MARES TENEBROSOS

una antología de cuentos de terror en el mar

 

El Conde de Betancourt

 

 

Mucho antes de que el terror cósmico existiese, de que nuestro miedo primitivo a la inmensidad fuese representado por el pánico hacia la lobreguez espacial, el ser humano rehuía a cualquier hecho o circunstancia que tuviese la más mínima relación con las dunas turquesas. Y es que es precisamente eso, nuestros temores ancestrales, lo que ocasiona que un miedo a lo marítimo no suene tan descabellado, dado que la teoría literaria nos dice que, para que una obra de terror funcione y se haga atemporal, es decir, que cualquier persona, de cualquier época, la pueda disfrutar sin inconvenientes, tiene que basarse en eso: en nuestras ansiedades más básicas. Y pesar de que hayan transcurrido siglos y siglos de historia, y aunque el escenario social cambie, el miedo a la muerte, a la oscuridad, a la inmensidad, al mundo de los sueños, al doble y la deformación de la naturaleza siempre estarán con nosotros.

Por tal motivo, no me sorprende que Mares tenebrosos, una antología de cuentos de terror en el mar, subliminalmente, sea considerada dentro de Tercera Fundación (y de otros sitios de concurrencia literaria del bajo mundo) como la mejor antología que Valdemar ha sacado hasta la fecha. El trabajo que José María Nebreda realizó como compilador y traductor es sin duda legendario, porque pudo reunir en un único tomo una miríada de obras de autores ciertamente no muy conocidos y otros, como cabría esperar, bastante sonados; eso sí, todos poseyendo el factor común de la temática marítima. Por lo tanto, si desean saber de manera breve de qué va este estupendo libro, les aconsejo a que se acurruquen en su asiento y disfruten de la reseña que hoy he preparado para ustedes.

El ejemplar que me honro en presentarle, para lo ocasión, es el Gótica número 53; mas también he de mencionar que este mismo título puede ser encontrado en la colección del Club de Diógenes, bajo el número serial 297. Mi tomo corresponde a la primera edición y, por ende, a la primera impresión (ya que en Todocolección me enteré que existía una segunda). Con un total de 515 páginas y con una ilustración de cubierta sin título, pero que lleva el copyright de N.C Wyeth para su versión en Gótica, Mares tenebrosos hace gala de un peso y un grosor más que aceptables, porque, aunque grande, no impide que lo transportemos de aquí para allá en caso de ser necesario.

La estructura y orden de las narraciones es sin duda una maravilla, porque al igual que el tomo de Sanguinarius, antes de cada relato se nos ofrece una breve sinopsis para poder asimilar mejor la trama, un pequeño arte conceptual antes de la primera letra (mostrándonos el trazo de un marinero), un glosario de términos navales al final y, antes de eso, algunos versos que van de la mano de Shakespeare, Tolkien, Hodgson (de quien hablaré luego), Neruda, Lovecraft, Salvador Díaz Mirón, entre otros.

Con respecto a los cuentos, que juegan el rol de plato principal, existe una variedad apetecible (515 páginas respaldan de lleno este suceso), por lo que, como ya es costumbre, hablaré simplemente de las entregas que merecen la pena, las que más me gustaron y, por obviedad, las que recomiendo.

 

“La noche del océano”, texto que da apertura a la sección, es sin duda uno de mis favoritos, puesto que al ser una colaboración entre Robert Barlow y Lovecraft su valor se incrementa a niveles colosales. De Barlow no dije gran cosa en el vídeo que hice sobre la Narrativa Completa del maestro, mas en esta ocasión aprovecho para declarar lo siguiente: era uno de los más grandes admiradores que Lovecraft tuvo en vida; su carrera literaria no despegó como lamentablemente yo y muchos otros hubiésemos querido y que tuvo algunas cuantas diferencias con Derleth y otros más que se dedicaron a darle seguimiento a los Mitos de Cthulhu luego de la muerte del genio de Providence. Este acontecimiento provocó que Barlow se distanciara de la literatura y viniera a vivir a México, donde murió en el D.F. tras un par de años. El texto en cuestión, para quienes no estén acostumbrados al estilo onírico que usaba Lovecraft, va propiamente de eso; sin embargo, durante el devenir de los párrafos (y eso que se trata de una traducción), uno puede darse cuenta que las atmósferas creadas, la opresión y angustia del protagonista poseen otra esencia distinta a lo que el padre del terror moderno nos dejó acostumbrados. Algunos escenarios evocan bahías siniestras y de tonos grises, cuya depresión y sentimiento, al llegar al desenlace, me hicieron sentir que le faltó espacio. De cualquier modo, “La noche del océano” es un cuento maravilloso que no está demás el darle una oportunidad.

