LAS ARDILLAS NO SE ACERCAN A ESA CASA

 

Alicia Mares

 

“Todavía no te explicas cómo acabaste frente a Gilman House. Quizá te despistó la tormenta. Quizá fue la prisa por llegar a tu apartamento. Lo único cierto es que el camino elegido no pasaba ni de cerca por Gilman House. En ese momento no le diste importancia a tu desorientación.

Bajo la tormenta, la casa perdía sus formas. Parecía más vacía y solitaria que de costumbre.”

La calle que vio nacer a Lovecraft

Aunque Gilman House es la protagonista definitiva de «La casa vacía», relato del libro de cuentos Invasión (Páginas de espuma, 2018) del español David Roas, las ardillas son sus heraldos. O al menos, ellas son el mejor indicio de su verdadera naturaleza. El secreto que oculta la casa, por otro lado, nunca se revela.

Sabemos suficiente de ella, sin embargo. El narrador de este relato explica que ganó una beca para pasar tres meses en la universidad de Brown, investigando sobre la obra de H. P. Lovecraft, y se topa con Gilman House casi por casualidad.

Ésta se alza sobre Angell Street, la calle que vio nacer a Lovecraft, y aunque al inicio le parece una feliz casualidad, pronto nace una leve obsesión con aquella casa, tanto que comienza a tomarle fotos.

Sabe muy bien que Gilman es un nombre recurrente en la obra de Lovecraft. Pero hay otras cosas que va descubriendo: que la casa sí está habitada, que un triciclo rojo oxidado yace en el jardín abandonado, que un cobertizo misterioso podría ocultar el cadáver de alguien, de cualquiera, y que nadie nunca entra ni sale de aquella casa.

O al menos eso parece. Pero el descubrimiento relativo a las ardillas es aquello que más le inquieta.

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El instinto de las ardillas

Cuando el narrador ve una ardilla acercarse a la casa Gilman, contempla, asombrado, cómo esta se acerca al perímetro de la casa y, tras olisquear algo, tras presentir algo —tras ser repelida por una barrera invisible, o por una premonición—, se da la vuelta y se marcha.

“En otro momento, en otro lugar, su reacción te hubiera parecido simple casualidad. Aquí no. El comportamiento de la ardilla parecía confirmar la irracional aversión que la casa había empezado a provocarte. Poco después, comprobarías que en aquel jardín tampoco se posaban los pájaros.”

Debe existir algún motivo de esta aversión, de ese presentimiento acerca de la casa Gilman, y el narrador se hace de una idea: aquello es la guarida de un criminal. En el cobertizo se ocultan todas las víctimas del asesino serial que habita esa casa. Esa debe ser la causa del extraño comportamiento de las ardillas, claro está:

“Y tu mente de inmediato transformó lo que no debía de ser más que el caprichoso comportamiento de un roedor en un signo de que Gilman House escondía algo más que una simple vivienda vacía. Porque era evidente que la ardilla tenía miedo de pisar el jardín. Eso podía explicar la injustificable ausencia de tales animalitos dentro del perímetro de la casa. Revisaste las muchas fotos que habías tomado del jardín y comprobaste con asombro que en ellas jamás aparecía una ardilla.”

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El campo magnético de la casa

El narrador vuelve una y otra vez al mismo lugar. Las ardillas se ausentan en el tramo final del relato, pero poseen aquello que más le inquieta: el conocimiento, o al menos la premonición, de que algo se oculta en aquella casa y más vale mantenerse lejos.

Carecer de esta premonición es, quizá, lo que atrae al narrador. Pero sus esperanzas —de atisbar el misterio, de ver al habitante de Gilman House— siempre se desinflan.

“Dos días después volviste a aparecer, sin pretenderlo, frente a Gilman House. Y eso ya no te resultó divertido. Sobre todo, porque después siguió ocurriendo. Por mucho que estuvieras atento al camino, por mucho que improvisaras aleatorios recorridos, tus pasos acababan conduciéndote hasta la casa. Del desconcierto no tardaste en pasar a la inquietud.”

Obviaré el final, porque es un homenaje a Lovecraft que debe aprehenderse desde lejos, comprenderse después de terminada la lectura, obtenidas las claves tras leer entre líneas.

Por su parte, las ardillas preservan el secreto que adivinaron mucho antes al respecto de Gilman House; comprobando, una vez más, que en donde termina la cotidianidad es donde comienza la inquietud. Y esta es la tierra más fértil para el terror.

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David Roas

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Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996)

Graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y correctora de estilo en formación. Trabaja como redactora en una agencia digital. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas Marabunta, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee su columna de revista Palabrerías a sus seis gatos. Creció al lado de un árbol de jacaranda.

Twitter: @AliciaSkeltar

Facebook: @AliciaMaresReading

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