SIMETRÍA ATERRADORA

Edna Montes

 

Deslicé mi palma por la herrería, repasando los contornos de una flor de lis. Bajé mi mano, la textura rugosa de la piedra me sorprendió. Los ojos de las ventanas del sótano me invitaban a perderme en ellos. ¿Qué escondería esa oscuridad? Descubrí MI casa (que no lo es, ni lo será nunca) de niña en uno de los tantos ires y venires por la ciudad con mis padres. Me sorprendió su largo techo de tejas azules, una mansarda muy habitual de las construcciones francesas. También el vitral que se alzaba sobre su escalera principal, la terraza donde me imaginaba a sus fantasmagóricos habitantes tomando el almuerzo. Desde entonces, vuelvo a menudo a ella. Es inevitable. Para mi imaginación de niña, esa construcción fue la materialización de aquellas mansiones de los libros que leía, así que me convencí de que estaba llena de fantasmas. Ahora, como adulta, su mezcla de estilos que apunta a lo victoriano no deja de sorprenderme (por mucho que papá me recuerde que debemos nuestro concepto de la mansión victoriana a una mezcla entre las restauraciones con aspectos góticos del arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc y una traducción de lo que a los estadounidenses les dio por llamar el “Victorian Style»). A menudo me doy una vuelta por el terreno triangular que contiene el trazo cuadrado de MI casa y sonrío. Observarla es un pequeño ritual para mí: parece estar viva, respira, me observa e incluso creo que nos caemos bien.

La casa embrujada es uno de los pilares del género de terror. Aunque su origen literario nos lleva a pensar en El castillo de Otranto de Horace Walpole, la obra que inauguraría la literatura gótica en 1764, hay registro escrito de historias de casas embrujadas desde la antigua Grecia y en Las mil y una noches. No sería descabellado afirmar que, al igual que los fantasmas, son casi tan viejas como la capacidad humana de imaginar cosas temibles.

Pero hay una subespecie de casa embrujada muy particular: la casa sintiente o el «mal lugar» (como lo denomina Stephen King en su Danse Macabre).  «La caída de la casa Usher», de Edgar Allan Poe, es un gran ejemplo de la casa como un ente vivo. En el relato, nuestro narrador sin nombre nos cuenta de las ventanas que «parecen ojos». El propietario, Roderick Usher, también describe a la construcción como si tuviese vida propia. Podría decirse incluso que la mansión ha creado una simbiosis con sus habitantes, algo innegable una vez que llegamos al final del relato.

Si se trata de la casa sintiente, quizá fuera Shirley Jackson en La maldición de Hill House quien lo abordó con mayor maestría.  La autora abre la novela con un párrafo revelador:

Ningún organismo vivo puede subsistir en condiciones de realidad absoluta sin perder la razón. Según algunos, hasta las alondras y las cigarras sueñan. Hill House, perturbadora, se alzaba solitaria frente a las montañas, con la oscuridad en su interior. Llevaba así ochenta años y permanecería otros ochenta más. Dentro, las paredes seguían verticales; los ladrillos, unidos; los suelos, firmes y las puertas siempre cerradas. El silencio empujaba incansablemente la madera y la piedra de Hill House. Y lo que fuera que caminaba allí dentro, caminaba solo.

Lo primero que escuchamos de la mansión es la comparación que se hace de ella con un organismo vivo, uno que además no parece muy cuerdo.

Para la creación de Hill House, Shirley se inspiró en dos edificios. El primero, uno que vio durante un viaje en tren por Nueva York. Cuando la máquina se detuvo en la estación de la calle 125 de la ciudad, ella vislumbró una construcción «tan desagradable que no podía dejar de mirar.» Luego, cuando el transporte reanudó la marcha, éste se desvaneció. Pidió a un amigo suyo que localizara el edificio que tanto le había aterrado. Al final, él le contó que le había costado trabajo dar con él ya que «sólo existía desde ese punto en particular de la estación de la calle 125; desde cualquier otro ángulo no era reconocible como un edificio en absoluto». La edificación se había quemado casi por completo en un incendio que mató a nueve personas, haciendo de los restos una especie de cáscara. El segundo edificio inspirador fue una casa en California. Shirley la vio durante unas vacaciones y el edificio le produjo tanta desazón que le pidió a su madre, que vivía ahí, más información. Su madre no sólo conocía la casa, sino que le reveló que el arquitecto fue Samuel Jackson Bugbee, el tatarabuelo de Shirley.

