LA NOSTALGIA DE LA MUERTE

EN HOMBRES Y MUJERES

II

 

Emiliano González

Primera parte

 

En la novela de Thomas Mann, La muerte en Venecia (1911), von Aschenbach, al enamorarse de Tadzio, siente una gradual nostalgia de la muerte que lo hace aproximarse al ámbito de la peste para contagiarse y realizar un suicidio. Así como el autor Rodenbach de la vida real está relacionado con la ciudad muerta Brujas y el heterosexualismo, el autor von Aschenbach de la ficción está relacionado con la ciudad muerta Venecia y el homosexualismo. El esteta John Addington Symons, que al describir a un gondolero prefigura las sensaciones de von Aschenbach, se reúne con Havelock Ellis, un psicólogo que estudia a Nietzsche y a la inversión sexual. El autor anti-cristiano y el homosexualismo se ven unidos de nuevo en la novela El inmoralista (1902) de Gide, en que el personaje principal descuida una mujer para propiciar su muerte, mostrándose anti-cristiano y homosexual.

El mexicano Xavier Villaurrutia, en su etapa modernista, hace unos versos atraído por la leyenda de la mujer de Lot: “Le pregunté al poeta su secreto / una noche de luna, / una noche de augurios y de mal. / El poeta me contestó con una / mirada que era un reto / y me dijo: “Interroga / a su estatua de sal…” La mujer de Lot es comparable con Orfeo, pues vuelve la cabeza hacia las ciudades de la llanura y queda convertida en estatua de sal, así como Orfeo al volver la cabeza pierde a Eurídice, luego canta a los efebos y es decapitado por las ménades.

En su etapa vanguardista, Villaurrutia mezcla en su libro Nostalgia de la muerte (1938) sueños y emociones de amor, sorpresa y horror, dando forma literaria a un caos inconsciente, ofreciendo un remedio efectivo contra la enfermedad del alma que es la nostalgia de la muerte.

Sombra y silencio, herencias de Poe, son ya perceptibles desde la época modernista de Villaurrutia en los poemas “La bondad de la vida” y “Mar”. En el primero, hay un silencio apacible y un libro amado. La bondad, en la alcoba “de sombra inerte”, es como “el aroma azul de la alhucema”. Con la tarde amiga, el poeta cierra los ojos y quiere acostumbrarlos para que se diga “que ya cerrados los halló la muerte”. En el segundo poema, el autor sueña con el mar, lo aspira en la sombra y lo oye en el silencio de su duelo. Para su sombra es olor iluminado y en el silencio de su celo es rumor. Poe relacionaba el silencio con el opio y Villaurrutia en su poema sobre el secreto del poeta alude a Memnón, el rey etíope que ofreció “nepente” (opio) a Elena de Troya. Sombra y silencio reaparecen en la etapa vanguardista de Villaurrutia: en “Nocturno eterno” se refiere a hombres que dejan caer sus nombres “hasta que la sombra se asombra”, cuando los ojos “cierran sus ventanas” y prefieren “la ceguera al perdón y el silencio al sollozo”. Las estrellas resplandecen en un cielo muerto y es tan grande el silencio del silencio que los humanos quieren oír su voz. Los ojos se ven llenos de sombra por la ceguera, no por la noche, y acaso la palabra antigua da un grito porque la vida, el silencio y otras palabras son sólo sombras de palabras, que salen al paso de los hombres en la noche. En “Nocturno”, el silencio “alarga lentas manos de sombra”, o bien la sombra es silenciosa, y no sabemos dónde empieza o acaba. En “Nocturno de los ángeles” hay “recodos y bancos de sombra” y el silencio es un secreto conocido por “los hombres que van y vienen”. Pero no hablan de Miguel Ángel como las señoras del poema de Eliot, aunque vayan y vengan como ellas. No dicen nada. Si cada uno de ellos dijera lo que piensa en una sola palabra, las cinco letras del DESEO formarían una cicatriz luminosa, una constelación “como un ardiente sexo” en el cuerpo de la noche. Los ángeles vienen del cielo y del mar, en escalas invisibles o “en barcos de humo y sombra”, para confundirse con los mortales y para “rendir sus frentes en los muslos de las mujeres”. Tienen nombres terrestres, no celestes, y son norteamericanos. El único vuelo de estos ángeles es el que les permiten los ascensores de los hoteles: “el vuelo lento y vertical” hacia las almohadas que son como nubes, en habitaciones donde sueñan con mortales, no con ángeles. Y estos ángeles… ¿son seres bisexuales o hermafroditas?  No lo sabemos. En la Biblia, los sodomitas maltratan a los ángeles y a Dios, y éste los castiga con el fuego del cielo. El libro de Hernández Catá El ángel de Sodoma, sobre un suicida, influye sobre Villaurrutia, que elabora su poema imaginativo basándose en el título del autor cubano.