 

“Demonios del mar”, de William Hope Hodgson, es una obra aceptable por donde se le mire. Por desgracia, al igual que el cuento anterior, deja esa sensación de “inacabado” al momento de terminarse. La trama hace referencia a un barco fantasma que los protagonistas confunden con El holandés errante y que, tras una leve inspección, se percatan que se encuentra bajo dominio de unas bestias mitad foca-mitad hombre-mitad pulpo y ya no recuerdo si mitad cerdo (siendo éste uno de los temores más habituales de este maestro del terror marítimo) que atacan el navío. La cosa no acaba ahí, porque seguidamente el libro nos arroja otro cuento de Hodgson, esta vez titulado “Una voz en la noche” que, aunque más corto que el anterior, la estructura se haya mucho mejor desarrollada. Aquí se nos narra una situación un tanto peculiar donde una entidad desconocida, aprovechando la bruma de las aguas, se acerca a la posición de nuestros protagonistas con el pretexto de solicitar provisiones. Justo ahí, el siniestro personaje aprovecha para detallar su melancólica desgracia en la que, luego de un naufragio, él y su prometida encuentran un barco abandonado a las orillas de una isla, mismo sitio que está contaminado con una espora mortal que, como una simbiosis, poco a poco va alimentándose de los cuerpos de esta pareja condenada hasta el punto de dotarles de una apariencia repugnante que se asemeja a una esponjosidad fungosa. Eso sí, el nudo de la trama nunca hubiese pasado si ese par de tórtolos jamás hubiesen osado en comer tan mortal parásito.

 

“La isla de hongos” de Philip M. Fisher es considerado por muchos como la continuación del cuento anterior, dado que Fisher generalmente es reconocido como uno de los herederos más legítimos de Hodgson (más que ni Lovecraft), dado que las fallas que los textos de su maestro pueden tener son corregidos aquí. Y es que tras el típico naufragio que va a estar presente en todos los cuentos, esta vez no es necesario que los protagonistas ingieran las mortales setas, ya que el más mínimo roce les derruirá la piel y sólo el agua salada los salvará. Como todo hongo, ninguna especie que no forme parte de este enigmático reino de la naturaleza estará a salvo, ya que tanto plantas como montañas y mariposas sufrirán de sus malévolas consecuencias, todo bajo los rayos míticos de la luz de la Luna.

Saltándome los relatos de Howard, que aquí no me parecieron tan memorables pese a que me encanta el autor, pasamos hasta “El misterio de Vislatek” de Óscar Sacristán López, uno de los muchos ilustradores recurrentes que suelen estar en los tomos de Gótica. Y si bien su trabajo gráfico me había dejado siempre buenas impresiones, su prosa no es para nada despreciable tampoco, ya que tenemos ante nosotros una obra de terror marítimo concebida en la lengua de Cervantes (junto a “Superstición” de Julio F. Guillén), donde el uso meramente del suspenso es más que suficiente para esta ocasión y hace que no echemos de menos a los fantasmas y demonios. El ritmo no decae en lo más mínimo; aunque con alguno que otro altibajo, siempre me mantuve en ascuas hasta el final.

