LA PANDEMIA

COMO NOVELA GÓTICA

 

Edna Montes

 

 

Lector, me aislé.

Sé que ya crucé una barrera mental porque las pesadillas se repiten: estoy en una situación social cuando me doy cuenta que olvidé mi cubrebocas en casa. Manoteo frenéticamente mis bolsillos esperando que salga de alguno. Revuelvo la mochila y vacío todos sus contenidos negando la realidad. No aparece. Debo regresar a casa, el contagio es inminente. Despierto con la respiración agitada; si me falta mucho el aire, recurro a mi inhalador. Los añadidos de ser una escritora con imaginación fértil, trastorno de ansiedad y asma no ayudan. Aunque casi no salgo y mantengo las máximas precauciones, cada día tengo un lapsus de terror donde me parece que ya contraje el virus. De pequeña, me imaginaba más en el papel de Jane Eyre que en el de Bertha Mason, pero es que no contaba con 2020, Año de la Plaga.

La vecina dice que soy como un fantasma: a pesar de que estoy casi todo el día en casa, no se da cuenta de mi presencia. Los del departamento de abajo tampoco lo saben muy bien (dadas las condiciones actuales asumen que sí). La vida en la calle o los apartamentos de alrededor, a su vez, es mi fantasma. Los sonidos que me maravillan o inquietan provienen de las paredes vecinas. Las lecturas sobre pandemias ya quedaron meses atrás (casi una vida, pareciera). Ahora abrazo lecturas góticas. En fin, que viviendo en el último piso del edificio parece que me convertí en mi propia loca del ático.

El gótico se enriquece en los momentos de crisis de sus protagonistas. Es cuando los personajes luchan por encontrar las respuestas a los hechos ominosos que alteran su presente. No es casual descubrir elementos del género en las obras de autoras latinas como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Mónica Ojeda, Michelle Roche, Solange Rodríguez Pappe, Silvia Moreno-García o Carmen María Machado, por nombrar algunas. La perpetua sensación opresiva favorece la creación de un gótico muy particular: cercano a las preocupaciones de nuestro rincón del mundo, distintas de las que los británicos o estadounidenses asocian al tema. El género depende de sus ambientes opresivos, y sin duda la pandemia es uno. Ésta me ha enseñado que incluso mi acogedor departamento puede volverse el escenario de una historia gótica.

Nuestra casa no es tan familiar como creemos. Luego de años de sólo volver a ella para cenar y dormir se vuelve cada vez más extraña. Hay grietas en las paredes que no habías notado, composturas por hacer, sonidos misteriosos que se manifiestan a deshoras. En las novelas, los sitios exóticos confrontan al protagonista con su fragilidad, pero una sala muy poco vista o una puerta que rechina a media noche pueden emular sin problemas al castillo de Drácula. Las estructuras desgastadas no sólo son físicas, también mentales. En «El tapiz amarillo» (Charlotte Perkins Gilman), Jane Eyre (Charlotte Bronté), Rebecca (Daphne du Maurier) o Un susurro en la oscuridad (Louisa May Alcott) es la cordura de las protagonistas la que está en juego. El aislamiento de la pandemia además de obligarme a reparar de forma obsesiva en las grietas y pequeños desperfectos de mis paredes, me fuerza a mirar la propia ansiedad en momentos en que la única contención posible es vía Zoom.

La cuestión del encierro no horroriza por lo que pueda estar en una casa, sino por la idea de que eso que traes contigo está ahí, a tu lado, en un espacio cerrado. No puedes ignorarlo tan fácilmente. Incluso un ambiente rodeado de esperanza puede volverse hostil, como le ocurre a la segunda Mrs. De Winter en Rebecca o a los protagonistas de las películas de terror His House, Relic y Amulet. Todas con elementos góticos, estrenadas en 2020. Hay quienes dicen que, desde la psicología, el terror nos ayuda a crear herramientas para reaccionar mejor a los eventos adversos de nuestra cotidianidad. La relación de la psicología con lo gótico es profunda, porque son contemporáneos y porque es justo un concepto de Freud el que se usa para estudiar los textos desde la academia.

