El terror iniciático:

del Dios astado al Krampus

II

 

Aglaia Berlutti

Primera parte

 

 

Un monstruo extravagante e impenitente

 

La palabra “Krampus” proviene del antiguo alemán “krampen” y podría traducirse de manera aproximada como “garra”. La alegoría parece hacer inmediata referencia a las primeras representaciones icónicas de un demonio sin nombre que vagaba por campos y valles durante la navidad, arrastrando sus garras afiladas para castigar a los descreídos que no celebraban el nacimiento de Jesucristo a la manera como la primitiva Iglesia católica. De pronto, las semanas antes de la noche de navidad se llenaban de terrores e historias escalofriantes sobre criaturas de cuernos y carentes de rostros que vagaban en busca de los penitentes.

Según la mayoría de los historiadores, la imagen del demonio con cuernos apareció en obras medievales alrededor del siglo XI, cuando el cristianismo comenzó a decorar con frescos las paredes de los templos recién construidos. Para la mayoría de los monjes y religiosos, la figura de una criatura con cuernos y patas de carnero tenía un aspecto lo suficientemente amenazante como para aterrorizar a la feligresía. Sin embargo, la imagen del demonio astado  — y la del Krampus, con su pesada cornamenta retorcida —  tenía un propósito mucho más conciso: el cristianismo intentó convertir a los pueblos y aldeas rurales europeas que aún insistían en viejos ritos de cosechas, usando símbolos reconocibles y dotándolos de una simbología propia. Fue entonces cuando el Krampus pasó de ser un espíritu dador de justicia y un equilibrio de la oscuridad en contraposición a la luz, a una figura temible y amenazante, que aparecía en contraposición al benévolo “Padre tiempo” o San Nicolás, símbolos de idéntico peso del bien y del mal.

Pero el Krampus, como símbolo, era más complejo que la simple percepción de un demonio cristiano. Vestido con piel de oveja, sus largos cuernos curvos y un látigo para castigar, el Krampus es la encarnación de una primitiva percepción sobre las celebraciones navideñas o, lo que viene a ser lo mismo, una inevitable herencia pagana que aún resulta muy obvia dentro de las celebraciones habituales. Mientras que San Nicolás se ha transformado con las épocas y su figura benigna se ha convertido en alegoría de la esperanza y la buena voluntad, el Krampus mantiene intacta toda su carga de perversa alegría y, sobre todo, su profunda metáfora sobre la violencia, el horror y el temor.

La finalidad del Krampus es el castigo, pero no sólo por el hecho del pecado  — como se aseguraba durante el medioevo —  sino también de la incredulidad. De la misma manera que el Dios Astado celta emergía de la oscuridad del Bosque para devorar los corazones de las víctimas y bañarse en su sangre, el Krampus parece cebarse de la desesperanza, el horror y los espacios más oscuros del espíritu del hombre. Mucho más intrincado que su relativamente benigna percepción de contradicción a todo lo que Papá Noel representa, la figura del Krampus lleva a cuestas un complejo simbolismo sobre el origen de los terrores y, sobre todo, la capacidad del hombre para enfrentarse a lo desconocido. El Krampus, nacido directamente de la percepción más primitiva sobre lo que tememos  — y el motivo por el cual tememos —,  es la encarnación de un tipo de horror simbólico que desborda los sencillos parámetros del bien y del mal que la Iglesia Católica convirtió en formas de moralidad durante la primera mitad del medievo. Desde su extraño origen como espíritu del caos y, sobre todo, testigo de la muerte y el sacrificio, el Krampus pasó a transformarse en una criatura capaz de reflejar no sólo la oscuridad de la naturaleza humana sino también sus pequeños dolores y terrores. Mientras Papá Noel refleja la viva imagen del bien  — y el inevitable renacimiento de la Tierra durante la época más fría — , el Krampus simboliza justo lo contrario y lo hace desde una figura siniestra capaz de invocar los peores terrores y misterios que se esconden en la noche más larga del tradicional ciclo de cosecha. Aún así, el Krampus no se consideraba una figura maligna sino más bien necesaria. Para la sempiterna tradición pagana oculta y disimulada bajo los ritos cristianos, el Dios astado representaba lo más tenebroso de la naturaleza humana, sus dolores y deseos inevitables. Un extremo imprescindible para comprender a profundidad el ciclo de la muerte y renacimiento en el que continuaban creyendo a pesar del ritualismo monoteísta que se obligaban a llevar a cabo.

Por supuesto, la aterradora figura del Krampus fue perseguida y, sobre todo, condenada por la primitiva Iglesia católica: las celebraciones en su nombre fueron prohibidas y se señaló al Krampus como “la encarnación del enemigo de Dios”. Las iglesias de pueblos y provincias insistieron en castigar los ritos de cosechas que seguían celebrándose de manera doméstica en buena parte de la la Europa del medioevo tardío. Poco a poco, la figura de Krampus llegó a considerarse no sólo esencialmente maligna sino un monstruo llegado de épocas primitivas para aterrorizar a los creyentes. La figura macabra del Krampus  — y sobre todo su complejo significado —  se simplificó para convertirse en una mera aseveración moral.

Concluirá…

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld

 

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