Jackson suele describir los espacios con especial cuidado y detalle para dotar de vida a las estructuras. Solía ayudarse de esquemas para lograr ese efecto. El detalle más inquietante de la mansión como espacio es que cuenta con pequeñas variaciones en los ángulos de la construcción. Esto añade cierta malignidad de origen al edificio: estando ahí no puedes fiarte de tus percepciones o tus sentidos. El equilibrio físico y mental del grupo de investigadores resulta afectado. La autora reviste a la casa de elementos humanos, como Poe a la casa Usher. Los ángulos antinaturales la hacen parecer «despierta», las ventanas negras son como ojos e incluso una cornisa emula a una ceja. Da la impresión de que las paredes son intolerablemente largas o demasiado cortas. Una extravagancia del dueño original, Hugh Crain, que parece revestir la casa con una crueldad intrínseca.

De una forma similar en la que la casa Usher tiene una relación particular con Roderick y Madeline, Hill House la establece con Eleanor Vance.  Hill House es un organismo vivo, cruel y enloquecido. Un lugar inadecuado para la gente, el amor o la esperanza; como quería plasmar su creadora. La novela cierra con el mismo párrafo de apertura, marcando un continuo terrible de algo que subsiste incluso al abandono, un «mal lugar» esperando a su próxima víctima. Aunque la mansión Usher ya está en plena decadencia cuando Poe nos la presenta, Hill House no luce en especial aterradora o deteriorada en el exterior. ¿Qué hace a una casa sintiente un organismo terrible y peligroso? ¿La larga historia, la violencia, la acumulación de secretos?

En La casa de al lado, Anne Rivers Siddons nos regala el mito de origen de una casa sintiente con un giro poco habitual: es una casa moderna, recién construida y de arquitectura moderna. La novela de Siddons se ubica en un vecindario de la clase pudiente en Altanta. Ahí viven Colquitt y Walter Kennedy, quienes un día descubren que alguien ha comprado el terreno de junto a su casa. En un principio, la pareja resiente la pérdida de privacidad que eso implica, pero se resignan y la casa que «parece ir creciendo desde el suelo» se gana el aprecio de Colquitt, quien nos narra la historia. El encanto dura poco. Los primeros dueños de la casa, los Harralson, la abandonan tras una tragedia. Lo mismo ocurre con los Sheehan y los Greene. La casa mantiene relaciones parasitarias terribles con sus habitantes e infecta incluso al arquitecto que la construyó.  Colquitt decide hacer lo único que tiene sentido para ella: declarar la guerra contra la casa de al lado y evitar que alguien más la habite con funestas consecuencias.

Siddons, que no suele escribir terror y tomó esta novela como una oportunidad de revisar las novelas de casas embrujadas que tanto le gusta leer, contó en una entrevista que se había decidido por dotar de vida a la casa porque le parecía que los fantasmas no eran algo que asustaría al habitante moderno de una ciudad. Fiel a la tradición del gótico sureño, sacó provecho de las situaciones grotescas y el peso de los secretos. La casa de al lado era un organismo devorando a sus habitantes de una forma mucho más práctica: haciendo aflorar lo peor en ellos, eso que todos desearían mantener oculto del exterior, encerrado en la comodidad privada de su hogar.

A diferencia de la arquitectura victoriana, más centrada en la simetría, las construcciones modernas juegan con formas más fluidas. Abogan por emular el mundo orgánico, dar la sensación de movimiento y permitir a la luz habitar los espacios, lo que podría interpretarse como negación de la oscuridad victoriana. En nuestros días se favorece el diseño interior limpio y minimalista en vez de aquel lleno de objetos y texturas presente en un hogar de la era gótica. Que la casa sintiente de Siddons sea moderna encarna una dulce ironía: hacernos creer que estamos más seguros en un ambiente iluminado y despejado, que la modernidad deja de lado las supersticiones, los miedos y aquellos fantasmas internos que nos persiguen.

