APUNTES JAPONISTAS

II

 

Emiliano González

Primera parte

 

La “flor rara” del edén llamado Yoshiwara aparece en un poema de Huidobro de 1913, pero los libros posteriores tienden a hablar de otros temas, signo de que ese mundo de pecado fragante se esfumó poco a poco, mientras lo erótico seguía figurando.

La inclusión de poema “Kakemono” (Pintura) en el poemario Nieve de Julián del Casal, publicado en 1892, marca la entrada del tema japonista en el modernismo hispanoamericano. Aunque se trata de una evocación libresca (pues quien evoca las nieves en lugar cálido también evoca lo exótico y lejano), el poema palpita con ritmo de vida. El poeta compara a su amada imaginaria con la belleza de una cortesana del Yoshiwara y se encuentra con que ella representa un ideal erótico y pagano, más que una noche de placer, y sólo es comparable con una Emperatriz, en una pagoda de la santa Kioto o en una fiesta de flores. Los jardines, biombos, platos y abanicos mencionados por el poeta cubano figurarán de entonces en adelante en los poemas y en las prosas modernistas. Aunque se basa en los apuntes estéticos de los hermanos Goncourt, el poema es original e inimitable y forma parte de la sección del libro titulada “La gruta del ensueño”, título que inspirará La gruta del silencio a Vicente Huidobro.

Después de Casal, Darío menciona a una amada oriental en “Divagación”, poema de Prosas profanas (1896):

Amame japonesa,

Antigua, que no sepa de naciones

Occidentales: tal una princesa

Con las pupilas llenas de visiones…

El soneto “De invierno”, incluido en Azul… tiene los siguientes versos: “…no lejos de las jarras de porcelana china / que medio oculta un biombo de seda del Japón”. Una mujer, Carolina, se calienta con chimenea y abrigo mientras un fino gato blanco de angora se reclina junto a ella.

José María Monner Sans en su libro sobre Casal y el modernismo (1952) observa que “Casal paladeó despaciosamente algunos banvillanos como Le thé, del cual son estos versos iniciales: ‘Miss Ellen, versez mois le thé / dans la belle tasse chinoise’ (Miss Ellen, viértame usted el té / en la bella taza china). Adecuado recipiente para las exóticas dilecciones del autor de Kakemono.

Este último poema es compuesto para María Cay, “la cubana-japonesa”, hermana de un amigo, y el cubano Emilio de Armas en su libro Casal (1981) señala: “Casal sólo podía ‘amar’ a mujeres ideales, conocidas a través de la pintura o de la literatura, como sólo podía sentirse fascinado por la mujer de carne y hueso cuando ella se revestía de atributos que transformasen su condición real. Tal es el caso de María Cay, retratada en traje de japonesa”.

La amada oriental del poema “Chinesca” de Gautier es el origen de la mujer ideal de Casal y de la princesa con las pupilas llenas de visiones de Darío.

En “Kakemono” Casal celebra el país “de los anchos quitasoles / pintados de doradas mariposas / revoloteando entre azulinas flores”. El rostro de la mujer adquiere “los colores / pálidos de los rayos de la luna / cuando atraviesan los sonoros bosques / de flexibles bambúes”.

En otro poema, “Sourimono”, los flamencos vuelan de los bambúes como flechas rosadas arrojadas por aljabas de oro y el disco anaranjado del sol sube tras la copa de un arbusto: nimbo dorado desprendido “del cráneo amarfilado de un bonzo yerto”. Las ramas de los juncales cabecean, semejando mástiles sin velas de viejos esquifes.

El tema japonés entra en la poesía occidental en la segunda mitad del siglo diecinueve.

Julián del Casal

Catulle Mendès escribe en 1863 un soneto, “Ten-si-o-dai-tsin”, sobre una “soberana luz” y “la desolación siniestra de un gran agujero sin límites”. El rojo sol es una mirada de la pupila serena de esa luz reinante. El soneto no es característicamente japonista, pues Mendès aborda el tema del horror cósmico, pero alude a la mitología del Japón, lo cual es inusitado en la poesía francesa.

