POSESIÓN

Kassandra Maseda

MÉXICO

 

—El demonio entra por los pies —decía mi abuela—, protégelos bien al dormir y cuida tu casa.

Nada podría derrumbar mi escepticismo, la única verdad que yo podía aceptar era la que la razón me pudiera comprobar. Así que ese fue uno de los pocos consejos que no seguí de mi abuela. Si escuché ruidos la noche pasada se debió a un ligero movimiento telúrico o a un asentamiento de la casa que fue imperceptible para mí, pero no para los trastes mal acomodados que chocaron unos con otros. Cerré los ojos. Pensé en las nimiedades del día mientras mis pensamientos se iban complicando minuto a minuto y el insomnio separó mis párpados. Fui a la cocina y me hice un té de pasiflora, valeriana, melisa y tila, eso tendría que ayudarme a conciliar el sueño.

—Así como estas hierbas te ayudan a dormir, también hay otras para aliviar los dolores, unas más para limpiar tu cuerpo, tu casa… y también protegerla de las malas energías y de los espíritus que pudieran entrar para dañarte. Úsalas.

—Abue, sólo alguien vivo puede lastimar.

—Sí, mija, es verdad que el daño de alguien vivo nunca se podrá comparar, pero el cuerpo es sólo una herramienta para la maldad, porque esa surge de adentro, de la energía que sí sobrepasa cualquier materialidad. Yo sólo te lo digo para que sepas qué hacer si el malo te asusta un día.

En realidad, sólo unas pocas veces me ha costado dormir y en una ocasión sufrí una parálisis del sueño; los supersticiosos dicen que eso pasa cuando “se te sube el muerto”. La explicación que tuve para esos problemas fue el estrés como consecuencia del exceso de trabajo y tareas. Moderé mis actividades, mientras que otras las pospuse: funcionó y recuperé el pesado sueño que siempre tuve.

Meses después, en una noche calurosa como infierno, escuché el aullido de un perro que interrumpió mi sueño. “Mañana buscaré al dueño y le voy a reclamar porque seguro le falta agua, comida o algo a su mascota”, planeaba hablar con el vecino, conservando la calma, por supuesto. Tomé los audífonos y los coloqué en mis oídos, seleccioné mi lista de reproducción para dormir. Un par de canciones después la suave música se transformó en voces distorsionadas… tal vez había alguna interferencia. Di clic en pausa, no se detuvo. Cerré la aplicación, siguió sin detenerse el ruido. Intenté apagar el celular en vano, porque inexplicablemente continuó reproduciéndose ese sonido. A estos aparatos ya no se les puede quitar la pila como antes para que dejen de funcionar. Quedó una sola voz grave que se quejaba, susurraba, gritaba, reía… luego gemía y su habla era desarticulada, aunque podía percibir cierto tono de burla. Presa del pánico por esa voz macabra, arrojé el celular contra la pared y sólo así cesó el ruido. Me hice un ovillo en la cama hasta que después de un par de horas mi cuerpo se relajó. Un olor a azufre que invadió mi habitación comenzó a despertarme de nuevo.

—¡No te duermas! —era la misma voz.

Mis tobillos fueron presos de sus manos y sus ojos negros perforaron mi piel. Mis gritos le provocaban diversión y hundió su sonrisa macabra de oreja a oreja en cada uno de mis huesos que su lengua hirió. Mi torso se arqueaba en cada palpitar y mi boca habló palabras de una lengua que yo nunca había conocido.

No, ningún argumento que la lógica pudiera darme me convencería de que lo experimentado esa noche había sido producto de mi mente estresada. Fue así cuando comencé a protegerme, tal y como me advirtió mi abuela. Siempre debí haberlo hecho. Eso es lo que me ha salvado… hasta ahora.

The Nightmare (Fuseli, 1781)

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Kassandra Maseda

Ciudad de México, 1995.

Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Es una escritora iniciada en literatura fantástica.

Ha publicado cuentos en Tierra Adentro y Letralia.

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