TODOS LOS FANTASMAS

TIENEN UNA HISTORIA

Edna Montes

 

En las noches de tormenta, me gustaba ponerme una sábana sobre el cuerpo y jugar a ser un fantasma. La única horrorizada era mi madre. No por mis aullidos ni por mi costumbre de caminar de puntitas hasta colocarme tras ella sin que lo notara, sino porque casi siempre era ropa de cama limpia que debería lavar de nuevo. Había ocasiones en que no quería asustar a nadie, prefería ser invisible; a mis padres les divertía seguirme el juego con eso. Me dejaban robar galletas o acostarme en la alfombra abrazando al gato, esas cosas que la niña de carne y hueso no tenía permitido. La sábana era un refugio para mí, una pequeña barrera que me permitía estar fuera del mundo; quizás, uno de mis primeros símbolos para lidiar con la ansiedad y la depresión cuando sentía que todo me desbordaba.

Contrario a los vampiros (sus hermanos en el horror gótico de la era victoriana), los fantasmas son monstruos pasivos. No chupan sangre ni se transforman en predadores; ellos embrujan, pueblan, se anidan y ocupan. Son la señal de la desgracia pasada que amenaza con repetirse, el fantasma no es tangible en sí mismo, pero vuelve reales los miedos de las personas para irles arrebatando el control. Los espectros habitan lugares: mansiones, edificios abandonados, casas, las reclaman para sí como un hogar de la misma forma que lo hacen con los terrores y secretos de sus víctimas. Rara vez moran en un sitio abierto, corriente o sin contexto: todos los fantasmas necesitan una historia para existir. Pareciera que tienen una particular debilidad por las estructuras: las arquitectónicas y las mentales. Nunca estamos seguros de si hemos visto un espectro o algo más, así que no es de extrañar que la línea que divide lo sobrenatural de la locura sea tan vaga en las historias clásicas de mansiones embrujadas como Otra vuelta de tuerca de Henry James, La dama de negro de Susan Hill o La maldición de Hill House de Shirley Jackson. El golpe de efecto de las historias góticas viene de la fragilidad de la cordura de los protagonistas más que de la crueldad de los entes.


Ponerse del lado del fantasma, como yo con mi sábana, quizás implica una naturaleza melancólica. Justo como la de Virginia Otis cuando hace lo propio con el alma en desgracia de Sir Simon Canterville, que se ve obligado a vagar en una vieja mansión donde ya no puede asustar a nadie. Y aunque a primera vista la obra de Wilde parezca una burla al género gótico (muy similar a la premisa de La abadía de Northanger de Austen) es también la forma de señalar a una sociedad que busca en la ciencia una panacea para desterrar miedos primordiales y encubrir la disfuncionalidad familiar con la hipocresía de siempre. Porque sí, los fantasmas también son un patrimonio compartido. Los misterios de Udolfo de Anne Radcliffe o El castillo de Otranto de Horace Walpole, que prácticamente inauguraron el horror gótico, no habrían sido posibles sin las atrocidades, secretos y deseos frustrados de sus protagonistas, tan fundamentales como el elemento sobrenatural mismo.

Irónicamente, puede que aquella ciencia que tanto abanderaba la era victoriana fuera la creadora del fantasma literario que llegamos a conocer y amar. La profesora Ruth Robbins, experta en literatura victoriana de la Leeds Beckett University de Inglaterra, cree que fueron justamente tres avances científicos los que configuraron la imagen del fantasma en el horror gótico. Primero que nada, las lámparas de gas, las cuales producían sobras y luces parpadeantes en las casas, eso sin contar que aspirar el combustible por ciertos periodos de tiempo producía alucinaciones. El segundo sería la fotografía, debido a su complicado sistema para fijar la imagen, al fallar daba por resultado siluetas extrañas en las impresiones. Finalmente el telégrafo y su lenguaje morse al crear una comunicación no verbal; de ahí los famosos golpecitos de las sesiones espiritistas tan populares en esa época. Ni las mentes más brillantes o analíticas de la era victoriana pudieron resistirse al espiritismo. Arthur Conan Doyle era un firme creyente y en algún punto el mismo Thomas Alba Edison creyó que podía inventar un aparato que le permitiera comunicarse con “las personalidades que han dejado la tierra”, aunque se esforzó mucho en dejar claro que lo suyo era ciencia pura y no alguna especie de superstición similar a la de los mediums.

Ruth Robbins

Uno pensaría que todo ese bullicio está muy bien para los ciudadanos de finales del siglo XIX, pero no para nosotros, los humanos cínicos del siglo XXI… y se equivocaría. Los fantasmas siempre regresan, o mejor dicho, nunca se van. Shirley Jackson (en la voz de su personaje John Montague en La maldición de Hill House) da con la clave de por qué la ciencia no puede desterrar a los fantasmas: “La amenaza de lo sobrenatural es que ataca donde las mentes modernas son más débiles, donde hemos abandonado nuestra armadura protectora de superstición y ya no tenemos una defensa que la sustituya”. Quizá por eso (y la mano magistral de los creadores, claro está) ahora mismo los aficionados al género estamos volcados en la más reciente adaptación de la novela de Jackson a una serie. Tal vez se deba a algo más duro de admitir, pero no por ello menos importante: tenemos los mismos deseos, miedos y secretos que siempre, porque el fantasma no es una figura sobrenatural en esencia sino una metáfora del poco control que tenemos sobre nuestra mente, esa gran estructura que sostiene lo mejor que puede nuestra cordura y visión de la realidad. Como siempre, la fantasía es un recurso de escape y al mismo tiempo una cura: el fantasma nos ayuda a hacer la paz con nuestras propias maldiciones.

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Imagen de cabecera: “Ghost”, por Mary Hayes.

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Edna “Scarlett” Montes
Lectora, escritora y friki irredenta. Egresada de Miskatonic con tarjeta de cliente frecuente en Arkham. Tiene tantos fandoms que ya hasta perdió la cuenta. Divaga mientras espera que Cthulhu despierte de su sueño en R’lyeh o al fin le entreguen su TARDIS; lo que ocurra primero.

@Edna_Montes

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