En el arte europeo, el orientalismo es al principio chino –por Marco Polo– y luego japonés. El orientalismo implica unión de arte occidental y oriental.

Explica Arqueles Vela en su Historia materialista del arte (1936) que lo feudal de las culturas china y japonesa se percibe en las dos culturas, pero la china es más convencional y contemplativa. En su época de socialismo primitivo y agrícola, Japón es ornamental y en su edad media, monumental, al tratar la figura humana, reducida a curvas y planos admirables.

En 1862, Madame Desoye abre una tienda, en la Rue Rivoli, llamada La Puerta China, donde Degas, Whistler y otros artistas occidentales pueden contemplar, por primera vez, auténticos ejemplos de diseño japonés. En 1864, en un cuadro  titulado La princesa del país de la porcelana, James Abbott McNeill Whistler aborda un motivo chino empleando estilo japonés.

En la misma fecha, Whistler elabora también Capricho en púrpura y oro número dos: el biombo dorado.

De 1865 es Variaciones en color carne y verde: el balcón, con una dama misteriosa contemplando el paisaje y una tocadora de “samisén” (especie de guitarra). Las sinfonías de colores de Whistler se basan en la poesía de Théophile Gautier, amante de una princesa china “de ojos oblicuos”, imaginada y real.

En una conferencia, Whistler afirma que “la historia de la belleza ya está completa… cincelada en los mármoles del Partenón y bordada, con los pájaros, en el abanico de Hokusai”.

Pisarro llama “impresionista maravilloso” a Hiroshigué, a quien Tablada consagra un libro: Hiroshigué. El pintor de la nieve y de la lluvia, de la noche y de la luna (1914).

Influida por Whistler, la pintora pre-rafaelita Rebecca Solomon realiza en 1866 el cuadro La paloma herida, en que una joven rubia acaricia a un ave blanca. Se ven, al fondo, abanicos japoneses, flores naturales en jarrones y flores pintadas en platos.

Una acuarela de Solomon, Primavera, se encuentra actualmente en Tokio.

El Retrato de Émile Zolà de Édouard Manet muestra al escritor abriendo un libro de pintura, rodeado de motivos japoneses: un grabado de Utagawa Kuniaki II, El luchador Onarudo Nadaemon de la provincia de Awa, y un biombo con un pájaro sobre una rama florida. Reproducciones del cuadro de Manet Olympia y de Los borrachos de Velázquez lo acompañan. Zolà, cuando no resulta enemigo del simbolismo, es autor interesante. Des Esseintes, el personaje de Huysmans, encuentra poesía en su narrativa.

Los biombos y las flores pueden verse junto con los abanicos, en los cuadros de Whistler.

La pre-rafaelita Emma Sandys retrata en 1873 a una dama elegante con un biombo japonista atrás y una flor azul bajo el sombrero de plumas.

El grabado La flor lasciva (1890) de Félicien Rops, elaborado para la portada de un libro con el mismo título, muestra a sus mujeres japonesas semidesnudas adorando fálicos tulipanes gigantes, basados en las flores fálicas de Des Esseintes.

“La obra de los hermanos Goncourt…”, observa Arthur Symons, “es tal vez, en su intención y sus consecuencias, la más revolucionaria del siglo”. Añade que nadie ha tratado de hacer algo nuevo como los Goncourt: “La búsqueda de la realidad en la literatura, la resurrección del arte del siglo dieciocho, el triunfo del Japonismo… ¿no son éstos los tres grandes movimientos literarios y artísticos de la segunda mitad del siglo diecinueve? Y somos nosotros –dice Jules– quienes los hemos creado, estos tres movimientos”.

