LO FANTÁSTICO Y LA POESÍA

II

Emiliano González

Primera parte

 

Los argumentos similares o análogos implican afinidades entre los autores. Las novelas La dama del mar de Wells y Sangre patricia de Díaz Rodríguez, extrañamente publicadas en el mismo año (1902), los cuentos “La boina roja” de Sinán, “Sirena” de Piniella y “Lo que trajo la red” de quien esto escribe, son variaciones de “La sirenita”, cuento feérico de Andersen, que proviene de la sirena nadadora y amorosa de Luciano de Samosata, distinta de la sirena voladora y justiciera de Homero, cercana a la ménade y a la keré.

En la primera novela del modernismo, Por donde se sube al cielo (1882) de Manuel Gutiérrez Nájera, la protagonista quiere suicidarse y oye voces misteriosas que aluden a su vanidad y le advierten que los gusanos con sus tentáculos velludos se agarrarán a sus rizos perfumados. Un genio del mar la invita a su palacio submarino, con paredes de conchas y columnas de perlas. La invita a usar como embarcación una ballena y a pasear en una concha tirada por hipocampos. El jardín submarino de Gutiérrez Nájera se origina en el cuento feérico “La sirenita” de Andersen: en el palacio del rey del mar hay siete jardines de princesas y en el de la más joven hay una estatua de un príncipe apuesto que después ella conoce y pierde.

En 1888, John Barlas publica sus Sonetos de amor, y en uno de ellos podemos leer: In a dim cave below the musical sea / To meet my lady loving and alone! / To feel her voice / within my spirit (“¡En una cueva oscura bajo el mar musical / Encontrar a mi dama amante y solitaria! / Sentir su voz / dentro de mi espíritu…”). El soneto anticipa la canción “El jardín del pulpo” de los Beatles, acerca de un lugar imaginario con motivos de regocijo para ambos sexos.

“El diablo en el campanario”, cuento de Poe en que un joven pícaro hace sonar las trece horas (que no son la una sino una hora más añadida a las doce) se basa en un pequeño argumento incluido en El peregrino en su patria de Lope de Vega. “La semana de los tres domingos” es otro cuento en que Poe juega con el tiempo y anticipa el verso de un soneto de Jacinto Benavente: “¡Ocho días de amor! ¿Y no es bastante?”, verso que da origen a la canción “Ocho días a la semana” de los Beatles: Eight days a week / are not enough to show I care (“Ocho días a la semana / no son suficientes para mostrar que te aprecio”). El argumento de Lope de Vega ha sido tomado del autor Guillermo Totani: un pintor realza la hermosura de la Virgen y la contrasta con la fealdad y rudeza del diablo. Este último se sube a la torre de la iglesia más grande y toca la campana con furia para avisarle al pueblo que el pintor ha huido con la mujer de un soldado. Los dos son apresados. El marido corta los amados cabellos de la mujer, al suponer que va a perderla, y los guarda en su casa. La Virgen se aparece en la prisión, abre las puertas y les dice al pintor y a la mujer que se vayan a sus casas. La mujer asegura que todo ha sido un sueño y su marido busca en vano los cabellos que le ha cortado. Y en efecto: no están, y el pueblo encuentra en su casa al pintor pintando a una Virgen. Todo ha sido un sueño.

En este argumento, la fealdad y la maldad del diablo van juntas. Observa Fabre en El espejo de la bruja que “la abundancia de hechos diabólicos, la semántica esparcida de lo maléfico, de lo abominable, uniendo el horror estético a la repulsión ética, la fealdad física y la fealdad moral, hacen del monstruo una representación privilegiada del mal”. Recordemos que el maltrato al niño feo (maltrato que proviene de la República de Platón) es criticado por Walter Scott en El enano negro. Es muy distinto el monstruo maligno descrito por Lovecraft en “El modelo de Pickman”: “Era una blasfemia colosal y sin nombre, con ojos rojos y fulgurantes, que tenía en sus garras huesudas una cosa que había sido un hombre, y le mordisqueaba la cabeza como un niño mordisquea una barra de dulce”. Este fragmento es el origen (inconsciente) del final de mi cuento “El devorador de planetas”: “¿Qué es la Tierra sino un bombón susceptible de ser devorado por nuestro amigo?…”

La actualización de los temas modernistas es apreciable en el grupo psiquedélico The Moody Blues, sobre todo en el disco En busca de la cuerda perdida (cuerda que aparece en un poema de Lilith Lorraine). En este disco están los temas de la novela de Gutiérrez Nájera y de los poemas de Las montañas del oro (1897) de Lugones: la imagen iniciática de muerte y nacimiento, el doctor Livingstone en la jungla, la sinestesia o mezcla de los sentidos. Este último fenómeno, ver con los oídos y oír con los ojos, locura que se atribuye al príncipe enfermo en “Historia de la princesa Badura” de Las mil y una noches, es sólo una sinestesia que implica el primer indicio de curación, pues acaba de unirse con la princesa.