A continuación, es para mí un grato placer presentarles la novela corta por la que este libro se ha ganado la fama que merece; esa narración que, pese a su longitud, dan ganas de leerla una y otra vez. Estoy hablando, por supuesto, de “Al otro lado de la montaña” de Michel Bernanos, un texto francés que parece mezclar y tomar lo mejor de la “Narración de Arthur Gordon Pym”, de los cuentos de Hodgson y de Ashton Smith, porque es tan inmersivo, tan atrapante, tan genial que, Dios, podría estar toda esta reseña adjudicándole calificativos y jamás terminar. Y es que de “Arthur Gordon Pym” toma el elemento del novato tonto que, por razones ajenas a él, termina enrolado en un barco sin siquiera tener conocimientos navales, además del motín que acontece en medio de la cubierta (mucho más sangriento y agresivo) y al marinero viejo y sabio que protege al muchacho. De Hodgson toma esa ambientación opresiva, casi claustrofóbica al mar que ya vimos en “Una voz en la noche”. Y de Ashton Smith toma esos viajes dimensionales que se suscitan dentro del mismo planeta Tierra, con elementos viscerales y grotescos y con criaturas de fantasía salidas de la mente más enferma, pues tenemos montañas que sangran, estatuas que sangran, agua que sangra, un sol corrompido que sangra, unos monstruos parecidos a calamares que, adivinen, también sangran, una patología similar a la de “La isla de los hongos” y un final que, aunque trágico, es sumamente correcto porque “es coherente”, algo muy difícil de encontrar y apreciar dentro de los cuentos de terror y fantasía en términos generales. De hecho, en varios foros de discusión, entre los que me sumé por supuesto, aún queda la interrogante si la isla era un dios o un ser de naturaleza superior; y esos pequeños detalles, ese beneficio de la duda que todo bueno raro de la literatura uruguaya sólo sabía manejar con maestría, es lo que hace a “Al otro lado de la montaña” no únicamente una de las obras incluidas en Mares tenebrosos, sino “la obra” de Mares tenebrosos.

Y es que la única pega de este libro fue haber incluido a medias páginas su mejor exponente porque, con cada nueva entrega, mis expectativas bajaron de sobremanera y ya ningún otro cuento me pudo satisfacerme igual. Es más, ni “El barco que vio un fantasma” de Frank Norris (cuyo cuento en Sanguinarius me había encantado) y ni “¡Hombre al agua!” de Vicente Blasco Ibáñez, otro cuento nativo de la lengua castellana, lograron atraparme hasta que otros alumnos de Hodgson (quien hace un leve cameo, por supuesto) llamados John B. Ford y Simon Clark me dieron unas palmaditas en la espalada con su relato “El precio de la muerte”, en el que una tripulación se topa con un navío, el cual es el mismísimo signo de la muerte y que es tripulado por unas extrañas criaturas que despedían una fragancia pestilente que recordaba a los cerdos y, bueno, cabe destacar que la superficie estaba recubierta por una película de suciedad que también tenía el mismo aroma y consistencia (más referencia a Hodgson no puede hacer). Y lo único que me hizo apartar el cuento de Bernanos de mi cabeza fue un extraño dios que vivía en las profundidades del océano al más puro estilo de los ecosistemas de Verne y el final igualmente épico.

Por último, “El barco fantasma” de Henry Wadsworth Longfellow, por muy genérico que pueda sonar el título, es un cierre más que aceptable, aunque sigo pensando que usurpó el trono de Bernanos. Aquí se nos plantea una relación de ensueño en la que vivos y muertos conviven por igual, en la que un barco fantasma llega al pueblo cada cierto tiempo y se encarga de transportar a los espectros una vez culminado su tiempo (y no, nada que ver con el transfondo verdadero de la celebración de Día de Muertos que ya expliqué en el vídeo de Macario). Una poesía en prosa bastante entrañable, ya que, como todo verso, el sentimiento de anhelo que deja al final es magnífico.

En definitiva, Mares tenebrosos, una antología de cuentos de terror en el mar es la mejor recopilación que me he leído de Valdemar hasta la fecha. Esto es pura especulación mía, pero pareciera que Valdemar quiso repetir el fenómeno nuevamente, pues Aguas profundas (Gótica 110) es, otra vez, una recopilación hecha por Nebreda y, como reza el subtítulo, nuevamente trata de relatos de terror en el mar. Cuando tenga oportunidad de leerlo, daré mi veredicto, pero por lo pronto este libro es una auténtica joya.

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El Conde de Betancourt

En 2015 ganó un concurso de poesía religiosa que organizó una parroquia cercana a su hogar. En 2017 su cuento «En compañía de la muerte» apareció en el número 7 de la revista Vuelo de Cuervos y «Nocturna demacración» hizo lo propio el blog de la revista Fantastique para su especial de vampiros. «Rhythmus Mortis» aparecerá en la antología splatterpunk Gritos Suciosde Ediciones Vernacci. Sus reseñas las sube a YouTube.

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