GÓTICO QUEER O GOTIKUIR
BREVÍSIMOS APUNTES CON RECOMENDACIONES
Jessica Morales Aguilar
A inicios de 2024 me atreví a participar en una convocatoria. Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso, buscaba nuevos autómatas, es decir, nuevxs columnistas interesadxs en “lo fantástico (horror, ciencia ficción, fantasía y demás cosas raras)”. No podía perderme la oportunidad de participar: amo las cosas raras, amo escribir, amo leer y amo el ocaso, mi momento favorito del día. De ese amor desbordante surgió “Cuervo de patas entintadas”, una propuesta dedicada a analizar lo gótico en obras contemporáneas. Después de escribir sobre varias series, películas, libros y otros productos culturales, me di cuenta de que mis intereses se orientaron en varias ocasiones hacia lo queer. Otras personas también se dieron cuenta, como Geraldin Méndez, locutora de Radio Nopal, que me invitó a participar en ORÍGENES*, su programa. Nuestra charla del pasado 10 de junio sobre el gótico queer —disponible próximamente en la página web de Geraldin— me inspiró a escribir al respecto. A continuación, sólo presento unas brevísimas notas no sólo de lo que se dijo en nuestra conversación radiofónica, sino de toda la inmensidad que constituye la potencia del universo gótico queer o gotikuir, como me gusta llamarlo amorosamente.
El gótico es queer y lo queer es gótico
El castillo de Otranto, obra inaugural del gótico literario, se publicó en 1764 durante el esplendor metafórico de la Ilustración, una época en la que se privilegió la luz de la razón sobre el aparente oscurantismo medieval. En este contexto, la palabra “gótico” cargaba con las connotaciones negativas de un pasado supuestamente barbárico, caótico, cruel y supersticioso. Con el paso del tiempo, “gótico” se convirtió en un signo lingüístico desbordante con múltiples significados que resultan irreductibles hasta la fecha. Entre las incontables definiciones del vocablo se encuentra la de Fred Botting, quien lo describe como una estética ambivalente de la transgresión y del exceso. A su vez, tales características vinculan al gótico con lo queer, visto como todas aquellas expresiones sexuales que no se amoldan a los monolíticos parámetros hegemónicos (Kosofsky Sedgwick 7). Así, lo gótico y lo queer resultan sumamente compatibles por sus características en común. Además, los dos términos también comparten una larga historia de resignificaciones que a través del tiempo han diluido sus concepciones peyorativas.
Desde sus inicios, la literatura gótica representó sexualidades disidentes, un hecho que no resulta gratuito, pues a partir del siglo XVIII comenzó a configurarse el modelo de sexualidad hegemónico que privilegia la heterosexualidad reproductiva (Haggerty 2). Por tanto, toda subjetividad alejada del estándar se convertía en una figura monstruosa, en una amenaza para el orden cisheteropatriarcal. Sólo basta pensar en Carmilla, Drácula, Dorian Gray, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde e incluso la criatura de Frankenstein para notar que encarnan múltiples ansiedades sociales de su época, especialmente aquellas relacionadas al cuerpo y a la sexualidad. En este sentido, los monstruos presentan un carácter ambivalente frente a las subjetividades disidentes: por un lado, su construcción como entidades marginales con atributos socialmente indeseables —vistos así desde las limitaciones de la perspectiva hegemónica— las estigmatiza; por el otro, la potencia crítica y desestabilizadora de los monstruos puede tomarse como punto de partida para resignificar estas figuras.
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Eventualmente, estas representaciones monstruosas llegaron al cine, espacio donde se conservó la misma ambivalencia, pues personajes como Leatherface (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), Angela (Sleepaway Camp, 1983) y Buffalo Bill (The Silence of the Lambs, 1991) aún resultan polémicos por su configuración como individuos cuya sexualidad no hegemónica se manifiesta como una desviación patológica con inclinaciones homicidas. Actualmente, las producciones culturales vinculadas al gótico han vuelto más evidente su relación con lo queer. Además, en lugar de relegar a las disidencias al margen, estas se han convertido en el punto de enunciación de nuevas ficciones que exploran los miedos, las angustias, los traumas y las violencias derivadas de la heteronorma.
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Para cerrar esta sucinta reflexión, recomiendo algunos de los cuerpos textuales, cinematográficos y sonoros gotikuir con los que me he relacionado.
En el ámbito literario, libros como La ruta del hielo y la sal (José Luis Zárate), La sed (Marina Yuszczuk), La voz de la sangre (Gabriela Rábago Palafox), Todo lo que tengo que decir sobre el amor (Tiago Aguileta), Habitaciones (Vera Zepeda) y Donde viven las damas salvajes (Aoko Matsuda)** me han cautivado al desplegar simultáneamente el dolor y la ternura de la experiencia queer.
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Recientemente también he reconectado con mi amor por la narrativa gráfica, por lo que cómics como In Your Skin (Aditya Bidikar, 2026) y Monsters in Love: A Pride Anthology (2026), junto con los mangas #DRCL: Midnight Children (Shin-ichi Sakamoto) y Hikaru ga Shinda Natsu (Mokumokuren), me han hecho reflexionar sobre la pluralidad de afectos —palabra entendida en todos los sentidos posibles— que experimentamos.
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En cuanto a cine y televisión, además de enamorarme de la adaptación del último manga mencionado (traducido como El verano en que Hikaru murió), he quedado encantada con Fatal Frame (Mari Asato, 2014), Possessor (Brandon Cronenberg, 2020), I Saw the TV Glow (Jane Schoenbrun, 2024), Leviticus (Adrian Chiarella, 2026) y Living for the Dead (2023).
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Los podcasts Ghosted! (Roz Hernandez), Midnight Mass (Peaches Christ, Michael Varrati), Queer Horror: A Film Guide (Sean Abley), Petrified (Liam Geraghty, Peter Dunne) y Alice isn’t Dead (Night Vale Presents) no sólo acompañan mis caminatas por la ciudad, sino también mis reflexiones sobre el vínculo entre el horror y las disidencias sexogenéricas.
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Finalmente, el ámbito musical representa otro de mis más grandes amores, así como una de mis relaciones más pasionales en este momento de mi vida. Para ORÍGENES tuve el gran gusto de hacer la curaduría musical, por lo que mejor les compartiré una versión aumentada de la playlist gotikuir que sugerí para el programa. (Dale clic AQUÍ.)
El gótico queer es un territorio vasto y polimorfo. Estas son sólo algunas notas y recomendaciones para adentrarse en su mundo, así como en su potencia política y afectiva.
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* Quiero agradecer a Denisse, con quien también conversé en el programa. Ambas son increíbles y me alegró muchísimo poder compartir tanto con ellas.
** Especialmente el cuento “Hina”, el cual reinterpreta el relato folklórico para abordar la relación lésbica entre una humana y una fantasma.
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OBRAS CITADAS
Botting, Fred. “Introduction: Gothic Excess and Transgression”. The Gothic, Routledge, 1996, pp. 1-13.
Haggerty, George E. Queer Gothic. University of Illinois Press, 2006.
Kosofsky Sedgwick, Eve. Tendencies. Routledge, 1994.
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Jessica Morales Aguilar
Estudiante de Lengua y literaturas hispánicas en la UNAM.
Le interesan tanto la literatura como el cine de terror.
El gótico representa una de sus grandes aficiones, de sus grandes amores.
Si encontrara un fantasma, probablemente éste huiría de ella.
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