El personaje del fragmento “Azathoth” de Lovecraft, enloquecido por paredes, muros y lecturas excesivas, va entre aromas y colores en busca de los sueños perdidos: “…las mareas de las esferas remotas lo llevaron dulcemente a unirse con los sueños que anhelaba: los sueños que los hombres han perdido. Y en el curso de muchos ciclos lo dejaron tiernamente dormido en una costa verde del alba; una costa verde aromada con flores de loto y estrellada con camelias rojas…” Los lotos en este caso no son alimento horrible para lotófagos sino flores de Indra (dios del aire y las estaciones), flores que aparecen, en el mito, unidas a las camelias. El romántico Moore en su poema Lalla Rookh incluye un fragmento de Sir W. Jones: “la Camelia (llamada por Linneo Ipomea) es la más bella de su orden, tanto en el color como en la forma de sus hojas y flores; sus elegantes flores son de un rojo rosado celestial, el matiz apropiado del Amor, y le han dado con justicia el nombre de Camelia, o trepadora del Amor.” Añade Moore que la Camelia puede también significar una planta mitológica, “gracias a la cual todos los deseos son concedidos a los que habitan el cielo de Indra, y si alguna vez una flor ha sido digna del Paraíso, es nuestra encantadora Ipomea.”

“Lovecraft discovers Azathoth”, por BlueWolfArtista.

“La ciudad de las olas”, el cuento de Mallinus, se ha inspirado de seguro en el título del italiano di Lampedusa: “El profesor y la sirena”. La poesía en prosa de Mallinus nos recuerda a Darío: la mujer es “voluptuosa y tierna, maravillosa de sonriente impudor”. Esto nos lleva al final del poema en prosa de Darío, “Idilio marino”: “…bajo el inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su supremo impudor”. Como en la mente de Darío, en la de Mallinus conviven la belleza y el horror.

Veamos otros cuentos del autor belga. En “Morir un poco”, un hombre se ve poseído por una enfermedad desconocida que lo lleva, en rápido deterioro, hacia la muerte. Él guarda una rara conciencia de su cuerpo, “una clara percepción de sus órganos, de sus miembros desaparecidos.” Su mujer encuentra al final los restos imprecisos de su cuerpo y “la imagen de un cráneo con órbitas huecas, con huesos roídos, con el cerebro en jirones”. Sin embargo, la muerte que el hombre encuentra no es total, y es que él no está en verdad muerto: sólo un poco.

En “Última carta a mi abogado”, un celoso patológico, a punto de suicidarse, narra su historia. Él ha creído en las infidelidades de su mujer pero se ha visto poseído por la amnesia, y no recuerda que él ha sido el amante supuesto, y ha realizado un simulacro de adulterio, antes de matar a su mujer: es un mitómano que lleva una doble vida y resulta peligroso al final, en “la decoración sórdida de un cuarto de hotel”. Sus últimas palabras tienen la esperanza de quien espera unirse con su amada en el Más Allá, como Heathcliff con Cathy en Cumbres borrascosas.

En “Photos Graphein”, otro cuento de Mallinus, un comprador morboso se ve atraído por las fotos de un vendedor de pornografía y acaba siendo víctima del comerciante, dueño de un lugar secreto lleno de víctimas, a las que saca fotos que luego vende.

En “El más insoportable de los posibles”, cuento o poema en prosa, “el infierno es una casa sin ventanas y sin muros en una calle que no existe, en el corazón de una ciudad hipotética de la que hablan las leyendas”. Y el único paraíso que el narrador puede concebir es el aniquilamiento. El tiempo no existe y el espacio ha ganado las dimensiones de lo infinito. Viven todavía los otros seres que el narrador ha sido, que no ha podido o no ha querido ser, y algunos de ellos son monstruos. Su recuerdo se rompe como un espejo en mil reflejos de imágenes absurdas y fragmentarias.

