NACIDO DE ESTRELLAS MUERTAS

breve historia natural del monstruo

II

 

Aglaia Berlutti

Primera parte

 

El miedo en todas partes: el monstruo como tótem

Según el psiquiatra Sigmund Freud, conservaremos los terrores que nos atormentan en la infancia durante toda nuestra vida. Es justo en ese miedo originario en el que se basan la mayoría de las obras del escritor Stephen King y, sobre todo, las que se relacionan con monstruos. Más de una vez ha confesado que analiza el terror desde una mirada casi ingenua: sus monstruos se relacionan directamente con un tipo de miedo primitivo. El escritor, por supuesto, sabe cómo elaborar escenarios creíbles donde el miedo —el infantil, totémico, abrumador— se manifiesta a través de símbolos muy cercanos al miedo absoluto.

Lo hace, además, esforzándose en que los escenarios en que el horror habita sean plácidas visiones sobre lo rural y lo cotidiano. Por supuesto, King pertenece a una generación de norteamericanos que sobrevivieron a los estragos de la postguerra y a la dureza de la década de los cincuenta. El terror de King —y sus monstruos— tiene algo de desenfado y contracultura que refleja todo un nuevo clima de incredulidad que despojó al monstruo tradicional de sus principales atributos. El escritor refundó el concepto mismo de lo monstruoso y lo dotó de un aire cotidiano que brindó un rostro más reconocible a esa notoria concepción nihilista del bien y del mal, tan en boga en la segunda mitad del siglo XX. Con toda seguridad por ese motivo, el mítico pueblo de Derry creado por King entra en la tradición de ciudades ficticias que escritores de género han creado para dar vida a sus horrores más profundos. De la misma forma que Arkham de HP Lovecraft, Derry parece ser la materialización de esa descolorida visión de lo cotidiano que hace más poderoso el horror y, sobre todo, más visible su capacidad para destrozar lo que consideramos parte de la realidad. Una frontera específica entre la cordura y el vacío espeluznante que se abre más allá.

 

King suele decir que los adultos no entienden el infierno que puede resultar la imaginación infantil, que dota de simbología primitiva a todo lo que le rodea. Hay algo tenebroso en el mero anuncio de la maldad detrás de una imagen que parece no encajar en medio de la realidad que lo rodea, y es lo que King explora en cada una de sus novelas, que tan bien reflejan el miedo a lo monstruoso en nuestra época. Como si el simple hecho de asumir su no existencia —la imposibilidad absoluta— fuera el origen real del temor que anuncia.

El miedo en todas sus formas: la oscuridad interior

Cuando era niño, Wes Craven sufrió pesadillas con frecuencia. Tan vívidas y realistas que terminó en el diván de un terapeuta que le permitió superar el miedo a la noche y, sobre todo, a dormir. Veinte años después, Craven utilizaría la experiencia para crear una de las películas más terroríficas de la historia del cine y el que quizás es uno de los monstruos cinematográficos más recordados: Freddy Krueger, una reinterpretación de las pesadillas de su infancia pero reconvertidas en un personaje despiadado y tenaz.

Todo en el personaje de Freddy Krueger tiene un propósito simbólico definido y elaborado para sostener esa percepción del sueño como puerta hacia una peligrosa concepción de lo sobrenatural. Desde su extraña vestimenta a rayas hasta la garra articulada de cuchillas afiladas, el monstruo de Craven está creado para encarnar el miedo visceral. En una extraña mezcla alegórica, el director decidió construir con cada detalle del que sería su monstruo predilecto una comprensión durísima sobre la naturaleza humana y sus debilidades.

¿Qué hace tan terrorífico a Freddy Krueger? No se trata sólo del elemento sobrenatural, sino ese recorrido por la psique y la reinvención del mito del sueño como vehículo a lo desconocido. Hay un horror tangencial e invisible en ese recorrido por los lugares más recónditos de la mente humana. ¿A dónde huyes cuando el asesino conoce cada uno de los lugares en los cuales puedes esconderte? ¿Cómo puedes enfrentarte al terror cuando es un reflejo de lo que eres? Hay mucho de la filosofía moderna sobre el último reducto del mal en el personaje. Se trata de un juego de espejos concebido con enorme inteligencia. Uno que superó incluso al guion esquemático y que sobrevivió a las secuelas decepcionantes que siguieron a la primera aparición de Freddy Krueger en el cine. Y quizás eso sea una prueba de la infalible intuición de Craven para comprender la verdadera raíz del miedo.

