EL PROTAGONISMO FEMENINO

EN EL CINE DE TABOADA

I

 

Eduardo Hennings

 

Cuando por parte de las producciones, en su mayoría anglosajonas, el mundo era atiborrado por una ciencia ficción catastrófica (The Last Man on Earth, 1964 / Terrore Nello Spazio, 1965) y de asesinos o de locura (Psicosis, 1960), en México el cineasta Carlos Enrique Taboada decidió mantener en el género a los fantasmas y la brujería, con aspectos relevantes que le han permitido una fuerte presencia aún 50 años después del comienzo de su más memorable trabajo.

Taboada nació en 1929 en el Distrito Federal, antes del mayor auge del cine mexicano, pero creció y se crió con éste, viendo muy de cerca la internacionalmente conocida “época de oro”. Resulta hasta cierto punto increíble la notable ausencia de semejanzas en valores y estereotipos entre su creación cinematográfica, puesto que todo este antecedente cultural para él había estado bastante presente.

Carlos Enrique Taboada

Era constante la insistencia en específicas estructuras sociales y de género que la época de oro del cine mexicano procuraba fomentar; su importancia, en tanto dogma cultural soportado por 30 años, es innegable, porque es difícil esquivar los bombardeos de las glorificadas identidades nacionales. Más todavía: diciendo una obviedad, estas características-vicios fueron solamente alimentadas por el cine mexicano, pero son los anteriores siglos de anti virtudes los que caen encima de la sociedad y las artes. No obstante, al parecer Taboada supo deslindarse, pues la parte de su obra que más ha trascendido está sorpresivamente libre de aquello.

Antes de cumplir los 40 años, comenzó a crear lo que terminaría por convertirse en una tetralogía temática conocida como “La tetralogía del terror”. Este trabajo lo empezó en 1968 y lo finalizó en 1984. Tal fue su influencia, que en nuestro siglo se le han hecho dos (desafortunadísimos) remakes.

Dando inicio a tal tetralogía, Taboada escribió y dirigió su primera gran obra cinematográfica: Hasta el viento tiene miedo, donde siete muchachas en un internado para señoritas son obligadas a quedarse estudiando como castigo durante un verano en que las atormentará un espíritu que ha vuelto por un motivo de venganza contra la dictatorial directora del carcelario colegio. Las jóvenes, con ayuda de una amable profesora, van descubriendo quién es esa hermosa alma en pena y por qué está ahí, hasta darse cuenta de que cada una tiene semejanzas con ella en la situación que han sido sometidas a vivir. A punto de rayar en lo coral, las alumnas, cada una enteramente diferente a las demás, se adentran, voluntariamente o no, a este inusual problema hasta sus últimas consecuencias.

Este filme tiene la mayoría de las características con las que la tetralogía jugará: la abundancia de mujeres, la exploración de los amplios caracteres en el género femenino, la confrontación de lo nuevo con lo viejo, lo liberado contra lo rigurosamente establecido. Se comprende una rebeldía siempre patente, pues la modernidad se opone en toda ocasión a lo caduco, y la insistencia de lo caduco acarrea complejidades. Esta tensión se vivía en las plazas del mundo durante el 68, y tan crudo como las plazas era Taboada, que solucionaba esta constante lucha con el apaciguamiento que da la muerte. Dentro de la tetralogía, este aspecto se repetirá con el tercer filme.

Otra característica es la poca presencia de hombres: en la hora y media de metraje solo hay tres personajes masculinos, incidentales por igual, que funcionan de dos formas: 1) como otra perspectiva (una aparte) y 2) como reflejo directo de la voluntad femenina. El mundo que Taboada inventó en su cine no niega al hombre, nada más lo hace a un lado, y resulta efectivo.

