APUNTES JAPONISTAS

VIII

Emiliano González

 

I

II

III

IV

V

VI

VII

 

A pesar de su título, El hombre-lobo de Londres (1935) es un filme orientalista: el doctor japonés Yogami, un hombre-lobo, muerde al botánico inglés Glendon y quiere obtener la planta extraña llamada Marifasa lupina, que florece a medianoche en la meseta tibetana y que provoca licantropía, pero también puede curarla. Yogami muere tratando de conseguirla. La flor de la Marifasa es el símbolo del paso, en el orientalismo, de la flor azul soñada de los románticos a la amapola del opio, narcótico fatal. Como el opio la Marifasa implica la muerte, pero provocando una fiereza similar a la del anti-héroe de la tragedia Heracles rabioso. Es la famosa “mariguana” de los anti-sociales, llevada al arte cinematográfico, lo cual equivale a transportar una superstición al arte para poder controlar las emociones que suscita. Ciertos casos anti-sociales aislados, muy particulares, han causado un prejuicio general contra el cáñamo o hashish, y ese prejuicio ha suscitado un mito realista comparable con el de la licantropía sobrenatural. El hashish mezclado con opio de los antiguos sectarios de Hassan y las alarmas del envidioso doctor Moreau contra el hashish dan todavía, en nuestra época, mala fama inmerecida a la droga creativa, espiritual y sensual. Ramón del Valle Inclán, autor erótico y religioso, Rafael Arévalo Martínez, Santiago Argüello, Leopoldo Díaz y Efrén Rebolledo, modernistas hispanoamericanos, han elogiado las cualidades del cáñamo o hashish, reconocidas por Darío en su adolescencia. En los libros de Arévalo Martínez, la mariguana oculta en el interior de un Buda hueco y relacionada con el homosexual Barba Jacob, no es lo mismo que el hashish poético de la ninfa verde.

El doctor Moreau trata de suavizar su actitud ante el hashish afirmando que éste puede curar, no sólo causar, la locura. De ahí la Marifasa lupina del filme.

Aunque los diálogos no lo dicen, las imágenes muestran que la proximidad de la luna llena y de la flor provocan la licantropía del doctor japonés que muerde e infesta al botánico inglés. La flor azul es identificada con la licantropía en el relato “La otra orilla” del conde Eric Stenbock (raro autor decadente) y ese detalle influye sobre el filme. Sin duda el doctor Moreau es recordado, pues cuando se oye el aullido de un lobo el doctor Yogami dice que es ”un alma perdida”, y La isla de las almas perdidas es el título de un filme basado en la novela La isla del doctor Moreau,de Wells, en que el doctor real es convertido en personaje imaginario. El doctor Moreau de la realidad se basa seguramente en Eurípides cuando declara que el hashish, dañino, puede ser también curativo, pues en una tragedia, Telefos, Eurípides muestra que la herrumbre de la lanza de Aquiles, que ha abierto la herida del rey de Misia, puede también cerrarla. La licantropía es metáfora de la locura y Cervantes muestra interés por la licantropía en Los trabajos de Persiles y Segismunda y por la locura en el Quijote.

El rey-mendigo Telefos, que para ocultarse aparece en harapos, como Ulises, y Valle Inclán, que considera al mendigo una “piedra rodante”, nos recuerda la canción “En otra tierra” de los Rolling Stones, sobre flores azules, y el cuento “La otra orilla” del conde Eric Stenbock, sobre flores azules… y licantropía.

Claude Farrère en Humo de opio retrata al narcótico en lo que tiene de engañoso y letal. En la leyenda del opio, con su mezcla de realidad y fantasía, la droga parece ofrecer la felicidad y ofrece en realidad la muerte. Un hombre con sus brazos y rostro bermellón, en medio de la selva, se sienta bajo la tienda del emperador amarillo Hoang-Ti. El hombre monstruoso es un dios que ríe todo el tiempo. En la mañana, el dios se acuesta y sopla tres veces, y mágicamente brota un bambú y luego surgen una amapola y una llama. El bambú se orna de oro y jade, el nudo se ensancha, formando tabaquera, la amapola destila un licor parecido a la miel negra; tal es la primera pipa y el primer opio.

