

Al menos, hasta aquí la crónica lleva en sí la marca de la Verdad. Por supuesto, hay un detalle más que parece necesario remarcar: la fotografía (que constituye al menos la única base real de la historia misma y de nuestras divagaciones) muestra lo que parece ser un homúnculo oscuro y brillante, detenido por dos sujetos de abrigo y sombrero. La composición fotográfica es notable, ya que los espectadores y el ambiente general reinante le dan en conjunto un aspecto de realidad. De realidad inmutable, total. Respecto a la fotografía misma, existen, claro, varias versiones, que varían en carácter, personalidades y atmósfera. Una peculiaridad de la primera versión es ésta: los dos individuos de abrigo que acompañan al homúnculo son, según el texto, dos agentes del FBI de visita en Alemania en 1936… Al contrario de la segunda versión, que presenta a los dos sujetos como agentes del Ministerio Público de la Ciudad de México.

Por otro lado, todas las posibles pistas notables son nulas. Cierto que el símbolo, marcado en el muslo izquierdo de la niña, parece representar una “M” ligeramente curvada, pero esto no nos aporta nada de valor considerable.

(“…y sin embargo, olvida usted algo, querido amigo: en aquella caminata por los muros y escaleras del convento, la mujer pronunció un nombre. Este nombre es un factor clave en nuestras pesquisas, si no es que el más importante. Respecto a la “M” ligeramente curvada,… ¿no será probablemente la letra inicial en el nombre mil veces olvidado y mil veces querido recordar?… y el nombre mismo, ¿será el nombre del doctor?… es lo más posible, ya que la mujer se empeña en no poder recordar. En este caso, nuestra búsqueda e investigación se torna mucho más fácil y mucho menos ardua…”)

―Mas yo ―dijo el doctor visiblemente enfadado, yo sostendría una tercera versión, mucho más plausible que las demás.

―¿Cuál es, doctor?

―Pues bien… tengo la sospecha de que algo va a suceder con mi declaración o que, por lo menos, algo va a desaparecer. A pesar de todo, la considero completamente necesaria… Supongamos que la fotografía, la búsqueda, la golpiza, el hotel, la niña que juega rayuela y la caminata en el convento son ficticios, son solamente fragmentos de una historia inventada, quizá la parodia de alguna novela extensa, que en este momento son leídos por un lector anónimo o quizá (¿por qué no?) por su mismo autor…

―A pesar de todo ―contestó alguien―, esta suposición no nos parece demasiado plausible.

―¿Por qué?

―Porque en este caso, la búsqueda, nuestras pesquisas, el nombre, los trazos, la niña que juega rayuela, la fotografía, la golpiza y la caminata no tendrían ya razón de ser. El autor las eliminaría sonriendo.

Desaparecerían del texto. Todo desaparecería.

Desaparecería.

Desaparecerí

Desaparecer

Desaparece

Desaparec

Desapare

Desapar

Desapa

Desap

Desa

Des

De

D

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*“Génesis” (1972) es un pastiche de una novela del autor mexicano Salvador Elizondo, una parodia que muestra gran originalidad en el argumento. En ella hay una premonición de mi lectura de Robbe-Grillet, pues “Génesis” despliega minuciosamente el procedimiento descriptivo del novelista francés (conocido y deformado sin duda por Elizondo) pero narrando cosas nuevas. Los libros del irracionalista Elizondo se inspiran en textos breves de varios autores: del cuento “¡No, yo no!” de Claude Seignolle proviene Farabeuf; del cuento “El tren de medianoche” de Alfred Noyes proviene El hipogeo secreto; del poema sobre Helena de Troya de José Attolini proviene “La esfinge perpleja” (colección de aforismos). Attolini describe a Helena y dice que es “como sueño de esfinge” y “como virgen perpleja”. El poema es del libro Desamor (1938), publicado en México. Elizondo afirma que “inclusive las copias más perfectas son la manifestación de un estilo; de otra manera serían el original mismo.” Emiliano González

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007), Ensayos (2009) y La ciudad de los bosques y la niebla (2019).

¡LLÉVATELO!

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