Un monstruo moderno: la ausencia del espíritu redentor

Dante escribió una vez que “todo espíritu siente una impenitente predilección por los abismos”. Algo en lo que también insistió Milton en su Paraíso perdido (1667), en el que miró la maldad “como un tipo de belleza insoportable”. Sea cual sea el motivo, la atracción y fascinación que ejerce el mal sobre la consciencia del hombre moderno —tan cínico y, sin embargo, tan inocente— es mayor a la de cualquier otra época, donde la oscuridad y la luz parecían tan definidas y distintas entre sí.

Thomas Harris, autor de la pentalogía (1981–2006) que tiene por protagonista al personaje de Hannibal Lecter, crea el símbolo más claro del monstruo moderno por excelencia: el asesino en serie. El ya clásico psiquiatra asesino —formidable, violento y exquisito— es sin duda una de las encarnaciones más brillantes del monstruo moderno. Se trata de un personaje extraordinario que asombra por su capacidad para la violencia pero también por su refinamiento intelectual.

El mismo Lecter lo sabe porque, como buen monstruo creado a partir de la noción moderna sobre la maldad, reconoce las raíces de la maldad con una enorme precisión. En una de los diálogos del libro El dragón rojo (1981), Lecter se analiza a sí mismo con sus propias herramientas psiquiátricas y lo hace con una precisión que asombra. Se reconoce como psicópata —“Me gusta matar y lo hago con deleite”, dice a un asombrado Will Graham— y después remata con una conclusión sobre los horrores de su capacidad para matar. “Todos los asesinos guardan tesoros y premios de sus víctimas. Yo no lo hice. Me los comí”, comenta con alegre desparpajo, sonriendo entre rejas. Asumiendo su monstruosa capacidad para la destrucción como un fragmento de su personalidad.

Una de las características que hacen a Lecter un monstruo más que cualquier otra cosa es su inteligencia y su personalidad agresiva, en las que la violencia es una herramienta, no el medio, para expresar sus pulsiones. Mientras Drácula muerde y posee a través de la sangre (y disfruta haciéndolo por mero placer físico) y Víctor Frankenstein dota a su monstruo de una refinada inteligencia (de manera involuntaria y casi accidental), Harris crea en Lecter una criatura de espacios mentales definidos.

El monstruo moderno es quizá la criatura más fascinante entre todos sus antecesores. Puede tener su rostro o el del amistoso vecino que ve a diario. Un hombre corriente, indistinguible del resto. Una criatura de maldad accidental que representa a la descreída, hipócrita y políticamente correcta moral de nuestra época. Como ya lo predijo Bret Easton Ellis en su libro American Psycho (1991), el monstruo moderno es nuestro reflejo en el espejo. El Patrick Bateman de Easton Ellis es un asesino despiadado y obsesionado con su modo de vida. Bateman demuestra la idea subyacente de que la violencia es tan humana e insensible que cualquier hecho humano podría equipararse en simple necesidad de expresión.

Quizá la mejor descripción de este nuevo monstruo sofisticado y durísimo de asumir esté en el guion de la película Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Claro está que en sí misma la película de Scott recrea un tipo de monstruo primitivo (sin ojos, sin raza definida) que emparenta los más antiguos temores en un escenario futurista que parece cerrar de manera seminal la noción de lo monstruoso en la cultura pop. Pero se trata de algo más: el monstruo de cráneo pulido creado por el artista suizo H.R Giger sintetiza el miedo en una forma nueva. El monstruo es nuestra percepción de la pureza del mal, sus implicaciones y el poder que engendra. Tal como lo resume Ash (Ian Holm), el androide científico que acompaña a la tripulación del Nostromo, el mal moderno se perfecciona en su evolución: “Aún no comprenden a lo que se enfrentan. Un perfecto organismo. Su perfección estructural sólo es igualada por su hostilidad. Admiro su pureza, es un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos, ni las fantasías de moralidad”. En otras palabras, el nuevo monstruo es un terror más allá de toda descripción. Nacido de la negrura infinita del espacio… o de nuestra mente, en plena ebullición.

****

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

¡LLÉVATELO!

Sólo no lucres con él y no olvides citar al autor y a la revista.