En el poema “Plegaria” de Villaurrutia, las “muertas / aguas de los canales / parecen revivir”, llevándonos a Rodenbach. Al continuar a Poe y a Rodenbach, al acercarse al tema de la mulata de Córdoba, Villaurrutia muestra afinidades con Lovecraft, con el cuento “Los sueños en la casa de la bruja”, que se inicia con un motivo de Rodenbach y termina con una variación de la mulata de Córdoba. Recuerdo que cuando me fue concedido el Premio Villaurrutia recibí como obsequio un cartel con una silueta del poeta mexicano basada en la silueta de Lovecraft elaborada por Virgil Finlay, artista que yo mencionaba en mi libro premiado.

En este libro, la nostalgia de la muerte se ve insinuada en varias ocasiones, y perversiones muy raras (vampirismo, necrofilia) se juntan con perversiones más comunes (incesto, homosexualismo). Nuestra Señora de los Dolores, personaje de Swinburne, le coloca flores al poeta difunto Calabrés, personaje de Antonio de Hoyos y Emiliano González.

Lesbia Brandon de Swinburne es un personaje compuesto, basado en Elizabeth Siddall, heterosexual, de la realidad, y en la marquesa de Réal, homosexual, de la imaginación de Balzac. Lesbia sueña que mata a la hermana del héroe de la novela (hermana con ojos dorados) así como la marquesa mata a la muchacha de los ojos dorados en la novela de Balzac.

En Las contracorrientes del amor, novela de Swinburne escrita en 1862, año de la muerte de Elizabeth Siddall ––llamada por Swinburne “mujer incomparable”––  hay un recuerdo de ella: “El pelo profundamente dorado y los ojos verdigrises llenos de colores de agua marina bajo la luz del sol e hilados con pálidas y agudas líneas de fuego y luz alrededor de las pupilas.”

Como el pelo amarillo de Fanny Hugues, la modelo rubia de Rossetti, el pelo rojo de Elizabeth da una impresión dorada en ocasiones.

La muerte de Elizabeth Siddall parece una mezcla de los cuentos de Poe “Berenice”, “Eleonora” y “Ligeia”. Rossetti, después de recibir enigmáticas señales de una fantasmal Elizabeth (Eleanor) Siddall, abre la tumba, encuentra a la mujer, intacta después de mucho tiempo, y recupera el manuscrito de La casa de la vida, con sonetos dedicados a ella. Recordemos al fetichista necrófilo de “Berenice”, que abre la tumba de su mujer, que ha sido enterrada viva, y le saca lo dientes. Violet Hunt en su biografía La mujer de Rossetti (1932) dice que Elizabeth Siddall tenía los dientes muy prominentes. La presencia de la muerta Eleonora, en el cuento de Poe, se manifiesta de modo fantasmal para absolver los votos hechos con ella. Las flores extrañas, en forma de estrellas, y otras que parecen ojos violetas, desaparecen en el Valle de la Hierba Multicolor cuando muere Eleonora.

“¿Qué era?”, se pregunta el narrador de “Berenice” cuando no recuerda que le ha arrancado los dientes a la mujer, amando sus huesos, no su carne. Esa pregunta se vuelve el título de un cuento de Fitz James O’Brien en que un vampiro invisible, a través del opio, invade nuestro mundo. O’Brien toma de “Ligeia” de Poe el elemento del opio y lo integra a su propio cuento. El láudano que Siddall usa para suicidarse implica una deformación de “Ligeia”. Modelo para la Ofelia de Millais, en situación insalubre, Siddall se identifica con el personaje de Shakespeare y se suicida. Las flores de Ofelia son en este caso las amapolas.

“What Was It?”, por mgkellermeyer

El reaccionario Carlyle, absurdamente cercano a los pre-rafaelitas, elogia el suicidio y lo relaciona con Proserpina.

En la novela de Swinburne (escrita en 1864) Lesbia Brandon sueña con una Proserpina de amapolas, no de hongos, y en ella se basa la Proserpina del mexicano Torres Bodet. Lesbia se suicida con agua de colonia y opio.

En un sueño que Lesbia le describe al héroe aparece Proserpina:

Traté de ver a Proserpina y la vi. Estaba parada casi hasta las rodillas en amapolas florecientes, singulares y dobles. No era la vieja Proserpina que viene y va de arriba abajo entre Sicilia y el infierno; nunca había visto el sol. Estaba pálida y satisfecha; no había en ella nada parecido a la memoria o a la aspiración. El elemento muerto era vital para ella; no habría podido respirar el aire más alto ni más bajo. Las amapolas a sus pies eran rojas y las que tenía en las manos eran blancas.

Tenía ojos grises, azulados como la mezcla de niebla y agua, y pelo suave que yacía alrededor de su pecho y sus brazos en agudos rizos puntiagudos como lenguas de fuego. Cuando me miró ese pelo empezó a vibrar con el movimiento súbito de su pecho, y sus ojos se iluminaron hasta llegar al brillo de los ojos que yo conocía: los de tu hermana; y empecé a preguntarme si ella podría fundirse del todo en esa similitud. Todo el tiempo supe que eso era imposible, pues ella era la muerte encarnada, y la otra que yo conocía estaba viva. Y detrás de ella todo el lugar se llenó de figuras pálidas, huecas por dentro como un vestido vacío, colocado en posición vertical; grandes sombras con una luz gris reflejada contra ellas; y todo el mundo, según lo que podía yo ver, no estaba en la oscuridad, sino bajo una sólida nube que nunca se movía y volvía al aire más oscuro y más frío que el día más neblinoso de la tierra. Y en los campos más allá del agua había una espléndida cosecha de acónito: no había otras flores en ningún lado; pero la hierba era tan pálida, amarilla y café, como si el sol la hubiera quemado. Sólo donde estaba la diosa había amapolas creciendo aparte; y sus cálices rojos y las grandes lámparas azules del acónito, todas de igual forma colgaban pesadamente sin viento alguno.