Entre otros puntos, es interesante la percepción del autor ante lo sobrenatural. Mientras que el mundo tenía mil monstruos (fantasmas irreales o malos porque sí, asesinos frenéticos, cosas inenarrables, entes amorfos, locos coludidos y demonios), el cine de terror mexicano recibió, desde la mente de nuestro cineasta, a Andrea. Para Taboada, lo más peligroso son los errores y las malas pasiones humanas (en este caso, la venganza), pero estas últimas llevadas más allá de la muerte. Todo esto conforma una humanización absoluta de lo sobrenatural y lo tormentoso, además de ser una de las pocas posesiones en el cine mexicano de ese tiempo.

Estrenó inmediatamente al año siguiente (lo cual no ocurriría de nuevo) otra película, la segunda de la trilogía del terror: El libro de piedra, única historia en la que los hombres tendrían un poco más de participación. Trata de Silvia, una niña que hace tiempo perdió a su madre y cuyo padre se ha juntado con una mujer que ella no quiere. Ellos intentan procurarle un nuevo inicio en una casona en el campo, pero en ese inicio Silvia es problemática y piden la ayuda de Julia, una institutriz reconocida. Ella descubre que el peor problema de la niña es una estatua austriaca antigua, a partir de la cual se inventa, o así lo cree la institutriz, a Hugo, un amigo imaginario, pero comienzan a sucederse situaciones trágicas e incomprensibles.

En esta película se prevé la malicia maestra que llevará a Taboada, más de una década después, a premios del Ariel al final de su carrera cinematográfica. Empieza en esta obra a manejar el tema de lo místico y la brujería, haciendo mención del medioevo y de ritos indecibles. Pero, sobre todo, se adentra a la etapa infantil del humano, que no es ni un poco parecida al lado ingenuo, tierno e inocente, sino todo lo opuesto. Este cineasta alcanza a comprender el golpe que eso significa, entonces nos da: a) una madrastra voluntariosa pero incapaz, igual que el distanciado padre, de frenar a una niña que hace cosas malas sabiendo que daña, b) sirvientes sin palabra aparentemente lógica o percepción que valga, c) otro pariente que no es tomado en serio y d) la institutriz, única que, por su cercanía a Silvia, termina por oír varias respuestas que la llevan a la explicación lógica, aunque inexplicable. Sin embargo, con los niños es todo tan frágil y un error o una decisión tardía son graves. Es desde tal razonamiento que Taboada se desliga pronto de la ligereza de un final feliz, con problemas resueltos y certezas, como en Hasta el viento tiene miedo, y llega al agrio final donde la maldad gana: aquel final de un alma presa en una maldición eternal. Todo bajo la estética gótica que adoptó desde el primer filme de la tetralogía, y que estará en el resto. Porque el conjunto de sus cuatro obras no es solo temático, sino también visual.

Las películas mencionadas hasta esta parte concuerdan con la idea de que el estilo gótico, tanto en las historias literarias como cinematográficas, busca reflejar y satisfacer “[…] nuestra creencia innata en que los crímenes del pasado aflorarán de forma inevitable en el presente y en que el mal pervivirá en el tiempo (si no en el espacio).”*

Concluirá…

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*Penner, J., y Jay Schneider, S. (2018). Cine de terror. Eds. Duncan, P., y Müller, J. p. 154. Alemania.

Criollo, R., y Caballero, J. (2020). El estante de lo insólito. Recuperado de: https://www.jornada.com.mx/2020/08/21/opinion/a12o1esp

Hueso P., C. (2012). El cine de terror de los años 60 y su relación con los nuevos cines. Universidad Politécnica de Valencia. https://www.ucentral.edu.co/sites/default/files/inline-files/cine-terror-annos-60-relacion-nuevos-cines-cineclub-septiembre.pdf

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Eduardo Hennings es un estudiante de Letras Hispánicas en la UANL. Escribe narrativa, poesía e incursiona en la crítica de cine.

Ha sido publicado en antologías físicas en México y Argentina; también ha colaborado en revistas tanto digitales como físicas (LIJ Ibero y Revista Icónica, entre otras).

Fue editor de la Revista Latinoamericana de ciencia ficción Espejo humeante y participó en la redacción y difusión del 17° Festival Internacional de Cinematografía de Monterrey.

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