EL POSTERROR Y OTRAS IDEAS SOBRE EL CINE DE GÉNERO

Algunas reflexiones sobre lo macabro en la actualidad

III

 

Aglaia Berlutti

Primera parte

Segunda parte

 

Desde ambas perspectivas, el miedo es una construcción de la memoria que nos une de una manera u otra. No hay explicación única sobre la forma de comprender lo que nos atemoriza y tampoco, sobre la manera en que lo analizamos los terrores primarios y esenciales. El cine y la literatura avanzan en direcciones distintas, pero también asumen la carga simbólica del terror como una idea que subyace a un nivel profundamente humano y ecléctico. Desde los pesares existencialistas —el terror a los misterios y enigmas— hasta la comprensión de la mente humana como último bastión del concepto del miedo (paranoias, psicosis y percepciones de la identidad), el reflejo de miedo para cambiar época con época para transformarse en algo por completo nuevo.

El horror como bandera. ¿Quiénes somos más allá de la oscuridad?

Durante buena parte de la historia occidental, el miedo ha tenido rostro y motivo. Por más de cinco siglos, el Diablo fue la personificación del miedo para luego convertirse en un instinto primigenio del mal esencial en cada uno de nosotros. Como si la madurez cultural correspondiera a un cierto crecimiento intelectual y cognoscitivo, el miedo evoluciona y se hace más profundo —simbólico— a medida que la psiquis colectiva madura en consonancia. Quizá por ese motivo ciertas teorías psiquiátricas insisten que el terror proviene de los personajes de cuentos de hadas que provocan miedo en los niños. Es decir, que el miedo —como emoción e idea— tiene mucho que ver con lo que recordamos nos produce temor, más que con el miedo mismo. Una idea curiosa: es inevitable cuestionarse si todos nuestros temores a la oscuridad y lo aparentemente peligroso no tendrá una relación directa con un eco en nuestra consciencia, más allá de lo que somos capaces de recordar. Tenemos miedo porque recordamos haberlo tenido. Y más allá, somos niños al momento de temer: el miedo desencadena esa necesidad de gritar, de protegernos, de mirar el mundo con recelo. Es allí probablemente donde surge el recurso más evidente de toda idea y creación literaria y visual: el temor a algo se puede aprender, que se puede imitar, que puede provocarse a través de la palabra o el testimonio de otros, sin que necesariamente lo hayas experimentado personalmente.

Todos hemos tenido miedo alguna vez. Quizás a lo desconocido o a lo que no podemos explicar. Es una idea que tiene mucho que ver con la supervivencia o incluso la idea de asumir el peligro como parte de lo cotidiano. Y es justamente en esa grieta entre lo normal y lo inquietante, esa predilección por intentar explicarnos por qué sentimos miedo —o que nos lo provoca— lo que hace que nadie sepa muy bien a qué teme, pero sabe que lo experimenta. No es casual, por tanto, que oír relatos de miedo o ver películas de terror desata los mismos efectos físicos que el peligro real: se acelera el ritmo cardíaco, aumenta la presión arterial y la respiración se acelera. La adrenalina nos prepara para enfrentarnos a ese miedo invisible, a ese terror oculto que parece sobrevivir a la racionalidad. Una idea tan infantil como quizás inexplicable.

De manera que ese gusto por las películas de terror tiene mucho que ver con nuestra manera de manejar nuestra propia visión del mundo: el temor como emblema y símbolo, el temor como metalenguaje de nuestra visión del mundo. Es, de hecho, bastante probable que lo que tememos no tenga que ver con el monstruo de la pantalla o la escena de nuestro libro favorito, sino con ese terror en sombras de nuestra imaginación.

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Todas las ilustraciones y gifs son de Aleksandra Waliszewska.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

 

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