EL (GRAN) TERROR ADOLESCENTE DE 2023

Talk to Me, Skinamarink, M3gan, Terrifier 2

 

Aglaia Berlutti

 

La película Talk to Me es el más claro ejemplo de que el cine de terror experimental y curioso llevó la delantera en un año con una considerable taquilla en el género. Desde Skinamarink, Terrifier 2, M3gan y la curiosidad de la productora A24, las grandes narraciones terroríficas atravesaron su mejor momento.

Talk to Me —de los hermanos youtubers Danny y Michael Philippou y producida por A24— se convirtió en un suceso de taquilla inesperado en un año de fracasos. Con apenas tres semanas de estreno recuperó su inversión, obtuvo ganancias sustanciosas y una secuela, que comenzará a filmarse apenas la huelga de guiones y actores lo permita. Lo que demuestra que el cine de terror sigue siendo tan redituable como sorprendente. Mucho más al experimentar a un nivel por completo nuevo y que sorprende por todas las dimensiones, en su lenguaje visual y narrativo, que alcanza en el intento.

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Porque la cinta con que debuta el duo de directores es una hazaña de economía de recursos y precariedad. También, de un discurso al subtexto que rara vez el cine de género explota con propiedad. Pero los Philippou lograron hacerlo y construir un fenómeno curioso. La historia de un grupo de adolescentes que utilizan una mano disecada para invocar espíritus y permitir que los posean no es sólo una premisa terrorífica, a la vez salta al terreno de los duelos, retos y extraños juegos que la cultura de los nativos digitales lleva a cabo a diario. De hecho, toda la película es un homenaje a la generación Z y su manera de entender las comunicaciones, el miedo y las relaciones.

Las posesiones  —grabadas, retransmitidas y convertidas en sucesos virales— son algo más que giros argumentales. Son narraciones acerca del bien, el mal y la moral contemporánea contadas a través de experiencias de 90 segundos. ¿Parece disparatado? Puede que lo sea hasta que los directores convierten a lo sobrenatural en un objeto de curiosidad pública, en un deseo colectivo por comprender el origen de lo inexplicable. El tema central en Talk to Me no es el miedo, de la misma manera que las posesiones no hablan sobre el dominio de lo ético. En realidad, la percepción general es una búsqueda de respuestas a lo que provoca el cinismo de una generación educada por tabletas, teléfonos celulares y pantallas de televisión.

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Una generación, además, que creció con las más crueles, tétricas y retorcidas películas de terror; con libros siniestros al alcance de la mano. ¿A qué le temen los adolescentes que transmiten en vivo las posesiones en la cinta? ¿Cuál es el límite? ¿En qué punto lo que parece una broma grotesca se convierte en una serie de violentas escenas cada vez más frenéticas? ¿Qué es el mal contemporáneo?

 

Una y otra vez, a la búsqueda del miedo

Lo mismo se preguntó la película Skinamarink de Kyle Edward Ball, también debutante detrás de las cámaras y que convirtió una idea abstracta en un éxito de estudio. Ball —que escribió la idea en tres cuadernos, grabó en la casa de sus padres, utilizó a sus sobrinos como protagonistas y alquiló las dos únicas cámaras que utilizó— creó un prodigio de sencillez terrorífica. Su película cuenta la historia de dos niños que despiertan en una casa sin ventanas, atrapados en un limbo infinito que se reconstruye a sí mismo hasta abrirse paso en una curiosa mezcla de paranoia, terror primario y angustia sugerida. La casa es un ente vivo, abrumador, desquiciado; los niños, rehenes que deben huir en las entrañas del monstruo.

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Pero el monstruo doméstico también estuvo presente en M3gan de Gerard Johnstone, otro suceso de Blumhouse en su política de «invierte poco y distribuye todo lo que puedas». La historia de la muñeca convertida en asesina no es nueva. Sin embargo, sí lo es la reflexión al fondo del argumento acerca de la dependencia de la tecnología, el miedo patológico a la intimidad y una burlona versión de un mundo hipercomunicado. El juguete titular, con sus enormes ojos celestes y el cabello bien peinado, es una criatura vil y perversa que aprendió a serlo a fuerza de retorcer sus directrices y hacerlas más eficientes. ¿Una ironía sobre la constante necesidad de encontrar en lo técnico una respuesta a la soledad del siglo XXI?

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Algo de eso sugiere la inclasificable, perversa, ultraviolenta y agobiante Terrifier 2 de Damien Leone. Convertida en un clásico instantáneo del cine gore, el relato que rodea al payaso asesino no puede ser más postmodernista y macabro. Matar por poder, por vanidad, por necesidad. O sólo hacerlo por el mero placer de hacerlo. La película  —que también escribe su director—  no está allí para responder preguntas. Tampoco para analizar las posibles respuestas. En realidad, lo único que hace es proponer que lo maligno está incorporado  —vinculado, enlazado—  a lo humano. Una especie de ADN condenado a lo temible que cada persona lleva a cuestas.

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Una apuesta temible

En Talk to Me el miedo está en todas partes, como una conexión entre el grupo de adolescentes que invocan espíritus con la misma alegría incrédula con que tienen sexo o fuman sustancias prohibidas. Para ellos, lo desconocido es otra etapa de la experiencia temible que abarca todas las cosas.

La película, tan cruda que por momentos resulta repulsiva, no pretende explorar las raíces de a qué le tenemos miedo o cómo nace el horror. Lo que sí intenta es dejar claro que todos estamos vinculados por nociones sobre lo que nos provoca inquietud. «El límite de la oscuridad», como lo llamó Freud. El límite de toda la voracidad de la muerte en busca de explicaciones. ¿Muy profundo para una película de adolescentes? Sin duda se trata del golpe de efecto de una película destinada a marcar un hito en el género.

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Talk to Me y Terrifier 2 se pueden ver en Prime Video, M3gan en HBO y Skinamarink en Mubi.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

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