LA MÁSCARA DE CARONTE

I

 

Aglaia Berlutti

 

La Europa medieval estaba llena de leyendas sobre la muerte y la posibilidad de la vida eterna a través de rituales arcaicos y el contagio de la antigua maldición del vampirismo. La rápida propagación de la peste pareció no sólo conjugar todos los terrores arcaicos sobre la mortalidad humana, sino, además, añadirles un tinte grotesco que ni las más floridas descripciones sobre un cielo cristiano pudo consolar. Para finales del siglo XV, la mitad de la población europea había muerto por un padecimiento caprichoso y violento que nadie podía contener y mucho menos comprender. Y fue entonces cuando la figura del vampiro surgió de las sombras de las leyendas y mitos arcaicos para encarnar de nuevo un tipo de terror muy específico.

Se trató de una rara combinación de folclore y confusos conocimientos científicos. Según la medicina de la época, un cadáver con sangre fresca en la boca o la nariz no estaba realmente muerto —síntoma habitual en la última etapa de la peste bubónica—, por lo que la costumbre de desencajar la mandíbula con un pedazo de ladrillo y evitar que el difunto pudiera romper a mordiscos el sudario se propagó con rapidez a través de una Europa aterrorizada por la mortandad. De los cementerios repletos de víctimas de la peste —y en ocasiones de alguno que otro agonizante— proceden las primeras descripciones del vampiro que regresa de la muerte abriéndose paso por la tierra recién arrojada a la tumba. Una imagen que aterrorizaba por encarnar un tipo de terror tan antiguo como anónimo: el de la desaparición física. A pesar de los esfuerzos de la Iglesia por prometer la vida eterna a través de la redención, buena parte de los Europeos de la Edad Media estaban convencidos de que la muerte era algo más complejo y temible de lo que las Santas Escrituras podían describir.

Claro está, la creencia sobre monstruos eternos (o que tenían la capacidad para disputar el espíritu humano a la muerte) es tan antigua como el hombre: con toda seguridad, el mito del vampiro se remonta al antiguo Egipto, donde se temía a un pájaro bebedor de sangre que vengaba las injusticias. También, la mitología egipcia habla de “dioses bebedores de sangre” capaces de “mirar en el corazón” de sus creyentes y hacer justicia a través del asesinato, lo cual sugiere un culto a la sangre y a la muerte tan antiguo como la propia cultura.

No obstante, los antropólogos han localizado el origen de los vampiros en las enfermedades con pérdida de sangre, que los antiguos atribuían a seres diabólicos que atacaban durante la noche en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir. De hecho, el rastro puede seguirse desde Egipto hasta Mesopotamia, donde padecimientos físicos relacionados con problemas sanguíneos y endémicos causaron estragos en varias poblaciones. Se han encontrado relatos fragmentados de epidemias y muertes sin explicación que fueron atribuidas a criaturas sin nombre, que bebían de la “vitalidad” de su víctima hasta asesinarla.

El mito del vampiro —o de la criatura capaz de enfrentar a la muerte y alcanzar la vida eterna— también forma parte de la mitología en lugares tan dispares como el México Maya y la Australia primitiva, repitiendo con pequeñas variantes la idea de un inmortal que sobrevivía gracias a la destrucción de la identidad humana. Ya fuera bebiendo de su sangre, comiendo su corazón o simplemente apropiándose de su “alma” (cualquiera fuera el concepto que tuviera entonces esa palabra), el vampiro continuó avanzando en las páginas de la historia.

El rastro sobre la mítica figura del bebedor de sangre puede rastrearse a través de Oriente Medio y las regiones meridionales de Asia. En la tablilla de la diosa Ishtar, Descenso al país inmutable, se describe a un tipo de criatura “capaz de tomar la vida de otros para perpetuar la suya”. En Grecia, hombres y mujeres capaces de beber sangre para conservar la juventud pulularon en todo tipo de leyendas rurales. Se hablaba de espíritus errantes, que consumían la sangre de los vivos para lograr regresar a la carne.

Claro está, el siglo de la Ilustración necesitó también darle sentido práctico a una criatura que encarnaba todo tipo de temores mistéricos sobre la supervivencia del alma y, sobre todo, la capacidad del hombre para asumir la muerte como un tránsito sobrenatural. La definición que redactó Collin de Plancy en su Diccionario infernal, publicado en 1803, parecía intentar incluir todo lo que se sabía hasta entonces sobre el vampirismo:

“Se da el nombre de upiers, upires o vampiros en Occidente; de brucolacos en Medio Oriente; y de katakhanes en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días que regresan hablando, caminando, infectando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales y, sobre todo, sorbiendo su sangre, debilitándolos y causándoles la muerte. Nadie puede librarse de su peligrosa visita si no es exhumándolos, cortándoles la cabeza y arrancándoles y quemándoles el corazón. Aquellos que mueren por causa del vampiro, se convierten a su vez en vampiros”.

La definición abrió la puerta para debates sobre el tema y la figura del Vampiro —hasta entonces una leyenda rural y oral transmitida a través de supersticiones muy específicas— alcanzó una nueva dimensión académica.

Concluirá…

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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