LO QUE UN DÍA FUE, NO SERÁ

Andrea Ortiz Morales

MÉXICO

 

Fue mi canto para ti siempre completo,

sin ti no pude volar en otro cielo,

pero me dejaste solo, confundido y olvidado

y otra mano me ofreció el fruto anhelado.

 

Una mañana estaba haciéndole el desayuno cuando salió de su pieza después de las 9, rascándose la axila. Al voltearle a ver para desearle “buenos días”, observé algo raro en su antebrazo.

“¿Y ora eso, hijo?”

“¿Qué, Magú?”, me dijo volteándose a ver.

Le dije que nada, que no me hiciera caso; no quise hacerlo bolas. No le quise hablar de eso ni después. Todavía pienso que, si hubiéramos hablado, si dejara yo de creer que no está bien preguntar por… pos ora sí que por lo que siente uno… por no incomodar… no sé, pienso que no se habría ido. Había estado tan agüitado, todo el día encerrado desde lo del Guille, que ni salía ni a la sala. Esa mañana lo vi tan tranquilo que me dio rete harto gusto; aunque triste, sí, esa cara como de desdichado es difícil esconderla, te dura un buen rato (si lo sabré yo). Anduvo muy platicador. Hasta me puse a buscar el mentado cuscos o coscos ese que tanto le gusta para la comida. A mí se me hace bien sin chiste, aunque le pongas quesque los arándanos; yo nos hubiera hecho un mole de olla nomás por el gusto de verlo más animado. Había empezado a dejar la carne y pos una respeta, pero estar comiendo nomás hierbas, semillas y legumbres no creo que dé más energía, que era lo que necesitaba. Tal vez eso tuvo que ver.

Yo creo que las plumas le empezaron a salir aquella vez. La cosa esa que le vi han de haber sido los brotecitos y por eso se rascaba la axila. Una no quiere creer en esas cosas, pero sé lo que vi. Luego las toqué cuando ya estaban más grandecitas, nomás pa’ quitarme la curiosidad: un día estábamos en la cocina y le toqué la espalda pa’ pedirle que me pasara la salsa y las sentí. No eran imaginaciones mías, estaba segura; ta’ bien que estoy vieja, ¿pero cómo iba andar yo inventándome eso? Le juro por la Virgen de San Juan que las sentí.

Pasaban los días y le iban saliendo más, también se ponía más contento. Como si volviera a ser el de antes. Quién sabe qué pensara, si de verdad se daba cuenta que las tenía. Le daban comezón, porque veía cómo se rascaba a cada rato, hasta me daba ansias nomás de verlo, capaz que hasta ya tenía piojillos y él echándolos en mi cocina.

No me pregunte eso. Sé lo que dice la gente.

“De tu alpiste me cansé”.

***

No, pos yo nomás voy los jueves a casa de doña Magdalena. Sí, sigo yendo. La verdad es que a su jardín ni le hace falta que le haga algo, lo tiene bonito la doña; yo creo que por ayudarme me pide que lo cuide. Bueno, ahorita sí desde que no está su nieto como que hasta las plantas andan medio caidas.

¿Que si le vi algo raro? No me vaya yo a meter en una broncota, muchacho.

Él antes sí salía a saludarme, a veces a hasta se quedaba platicando, que quería poner un huerto, plantar unos arbolitos y no sé qué. Yo le decía que sí, que nomás me consiguiera unos metros de malla. Me dijo que iba ir pronto a la ciudad y que me conseguía lo que necesitara. Siempre muy educado. Esa vez sí se fue a la ciudad, pero no me trajo nada pa’ su huerto; volvió y luego ya no salió. Yo llegaba y saludaba a los dos, él ya ni se asomaba. Dicen que tenía un novio allá, uno no dice nada vea, cada quien; también contó una muchacha, la hija de la Tatis, la de la tienda, que era, o es, pues, amiga de él, que el novio lo dejó. Yo creo que por eso no salió, uno sabe de esas cosas, hasta las plantas lo resienten, ¿no le digo que el jardín de la doña anda como apagado?

Pero usted quiere saber si le vi algo raro. Yo no había querido decir nada por respeto de la doña, pero sí, tenía algo raro en la espalda; al mero principio eran como unos bultos que se le marcaban en las camisas. No es que ande uno de fijado. Cada vez iban creciendo más y tomando más la forma… pos sí, como de alas. No, no eran tan grandes, yo creo que ya luego no habrían cabido en su ropa. Nombre, pos de qué. Lo vamos a extrañar al muchacho. Le voy a hacer su huerto por si es cierto lo que dicen, ya me andan consiguiendo unos metros de malla.

“Fui gorrión que se quedó preso en tu jaula”.

***

Mire ya sé a lo que viene, ahórrese las presentaciones. Todo mundo habla de usted y del nieto de doña Magdalena Fuentes. Ya sabía yo que vendría. Le voy a decir lo que vi.

Andaba yo arreando a las cabras por ai en el caminito que va a la antigua mina de San Ricardo, sí, ese que va’llá, cuando vi que de entre los huizaches salió el muchacho. Se me quedó viendo un rato a los ojos, luego me sonrió; yo sólo le contesté tocándome el sombrero. Me dio la espalda aún sonriendo y empezó a correr. Lo seguí con la mirada: conforme avanzaba se comenzó a quitar una sudadera que traía, se dirigió directito a aquel barranco y se lanzó.

Por un momento me quedé nomás viendo el inicio del barranco, luego ya me acerqué. Al poco tiempo vi cómo subía. Voló hasta perderse por esos cerros. Me sorprendió, pero no sentí miedo.

Nomás por eso que vi sé que, así como se fue tras los cerros, puede cruzarlos de vuelta.

“Ya no vuelvas a buscarme”.

****

Andrea Ortiz Morales (Guanajuato, México, 1996).

Lectora. Feminista, restauradora y estudiante de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

Formo parte del comité editorial de la revista Página Salmón donde leo y cuido textos.

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