En “El viaje de bodas”, un joven corrector de pruebas, feo y descuidado, consigue por fin unirse a una joven, Amaryllis, dócil, de miradas inocentes, que puede ser el trofeo enarbolado como un desafío a quienes lo han humillado. Él le dice a su madre que va a irse con Amaryllis, en viaje de bodas, y la madre lo persigue, celosa y angustiada, en taxi, hasta llegar a una casa en que lo ve desaparecer, fantasmagóricamente, con su mujer. Según el chofer, una leyenda dice que la casa habitada por una mujer y su joven hija, fue el espacio de la desaparición de la hija y de su prometido. La policía supuso que la madre había matado a los dos, mas nunca pudo hallar los cadáveres. La vieja enloqueció y murió en un manicomio. La casa, vacía, nunca fue rentada. En una égloga de Virgilio aparece Amarilis, saboreando ciruelas doradas, y en un poema de Pacheco reaparece, borracha y sifilítica, en plena involución.

En “El dios de los niños ahogados” destacan el terror y la piedad de Mallinus. En la noche de San Juan, los habitantes de un pueblo situado en un valle, cantan y danzan. Los jóvenes y las jóvenes (llamados “niños” por el autor) han corrido, tomados de las manos, riendo, hacia la cresta de una montaña, para ver el sol. Han pasado un torrente y un molino en lo alto, pero un puente se ha roto y los cuerpos se han estrellado contra las rocas, han rodado de cascada en cascada hasta el abismo. El ruido del agua ha cubierto sus gritos y ellos han muerto desgarrados, rotos, y nunca se han hallado los cadáveres. Pero cada noche de San Juan los niños ahogados corren en el valle, tocan las puertas de las casas en que han vivido y pegan sus caras exangües en las ventanas. Sus gritos son de odio y cólera. Ruedan por la tierra y la baba espumea alrededor de sus bocas. Maldicen el cielo y el país en que no han podido vivir. Muerden las piedras y se llenan la boca de la tierra que no los ha recogido. ¡Y pobre del que se cruce en sus caminos!

Un Cristo ofrecido a esos niños es encontrado una mañana, completamente destruido.

Pero un escultor elabora un nuevo Cristo, con mirada tranquila y feliz (como la del escultor) que vela sobre el valle, y hace que las almas en pena descansen en paz.

El tema de la feria unida al horror, perceptible en los cuentos de Pacheco, es el de “Madeleine era mi sueño” de Mallinus. En este cuento, el narrador ama a la bella Madeleine y quiere ocupar el lugar de un maniquí idéntico a él que la desea a ella con la mirada y la acaricia con manos de estrangulador. Pero… ¿es realmente ella?… No: es una muñeca de cera que la sustituye. La verdadera Madeleine muere y la falsa da el espectáculo en la feria, junto con el narrador, que hace el papel de un autómata muy humano y feo. El narrador supone que ella se volverá “de carne y sangre”, fragmento que nos recuerda de nuevo la Antología del modernismo de Pacheco, en que se alude a los poemas de Rebolledo como joyas, “pero de carne y sangre”. El narrador compara el cuerpo de Madeleine con “joyas inaccesibles”. Las afinidades con Pacheco y Rebolledo son innegables.

El libro de Mallinus, comprado pero no leído en la época de la escritura de “Rudisbroeck o los autómatas”, resulta premonitorio y revelador. Aparecen además neones que describen curvas insensatas y una araña fosforescente, elementos parecidos a los de mi novela Neon City Blues (2000) escrita antes de conocer el libro de Mallinus.

En “El espejo de las alucinaciones”, Mallinus maneja la poesía en prosa para señalar la relación entre las alucinaciones y la locura, basándose en el cuento de horror de Rodenbach: “El amigo de los espejos”. En éste, un enfermo, enamorado de las mujeres que alucina en los espejos y deseando abordarlas, se rompe la cabeza contra un espejo, en el manicomio. Dice Rodenbach al principio de su cuento: “La locura, a veces, no es más que el paroxismo de una sensación que al principio tiene una apariencia puramente artística y sutil”. En el cuento de Mallinus, el espejo, negro, es como imagen refrescante en que se sumerge el narrador, encontrando alivio a un calor sofocante, pero también le muestra otro yo aterrorizado y, después de imágenes paradisíacas de la infancia, ve imágenes infernales de una multitud que lo ataca y desea matarlo. Enloquecido de miedo, mata a la vieja que lo atiende y sabe que su destino está estrechamente unido al asilo de locos.