Stephen King coquetea con el «mal lugar» en Salem’s Lot y lo retoma en El resplandor con el Hotel Overlook. Si bien éste último no es una residencia como tal, ¿no es el hotel una especie de casa sustituta? No obstante,  donde lo aborda con más claridad es en Rose Red, su miniserie de 2002. Aunque de origen la historia es un homenaje a La maldición de Hill House de Shirley Jackson y toma muchos elementos de ella (el reconocimiento a la Mansión Winchester, el grupo de investigación paranormal, la idea de gente sensible a fenómenos psíquicos, etc.), lleva un paso más allá las ideas de Jackson y Siddons: Rose Red no sólo es un organismo vivo que se alimenta de sus habitantes y cuenta con una construcción excéntrica que desestabiliza a los visitantes; además, se las arregla para crecer o modificarse todo el tiempo. Al crear la serie, King se sentía atraído por la idea de una casa «más grande por dentro que por fuera». Logró esto dando a Rose Red la capacidad de añadir cuartos de forma sobrenatural, manteniendo la idea de perpetua construcción que tomó prestada de su inspiración de la vida real, la Mansion Winchester. Al final, la casa toma prisioneros, los obliga a seguir construyendo. Por otro lado, la casa Usher toma la vida de sus dos últimos habitantes, Hill House la de Eleanor Vance y la misteriosa casa de al lado también cobra víctimas de maneras inesperadas.

 

¿Qué pasaría si «las paredes hablaran», como reza el dicho popular?  Nuestra casa es donde nos quitamos las máscaras sociales. Donde, convencidos que «dejamos el mundo afuera», nos relajamos y nos permitimos la máxima vulnerabilidad. El terror de la casa sintiente radica en que, en lugar de eso, estamos encerrados con todos nuestros miedos ahí, contra un monstruo vivo, omnisciente, el cual observa en todo momento y sabe todo sobre nosotros. ¿La casa sintiente es o se hace mala? ¿Depende eso de sus habitantes?  Ésta última es una pregunta tramposa: al final todos tenemos un lado oscuro o algún secreto que nos gustaría mantener encerrado a cal y canto.

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PS: Para el lector curioso, confesaré que MI casa está en el triángulo que forman Insurgentes, Hambrugo y Havre. De hecho, se le puede ver bajando de la estación de Metrobús Hamburgo, en contraesquina de Reforma 222.  Además, la casa Diener es hermanita del mi adorado Museo del Chopo: en su construcción estuvieron involucrados los ingenieros Luis Bacmeister y Aurelio Ruelas, conocidos por edificar el “Palacio de Cristal”, lo que ahora conocemos como el Chopo.

Foto de Miguel Lupián.

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Fuentes:

Paula Guran, «Shirley Jackson & the haunting of Hill House». Julio de 1999. Recuperado el 2 de noviembre de 2019. https://web.archive.org/web/20180314130906/http://www.darkecho.com:80/darkecho/horroronline/jackson.html

 

Keith Eggener, “When Buildings Kill”. Places Journal, octubre de 2013. Recuperado el 05 de noviembre de 2019. https://doi.org/10.22269/131029

 

Joshua Comaroff y Ong Ker-Shing, Horror in Architecture. ORO Editions, 2013.

 

Anthony Vidler, The Architectural Uncanny, Essays in the Modern Unhomely. MIT Press, EUA, 1994.

 

Stephen King, Danse Macabre. Doubleday, EUA, 1982

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Más sobre la casa Diener: https://grandescasasdemexico.blogspot.com/2015/02/la-casa-de-la-familia-diener-struck.html

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Edna “Scarlett” Montes
Lectora, escritora y friki irredenta. Egresada de Miskatonic con tarjeta de cliente frecuente en Arkham. Tiene tantos fandoms que ya hasta perdió la cuenta. Divaga mientras espera que Cthulhu despierte de su sueño en R’lyeh o al fin le entreguen su TARDIS; lo que ocurra primero.

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