EL CARNÍVORO ENCARNADO, DESAFIADO

 

Alicia M. Mares

 

“El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará”.

Carter en el apogeo de sus poderes

“En compañía de lobos” es un cuento de la británica Angela Carter donde la carne a devorar se conecta con la pasión sexual, en una conexión que se forja de manera casi inevitable en el cuento de Caperucita y el Lobo.

Pertenece a la antología La cámara sangrienta, una de mis obras preferidas de Carter precisamente por su reinterpretación magistral, vibrante en su sensualidad, poética y oscura —a veces hasta recargada de forma barroca en su prosa— de ciertos cuentos de hadas, como “El gato con botas”, “Barbazul” y “La bella y la bestia”.

En el caso de este relato, contado con la resonancia propia de los cuentos de hadas —o de aquellos mitos contados alrededor de la fogata, cuentos de vieja susurrados en la oscuridad—, Caperucita es una niña que apenas entra a la adolescencia y “existe y se mueve dentro del pentáculo invisible su virginidad”. Ésta es tan relevante que casi se puede oler. Y es justo lo que el lobo hace.

La cámara sangrienta (Sexto piso, 2014)

Leitmotivs de “En compañía de lobos”

“Teme al lobo y huye de él; pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta”, advierte la voz omnisciente del relato y así es que Caperucita se topa con un hombre apuesto, quien la seduce en aquel páramo nevado.

Hacen una apuesta: si él llega a la casa de la abuela primero, entonces ella le deberá un beso. Caperucita acepta.

Y ni tardo ni perezoso, el licántropo llega a la cabaña y se come a la abuela.

Allí se mencionan dos de los leitmotivs centrales del texto, que Carter repite hasta superar la intención estética. Uno de ellos es la carne y el carnívoro encarnado, el ansia de devorar que es gula bestial pero también lujuria. Otra es la desnudez del licántropo, que evidencia sus instintos bestiales; la diferencia entre el destino final de la abuela y su nieta, entre la carne pura y la ajada.

“Antes de convertirse en lobo, el licántropo se desnuda por completo. Si por entre los pinos atisbas a un hombre desnudo, deberás huir de él como si te persiguiera el Diablo”.

Y unas páginas después:

“Lo último que la anciana vio en este mundo fue un hombre joven, los ojos como ascuas, desnudo como una piedra, acercándose a su cama. El lobo es carnívoro encarnado”.

Así se conectan los puntos entre imágenes semejantes, y la desnudez —pareciera— ha hecho su última aparición. Pero Carter ya ha descrito una virginidad tan reluciente que es casi frágil, inminente a fracturarse.

Angela Carter

La redención de rojo

“…Ya que ni una sola frase deja entrever en ellos una posible redención; para los lobos, la gracia no ha de venir de su propio desconsuelo sino a través de un mediador; y es por ello que se diría, a veces, que la fiera acoge casi con regocijo el cuchillo que acabará con ella”.

El segundo leitmotiv es el cuchillo, que primero se menciona como instrumento de muerte y protección, pero también como instrumento de redención. Y, más importante aún, conlleva la presencia de un mediador, que casi con piedad acaba con la bestia.

Cuando llega el momento y Caperucita se enfrenta a la verdadera naturaleza del depredador, este le pide que se deshaga de sus prendas y las arroje al fuego; lo que recuerda al mito de vieja de que robar y quemar la ropa de un licántropo lo condenará a ser animal para siempre. Esa quema de prendas podría ser preámbulo de su muerte, pero ella fragua un plan.

“Cerró la ventana al lamento de los lobos, se quitó el pañolón escarlata, del color de las amapolas, el color de los sacrificios, el color de sus menstruaciones y, puesto que de nada le servía su miedo, cesó de tener miedo.

¿Qué haré con mi pañolón?

Échalo al fuego, amada mía. Ya no lo necesitarás”.

El tercer leitmotiv: la sangre, tanto la que se vierte después de un asesinato como tras el desfloramiento. Aunque Carter no lo ha planteado, ya podemos adivinar que existe otro instrumento que sangra y puede utilizarse como arma.

Carnívoro encarnado

En este caso la figura del licántropo es, quizá, la encarnación reluciente de las ansias bestiales que todo hombre posee y, al final del relato, Carter —Caperucita— apuesta por aludir a esta última figura. Con su cuerpo convence al licántropo, que saliva de entregarse a sus ansias sexuales de hombre, en vez de al hambre famélica de la bestia. Y gana esa apuesta.

“Para comerte mejor.

La niña rompió a reír. Sabía que ella no era comida para nadie. Se le rió en la cara, le arrancó la camisa de un tirón y la echó al fuego, en la ardiente estela de la ropa que ella misma se quitara. […] Carnívoro encarnado, sólo la carne inmaculada lo apacigua”.

 

El desenlace de este relato reúne cada leitmotiv: el cuchillo, la sangre, la ropa quemada, el carnívoro encarnado, y los mira desde una perspectiva sorprendentemente humana. Es, quizás, uno de los mayores logros del cuento: la sinergia entre el cuento de hadas y la brutalidad del licántropo, y la sencilla naturaleza de un hombre que siente deseo.

El cuchillo, en vez de matar, es la sexualidad de Caperucita usada como instrumento de redención; la sangre es algo que ella decide verter por sí misma en vez de provenir de un asesinato; la ropa es desechada por voluntad propia en vez de ser simplemente despojo; y el carnívoro encarnado, en vez de destrozar a dentelladas, al final es solamente un hombre desnudo y salivando.

Al final, el lobo se vuelve un hombre, y es por el desafío a sus intenciones o en la elección de limitar sus deseos que confirma su condición humana. Al menos por un momento. Y Caperucita vive para ejercer su autonomía otro día.

Ilustración de Alejandra Acosta

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Hoy en día podemos encontrar toda la obra cuentística de Carter en Quemar las naves (Sexto Piso, 2017).

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AQUÍ puedes leer «En compañía de lobos».

AQUÍ más información de Angela Carter.

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Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996)

Graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y correctora de estilo en formación. Trabaja como redactora en una agencia digital. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas Marabunta, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee su columna de revista Palabrerías a sus seis gatos. Creció al lado de un árbol de jacaranda.

Twitter: @AliciaSkeltar

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