Un vidrio que deforma a los humanos nos sorprende en “La ventana de los monstruos” de Jean Ray, cuento extraño en que el narrador, ofuscado por un vidrio que provoca monstruos (deformaciones ópticas surgidas de un defecto en el cristal) enloquece y acaba escribiendo un libro sobre la necesidad de destruir el vidrio en general, un libro que él considera una obra maestra.

Muy parecido al cuento de Ray es el de Edogawa Rampo (discípulo japonés de Edgar Allan Poe), un cuento titulado “El infierno de los espejos”, sobre un aficionado a los espejos, que tiene influencia de “La esfinge” de Poe (cuento influido por M. G. Lewis, acerca de una mosca que parece ser gigante). En el cuento de Rampo, el coleccionista y fabricante de espejos Tanuma, después de hacer construir un globo de cristal en armonía con un espejo, ve su propio reflejo y enloquece, no sabemos si por su propia imagen o por el miedo a quedar encerrado. Debido a su claustrofobia, envolvente, angustiosa, este cuento es comparable con “La silla humana”, del mismo autor, sobre un perverso oculto en un sillón de cuero muy cómodo. En “El infierno de los espejos”, Tanuma trata de sacarles provecho sensorial y sensual a sus espejos, y va a dar al infierno de la locura, recordándonos “El lente de diamante” de O’Brien: el microscopista Linley, ambicioso y loco, mata a un judío con tal de conseguir el lente perfecto, y descubre a una mujer en el edén microscópico de una gota de agua. Ésta se evapora (haciéndonos pensar en las Híadas griegas) y ante la pérdida de la ninfa él tiene un segundo acceso de locura y se ve convertido en “ninfolepto”.

Hoffmann es el primero que señala una relación entre los vidrios y la locura, aunque el cuento feérico de Andersen “La reina de las nieves” es importante y señala la relación entre los vidrios y el mal, el caos, el absurdo. En “El hombre de la arena” de Hoffmann, el joven estudiante Nathanael usa unos anteojos que lo acercan a la locura y un catalejo que le permite contemplar a una mujer que es en realidad una muñeca de cera con ojos de esmalte. Nathanael toma un anteojo para ver el paisaje, confunde a su novia con la muñeca y trata de arrojarla al abismo, y al divisar al responsable de todos los lentes y ojos del cuento, un tal Coppola (mercader, antes abogado, asesino del padre de Nathanael) se suicida. En “El hombre de la arena” destaca el cuento cruel narrado por la madre de Nathanael, en que extraños selenitas necesitan, para subsistir, cierta sustancia que sólo se encuentra en los ojos de los niños terrestres, y en consecuencia un hombre-pájaro selenita rapta a los niños para alimentar con ojos a sus polluelos lunares. Les echa arena a los ojos de los niños para sacárselos. Según el crítico freudiano Louis Vax, el niño, horrorizado ante el hombre de la arena, es comparable con el hombre primitivo, que al codiciar a la mujer del macho viejo (símbolo del padre) teme que le saquen los ojos (emblema de castración). De ahí el complejo de Edipo que da origen al cuento. Yo creo que el cuento narrado por la madre es una premonición de la llegada del perverso abogado Coppelius, que trata de quemar los ojos de Nathanael con carbones encendidos, durante un experimento alquímico. Las alas del hombre de la arena, unidas a la imagen de la madre, forman una especie de esfinge, como la del recuerdo infantil de Leonardo de Vinci analizado por Freud.

El último cuento del libro de Mallinus se titula “En una infinitud de mundos”. Aunque es de horror, tiene algo de ciencia-ficción: el protagonista atropella a un hombre idéntico a él. Mas éste no muere, y dice que hay “una infinitud de nosotros en una infinitud de mundos. Viven de los fragmentos de sus vidas y de fragmentos de las vidas de nosotros dos. Todo mezclado, desordenado, subdividiéndose, renovándose sin cesar. Una infinitud de vidas paralelas, de vidas que no se encontrarán jamás.” El hombre atropellado es idéntico, aun en ciertas cicatrices, al protagonista, pero es soltero y al saber que el otro es casado, lo ve como un enemigo y trata de matarlo con un cortaplumas. No lo logra. El anillo que la mujer le ha dado al protagonista brilla al final con luz cegadora.

Continuará…

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I(2007) y Ensayos (2009).

 

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