Los hermanos Edmond y Jules de Goncourt introducen el japonismo en Francia, en libros como Manette Salomon (1867), Utamaro (1891), Hokusai (1895) y El artista japonés (1896). De la novela Manette Salomon es el siguiente fragmento: “Y un día de país fantástico, un día sin sombra y que sólo era luz, surgía para él de aquellos álbumes de dibujos japoneses. Su mirada entraba en lo profundo de aquellos firmamentos color paja, bañando en un fluído de oro la silueta de los seres y de las campiñas; se perdía en aquel azul en que se escondían las floraciones rosadas de los árboles, en aquel esmalte azul que engastaban las flores de nieve de los melocotoneros y los almendros, en aquellas grandes puestas de sol carmesíes de las que parten los rayos de una rueda sangrienta, en el esplendor de aquellos astros despuntados por el vuelo de las grullas errantes. El invierno, el gris del día, el pobre cielo temblón de París, eran por él olvidados al borde de aquellos mares límpidos como el cielo, en aquellos campos de rocas de lapislázuli, en aquel verdeo de plantas de troncos mojados, junto a aquellos bambúes, al lado de aquellos árboles florecientes que hacen una muralla con grandes ramilletes. Ante él se desarrollaba aquel país de las casas rojas, de las paredes de biombo, de los aposentos pintados, del arte natural tan vivo y tan sencillo, de los interiores reverberantes, salpicados, amenizados con todos los reflejos que hacen los barnices de las maderas, el esmalte de las porcelanas, del oro de las lacas, al fiero brillo de los bronces tonkin. Y de repente, en lo que miraba, una página floreciente parecía un herbazal del mes de mayo, un puñado de primaveras, recientemente arrancado, acuarelado en el brotamiento y la joven ternura de su color. Eran serpeos de ramas, o bien gotas de color llorando en lágrimas sobre el papel, o lluvias de caracteres jugando y descendiendo como enjambres de insectos en el arco iris del dibujo matizado. Aquí y allá, las orillas mostraban playas deslumbrantes de blancura y llenas de langostinos; una puerta amarilla, un enrejado de bambú, empalizadas de campanillas azules, dejaban adivinar el jardín de una casa; caprichos de paisajes ponían templos en el cielo, en lo alto del pico de un volcán sagrado; todas las fantasías de la tierra, de la vegetación, de la arquitectura, de la roca, desgarraban el horizonte con aspecto pintoresco. Del fondo de los boncerios, partían y se dilataban rayos, relámpagos, glorias amarillas palpitantes de vuelos de abejas. Y aparecían divinidades con la cabeza en el nimbo de la rama de un sauce y el cuerpo desvanecido en la caída de las ramas”.

Estas imágenes coloridas son tan atractivas como las mujeres para los hermanos Goncourt: “Coriolis seguía hojeando; y ante él pasaban mujeres, unas devanando seda cereza, otras pulimentando abanicos; mujeres bebiendo a pequeños tragos en tazas de laca roja; mujeres interrogando a cacharros mágicos; mujeres deslizándose en lanchas por las vías, descuidadamente inclinadas sobre la poesía y la fugitividad del agua. Tenían vestidos deslumbrantes y suaves, cuyos colores parecían morir abajo, vestidos blancos con escamas, en los que flotaba como la sombra de un monstruo ahogado, vestidos bordados de peonías y de grifos, vestidos de plumas, de seda, de flores y de aves, vestidos extraños, que se abrían y se mostraban en la espalda en forma de alas de mariposa, hacían vagos remolinos en torno de las piernas, chapeaban el cuerpo o bien se envolvían en él vistiéndole con la quimérica fantasía de un dibujo heráldico. Con antenas de escamas picadas en los cabellos, aquellas mujeres mostraban su rostro pálido de párpados afeitados, sus ojos levantados de un lado como una sonrisa; y asomadas a los balcones, la barba en el revés de la mano, mudas, pensativas, con el pensamiento solapado de un Debureau en una pantomima, parecían roer su vida, mordiendo un extremo de su vestido.

Y otros álbumes hacían ver a Coriolis una pajarera llena de ramilletes, de aves de oro picoteando frutos de carmín, cuando caía, en aquellas visiones del Japón, la luz de la realidad, el sol de los inviernos de París, el quinqué introducido en el taller”. (Traducción de Eusebio Heras)

Continuará…

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007), Ensayos (2009) y La ciudad de los bosques y la niebla (2019).

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