Recuerdo que de niña me pregunté si esas flores eran como lámparas o campanas; pensé que cualquier luz o sonido que saliera de ellas sería como la luz del día y la música de un mundo muerto. Bueno, no recuerdo mucho más: pero yo estaba obsesionada por el miedo de que no hubiera nada nuevo detrás de la muerte, después de todo. Y las flores me irritaban. Sólo esas hay, no rosas; pensé que sólo un tipo blanco de rosa podía crecer ahí lo suficiente. Y no vi hombres ahí, ni tampoco niños.

El sueño y la flor azul de Novalis influyen sobre Swinburne.

El acónito y los hermanos incestuosos de Lesbia Brandon son anticipaciones del acónito y los hermanos incestuosos de la novela Zo’har (1886) de Mendès. El opio y los hermanos incestuosos de Lesbia Brandon son elementos de “La caída de la casa de Usher” de Poe y este autor se inspira en el Icosamerón de Casanova (sobre unos hermanos que bajan por el remolino llamado Maelström al centro de la Tierra, en que hay frutos prohibidos). Poe se inspira también en los escritos de Cervantes sobre locura, incesto y licantropía.

La primera deformación de los misterios de Eleusis es la que se logra con las amapolas; la segunda, la de Magna Mater de los romanos, en que el hongo se vuelve el falo, que es arrancado al sacerdote afeminado. La tercera y la cuarta (el incesto, el homosexualismo femenino) son introducidas por Casanova, Poe, Swinburne y Mendès, para criticar el asunto. Mendés, en vez de opio, introduce cannabis, insinuando además que la representación teatral puede ayudar a controlar el incesto. Nabokov en el siglo XX imita a Mendès y también introduce cannabis en el argumento sobre incesto en su novela Ada (1969).

El cuento de la bella durmiente es una anticipación de la morfinomanía, pues la bella, picada por una aguja, cae en un sueño horrible (alusión al sueño de opio) y sólo el amor puede salvarla al final… en el mejor de los casos.

“Un tenue olor a flores mezclado con olor a drogas en el crepúsculo blanco con la penumbra amarilla de las lámparas”. Este fragmento nos hace pensar en el movimiento psiquedélico, pero es infernal, ya que las drogas son horrendas. Es un fragmento hippy (melancólico), inmediatamente anterior a la muerte de Lesbia.

La imaginaria “poetisa pagana” (como la llama Swinburne) es el origen de la personalidad de Renée Vivien, poetisa lesbiana de la vida real, que decía que era “sólo una pagana”.

Reneé Vivien

Gautier y Baudelaire son los principales autores que tocan el tema del lesbianismo, ya que Sade no hace precisamente literatura cuando se refiere al lesbianismo. La primera autora que toca el tema del lesbianismo es Safo. Ella, que vivía con un viejo y hacía poemas, tal vez satíricos o platónicos, es recordada por lesbiana y suicida. ¿Leyenda o realidad?… En cualquier caso, la gente relaciona el lesbianismo con el destino trágico de Safo. La palabra “poetisa” aplicada a una autora de poemas no tiene finalidad satírica, burlesca ni denigrativa, sino simplemente definidora, como la palabra “sacerdotisa” o “pitonisa”. Llamar “poeta” a una mujer puede ser una forma de masculinizarla.

Safo

Debido a la fama de Safo, pocos lectores recuerdan a dos autoras de poemas de la época helenística: Anite y Erina, que tienen versos sobre el amor y la muerte. La joven Erina, muerta a los diecinueve años, es recordada por el poeta Asclepíades, que llama a su obra “dulce y fuerte”. La unión de dulzura y fuerza denota un alma andrógina, no un alma lesbiana.

“Sappho and Erinna in a Garden at Mytilene” (1864), por Simeon Solomon.

En el poema de Baudelaire Sed non satiata, en que es descrita una Venus Negra, hija de un “obi” o brujo africano, el poeta alude al lecho infernal de ella y dice que no puede volverse Proserpina para complacerla. De este poema proviene la idea swinburniana de unir lo eleusino y lo sáfico. La negra lesbiana de un poema de Mallarmé anticipa a Melanchta de Gertrude Stein y proviene del poema de Baudelaire. Los rituales de la lesbiana morfinómana de la novela Mefistófela (1890) de Mendès son más anticristianos que eleusinos o dionisiacos. La canción “Venus” del grupo musical holandés Shocking Blue se inspira en la Venus Negra de Baudelaire.

Continuará…

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I(2007) y Ensayos (2009).

 

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