El dios fuma y el emperador lo imita. Pero el pueblo se opone al ejército de la selva, y hay muchas muertes de humanos. Sin embargo, éstos logran talar la selva. Con el tiempo, los nietos de los taladores alzan el mausoleo del rey y construyen ciudades. Los dioses, aplacados, habitan las pagodas.

En un palacio violeta, el emperador fuma y contempla la ciudad, en que el humo se escapa en grandes espirales, envolviendo a todo el pueblo.

La droga implica clarividencia y parece dar embriaguez sublime. De la impresión de ser una serpiente emplumada: “tempera las rudezas bárbaras, calma las energías desproporcionadas, civiliza y refina.” Pero en realidad implica la muerte.

Hong-Kop, un pirata sanguinario, se abate sobre comerciantes y pescadores. Aparentemente el opio lo perfecciona y lo vuelve superior a otros hombres. Como desea ser acariciado con amor al fumar, tiene varias mujeres a su servicio. Pero esta vez aspira en su pipa de jade una píldora de opio y sus ojos se llenan de pensamientos sobrenaturales. Las almas de los príncipes antiguos (huidas de las tumbas mal guardadas por tigres de granito) se mezclan en su alma con las almas de los príncipes futuros.

El emperador hiere con una flecha al rey dragón, que duerme en el mar (esperando la hora de anunciar nueva dinastía de emperadores) y el dragón se hunde en el fondo del mar. El emperador es asesinado en una cacería. Un archipiélago surge en el mar.

El opio le anuncia un peligro a Hong-Kop: un junco (pequeña embarcación) se aproxima flotando sobre el agua. En el junco hay una tienda en que una princesa escucha los versos que numerosas mujeres bellas desgranan, acompañadas por instrumentos de cuerda.

Hong-Kop blande su arco y clava la mano de la princesa en el marfil del trono. Ella grita. El mar se encrespa, como a impulso de un latigazo gigantesco y una espesa cortina de agua se alza entre los dos juncos, y al cabo de un minuto vuelve a reinar la calma. El junco de la princesa ha desaparecido.

Hong-Kop recorre el mar en su junco, sabiéndose pirata y rey del mar, deja el remo y se recuesta para fumar opio, pero éste le falta: la provisión no ha sido renovada por las mujeres. Hong-Kop fuma lo poco que le queda. Va a dar a un laberinto fantástico de cavernas subterráneas y submarinas.

El rey dragon le dice a Hong-Kop que ha herido con su flecha a su sagrada hija y en castigo agonizará lentamente, sin arroz, agua ni opio.

Pero Hong-Kop responde que sabe que es mortal y fuma otra pipada. Las rocas le cierran impenetrablemente la retirada.

Después, le falta opio y siente un dolor sordo, una sed que parece ahogarlo. Desaparecen la “filosofía prudente”, la “indiferencia asiática” y al “noble valor desdeñoso”. La razón vacila en el cerebro vacío de opio. Los genios maléficos de la noche bajan de la montaña y se burlan de Hong-Kop. Este, vencido, yace en su tumba flotante. Una ronda fúnebre se encadena y gira.

Hong-Kop, loco, siente sobre la piel tocamientos horribles y “un revoltijo obsceno y terrorífico le patea el cuerpo, de manera más brutal cada segundo.” Los fantasmas se disipan como cuervos perseguidos.

El cuerpo de Hong-Kop tarda en recobrar su serenidad en medio de una especie de día a medianoche. El sueño, misericordioso, lo invade, y luego se despierta con los rayos del sol. Ve su tarro de opio lleno y recupera sus capacidades perdidas. Vuelve a fumar. La luz milagrosa que ha visto antes toma la forma de una mujer infinitamente delicada y hermosa, de cabellera negra, que sin embargo tiene una herida que la identifica con la princesa herida por la flecha de Hong-Kop. Ella le tiende el brazo, que gotea sangre con lentitud, y él ve que la sangre es opio, que antes ha llenado su tarro. Las miradas se encuentran y ambos se acarician, mientras la luna retrasa su curso en el firmamento. Pero la princesa se va sobre el mar, más diáfano por instantes, y desaparece para siempre. Hong-Kop se convierte en genio, un genio infeliz, al haber sido amado por una princesa inmortal. Y desde entonces Hong-Kop busca a la princesa, sin poder encontrarla nunca. Los pescadores temen verlo, porque su aparición es letal.