Para Sigmund Freud lo «uncanny» es aquella clase de lo aterrador que nos remite a lo que es desconocido y familiar desde hace mucho tiempo. Se usa ese término aplicado al gótico porque cumple con esas características: un misterio del pasado irrumpe en el presente, lo descarrila y perturba. Los fantasmas, como la pandemia, rompen con nuestra idea lineal del tiempo: ¿qué es pasado y qué presente? Un mundo moderno se ve azotado por reminiscencias de siglos pasados. El temor al contagio.

Que muchas historias góticas ocurran en momentos de transición o unan tiempos radicalmente distintos refleja una tensión presente desde su origen: la angustia de que, tarde o temprano, aquello que creímos haber dejado muy atrás nos prenda por la espalda con sus ansias de venganza. Siempre hay una pugna entre los nuevo y lo viejo. Entre la ciencia y el pensamiento mágico como en el Frankenstein de Mary Shelley. El estira y afloja en el que estamos envueltos mientras una parte de la población espera con ansias la vacuna mientras otros enarbolan teorías conspiranóicas es lo que me hace pensar en la pandemia como una novela del género.

Ann Radcliffe fue una de las primeras en postular la división académica que aún usamos entre «terror» y «horror», aunque desde una idea de lo moralmente deseable en la escritura. El terror como «edificante» que expande el alma del lector y le ayuda a mantenerse alerta a la posibilidad de cosas más allá de su entendimiento en la vida cotidiana. Que no muestra, sólo insinúa. Por otro lado, el horror como algo explícito que «congela y casi aniquila» los sentidos del lector al mostrar cosas atroces de forma explícita. De haber vivido en el siglo XX o XXI, seguramente Ann se cuestionaría la escala de grises que debe aplicarse a esos conceptos, el nivel de preparación que la sociedad moderna exige ante lo atroz.

Ann Radcliffe

El mundo gótico se ocupa con fascinación de las diferencias violentas de poder. Los personajes están atrapados porque las amenazas y el aislamiento (físico y/o mental) son una constante. Es lo que ocurre, lo que seguirá ocurriendo. La incertidumbre es esencial para el mantenimiento del género. Los fantasmas, las maldiciones y demás elementos supernaturales están para abrir nuestras mentes a la existencia de poderes más allá del humano. Algo que burla nuestra razón y conocimiento: muy similar al bicho que me encerró aquí en el primer lugar. La certeza científica de su existencia no basta para palear la impotencia en que nos sume.

A pesar de mis temores más arraigados, creo que estoy mucho más cerca de ser Catherine Morland que Bertha Mason. Como dice John Mullan (Profesor del University College de Londres), el encanto de Northanger Abbey (Jane Austen) radica en que Catherine impone a la realidad las tramas góticas con las que está familiarizada. Quizá la lección más valiosa de mis relecturas e investigación del género gótico durante la pandemia es la epifanía de que, más que lo sobrenatural, el género nace de las ansiedades de los personajes. A veces, el miedo nos convierte en parodias de nosotros mismos y eso también es una forma de resiliencia.

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Fuentes:

The British Library, & Bowen, John. Gothic motifs. The British Library. Consultado el 12 de diciembre, 2020, https://www.bl.uk/romantics-and-victorians/articles/gothic-motifs

The British Library, & Mullan, John. The origins of the Gothic. The British Library. Consultado el 20 de diciembre, 2020, https://www.bl.uk/romantics-and-victorians/articles/the-origins-of-the-gothic

Ann Radcliffe, ‘On the Supernatural in Poetry’, New Monthly Magazine, 16 (1826), 145–152 (p. 150).

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Edna “Scarlett” Montes
Lectora, escritora y friki irredenta. Egresada de Miskatonic con tarjeta de cliente frecuente en Arkham.

Tiene tantos fandoms que ya hasta perdió la cuenta.

Divaga mientras espera que Cthulhu despierte de su sueño en R’lyeh o al fin le entreguen su TARDIS; lo que ocurra primero.

@Edna_Montes

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