Influido por Farrère, el escritor ecuatoriano P. Salcedo y Mc Dowall redacta las novelas cortas de El fumadero (libro de portada curiosa, publicado en 1928), en que la novela principal es la de un poeta, amigo de un escritor y de un crítico que no quieren casarse porque suponen que el matrimonio arrebata “la independencia de soñar”. El poeta posee el ensueño de unirse con una mujer, pero sus amigos hacen de su ilusión “un manojo de ortigas y de cardos” para sangrar el corazón y el alma.

Uno de ellos dice que en pocos minutos estarán gozando de “un amor infinito, dulce y tierno”, el amor del opio, mientras él, el poeta, se quedará esperando que los bucles de la novia caigan desde la ventana.

El poeta, después de años, va a un fumadero donde sus amigos se entregan al opio junto con algunos “hijos de la asiática raza” que fuman “al resplandor indeciso de unas lamparillas de cristal”. Al ver a sus amigos “confundidos entre aquellos despojos humanos que el vicio destruye y corrompe”, siente asco y cree que “un satánico anillo de hierro” quiere estrangularlo. Cree desmayarse y siente que la vida se aleja.

Huyendo, abandona el fumadero como fiera que se escapa del cautiverio. Ha presenciado el rito de un “snobismo” degradante y triste que lleva al fracaso definitivo. Y dice las trágicas palabras del agorero cuervo de Poe: “¡Nunca más!”

En la portada de El fumadero hay un recuerdo de la novela de Farrère. Lo digo por el rey-dragón (un monstruo rojo de cara azul) y las olas agitadas del mar.

El estridentista erótico Luis Quintanilla resulta caricatural en su poema “Alba”: “Peces opiómanos / de la bahía de Cantón / se despiertan / y deslizan con lujuria / al rozar pechos erguidos / de las hembras caídas / que ha desnudado el mar.”

El poema es de Radio (1924). El libro se subtitula “Poema Inalámbrico en Trece Mensajes”.

A pesar del título, el exotismo del libro Caolín (1931) es más bien africano, árabe o hindú. Los poemas son de vanguardia. Los únicos elementos chinos del libro son el caolín y el opio. El caolín es una arcilla blanca usada en la fabricación de porcelana china de muy buena calidad. El primer poema es un pequeño manifiesto del autor Manuel Ruiz Esparza:

“Poesía, redonda y corta, / como la gota. / Mujer tranquila y honda, / como laguna. / Arte, grande, lejano, / como el espectro. / Y la vida, madura, / como el arroyo…” El segundo poema dice: “La dosis, / milagro pequeño. / El grave alcaloide / domina… / Digital austero, / compensas el ritmo. / Reposo y morfina. / El opio es tirano / del sueño. / En el paso, ardiente, / de la urbe moderna, / se escucha el chasquido, / violento, / de la cafeína… / La dosis pequeña: / molécula fuerte / de la aconitina.”

No es China el lugar de origen de la expansión del opio sino Arabia, pues desde la antigüedad el Corán prohíbe el alcohol y el hashish y éstos se ven sustituidos por el opio. En Grecia el opio tiene uso médico y el autor latino Plinio se refiere al “jugo” del opio, que “no tiene solamente una propiedad soporífera sino que, tomado a dosis muy altas, causa la muerte por el sueño.” Los persas llegan a comer opio con miel o canela pero sólo más tarde adoptan la costumbre de fumar opio… debido a los chinos. El autor Chen-Tsang describe por primera vez la flor de amapola en su Tratado de botánica del siglo VIII, y el poeta Yung-Tao, habitante de la provincia Se-Shuang en el año 906, describe amapolas blancas cercanas a su casa. El gobernador Wang-Hi, muerto en 1488, señala el origen árabe del opio y el término “afyun”, del que proviene Fu-Yung, nombre chino del opio.

El “chamdu” (origen de la palabra Xanadu”) es una preparación especial y lujosa de opio.

Un libro olvidado, El opio (1910) de Paul Gide, suministra datos valiosos.

Mi soneto satírico “Dreamstuff”, con una mezquita en vez de una pagoda (ripio para rimar con “sodomita”), en realidad es una premonición de mi lectura sobre el origen árabe del opio chino. En mi soneto el opio, por sus efectos nefastos, es comparable con la manzana del Edén.

En mi libro Los sueños de la bella durmiente hay otros fragmentos orientalistas: una leyenda china inventada por mí y un poema en que digo: “Los prados / que Buda cultivó en Igurazume”, refiriéndome a un lugar japonés imaginario, probablemente paradisiaco. La poesía en prosa de Mirlitón contiene “decoraciones chinas o moriscas”: reaparecen los motivos chinos y árabes de mi soneto “Dreamstuff”, de la primera parte del libro, en que figuran Tablada, Rebolledo y Machen.

Para Machen, el Oriente es la fantasía árabe, recibida en cuentos que no han sido traducidos por Burton (cuyo inglés le parece detestable). Pero el Oriente es para Machen también China, que él imagina con su propio espacio y su propio tiempo, en medio de la cotidianeidad inglesa, en el cuento “N”. Los templos y cenadores bajo el sol, en un jardín paradisiaco, nos sorprenden, sin el opio nocivo, y nos llevan a los domos de placer de Kublai Khan y al palacio de Aladino, en las “nuevas mil y una noches” que constituyen la literatura del autor galés, impregnada de éxtasis y sueño.

El Oriente para el opiómano De Quincey es horrible debido a los sueños acerca de éste: monos, pericos y cacatúas, animales imitativos, repetitivos que se le aparecen en las pesadillas de opio. Al comienzo del filme Ciudadano Kane (1941), de Welles, podemos ver a esos animales, y es que el filme define la vida de Kane como un sueño de opio… sin opio, y que el personaje no lo fuma ni come (las imágenes reflejadas de Kane durante un conflicto psicológico son reveladoras). De Quincey parece habitar un panel chino del artista exótico Huet y ser la figura humana de porcelana, bajo una pagoda, entre dos monos vestidos, en un escenario con terrazas que no llevan a ningún lado (arquitectura horripilante), pájaros posados en argollas y un cocodrilo sosteniendo un parasol. Así son los espantos del sueño, no las maravillas del exótico Huet.

En el filme de Welles, el rostro de Kane cambia, y cerca del final semeja el de un chino viejo: una especie de “Kublai Kane”, por el emperador chino Kublai Kahn del poema de Coleridge sobre Xanadu.

Lovecraft mezcla la arquitectura ilógica de la pesadilla oriental de De Quincey con la ciudad sumergida, otro tema de los autores relacionados con el opio. Sobre ellos nos informa Alethea Hayter en su libro El opio y la imaginación romántica (1968). Pero no menciona a Lovecraft.

El “peligro amarillo” al que aluden los narradores de misterio y horror Chambers y Rohmer, de fines del siglo XIX principios del XX, es sobre todo el opio, pero está implícito en los ataques de los racistas europeos a los chinos. El racismo puede ser occidental u oriental. En La máscara de Fu-Man-Chu, filme de 1932, el villano oriental pretende ser el dueño del mundo y quiere recuperar la espada y la máscara sagradas de Gengis Khan para exterminar a la raza blanca. Unos científicos se oponen a él y algunos son torturados o muertos, y finalmente el villano se adueña de las reliquias sagradas, pero se salvan un par de científicos, atacan a Fu-Man-Chu con el rayo de la muerte que lo ha auxiliado y arrojan las reliquias al mar.

Según Bioy Casares, el peligro amarillo es simplemente un error en la literatura misteriosa y fantástica: si Wells hubiera hecho, en vez de un hombre invisible, ejércitos de hombres invisibles invadiendo y dominando el mundo, habría caído en el peligro amarillo.

Éste, implícito en el racismo europeo, es muy diferente.

Continuará…

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Imagen de cabecera: «Fu Manchu», por Lenka Simeckova.

Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007), Ensayos (2009) y La ciudad de los bosques y la niebla (2019).

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