APUNTES JAPONISTAS

XIII

Emiliano González

 

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

 

 

La mujer, que abunda en la pintura japonesa, escasea en la poesía, aunque el paisaje unido al temperamento propicia lo amoroso. Y la mujer es “símbolo del placer, encarnación del amor”.

Los patios interiores son en realidad reproducciones, en miniatura, de algún rincón de montaña o de algún parque célebre. Con una maestría semejante a la de los escultores de figulinas marfileñas, el jardinero coloca los árboles, cascadas y precipicios vistos en el paisaje modelo, “ante una peña musgosa que simula un fondo de montaña”.

Los pinos y robles de cincuenta centímetros, las florestas bebés a que alude Montesquieu en la crónica de la Exposición de París, nos hacen recordar a Gulliver en Liliput. Los arbustos centenarios que se estiran en ramificaciones como serpientes, que dan sombra verídica y se redondean en actitudes de armonía dan sensaciones de grandeza natural en espacios muy reducidos. A estos espacios se añaden piedras y canales que suben agua desde el río.

Los panoramas y los jardines tienen para los japoneses un significado simbólico o religioso.

Mapa de Nikko.

Una leyenda nos habla de un sacerdote budista que se entristeció ante lo indiferentes de las piedras y les explicó tan emocionado la doctrina santa que pronto las más grandes fueron inclinándose hacia él para oírlo mejor. Otra leyenda nos habla de una piedra que se escapó llorando al recibir una patada de un emperador. El animismo de las rocas es de un humor de vanguardia. Gómez Carrillo se extasía ante los lagos diminutos y las colinas de un metro de alto y formas exquisitas.

Así como la figura femenina casi no aparece en la poesía, tampoco vemos la figura del hombre. El japonés necesita el biombo de la naturaleza para mostrarnos la silueta del alma humana. Las dimensiones del cuerpo humano parecen distraer de la inmensidad de las montañas y de la infinitud del océano, símbolos de amplitudes internas, de las grandes distancias del alma.

El salto de agua Sira-Ito parece “una cabellera de plata que ondula”.

Un poeta compara una cascada con el cinturón blanco de su amada cuando cae a sus pies a la hora de desnudarse.

Una objetividad refinada y crítica distingue al libro de Gómez Carrillo. La realidad asombrosa sirvió de base para las elaboraciones subjetivas de los modernistas mexicanos, que estimularon el libro del objetivo escritor guatemalteco.

El refinamiento y la capacidad crítica le permite a Gómez Carrillo transforma historia en leyenda y religión en literatura.

Ante los esplendores arquitectónicos de Nikko, la imaginación del autor palidece. Una pagoda de cinco techos azules con un friso de monos a sus pies se alcanza luego de recorrer alamedas de árboles coníferos, de criptomerias gigantescas. Los monos del friso se tapan la boca, los ojos y los oídos para simbolizar la discreción, se inmovilizan en posturas beatas para significar la fe o escalan rocas escarpadas y se ayudan entre sí para representar la caridad. Los cuerpos llenos de pelo y lo grotesco de las caras resultan imborrables para el visitante sensible.

Se ven asimismo diversos dioses. Daikoku, señor de las riquezas, con cabellera de cuernos entrelazados y feroz risa, sostiene un saco repleto de dinero. Benten, dios de la Belleza, sonríe con labios curativos. Bishamun, dios guerrero, blande una maza de oro. Y Hotil, protector de los bebedores y cantantes, parece un Buda borracho, un equivalente japónico de Baco.

Dragones, leones alados, pavos reales, ibis, perros con cabezas de cocodrilos y seres híbridos, entre toros y ratas, que sostienen relicarios, pueblan los templos. Las serpientes multicéfalas de cuerpos triangulares, que forman al bajar columnas salomónicas, las quimeras con alas de fénix, anidando en los cabezales de las puertas, asombran y se esconden entre flores y ramas.

Las flores se enamoran, tienen caprichos y deseos. Hay un altar popular consagrado al héroe que salvó un sauce florido.

Los crisantemos, lirios y lotos hacen sinfonías de tonos.

Nikko, lugar sagrado, fue fundado por Siono-sionin, que desde niño era piadoso, y que recibió el don de la sabiduría de un ángel que se le apareció en un templo. En una caverna pasó tres años y en otra pasó otros tres. Una vez sintió la necesidad de ir a una montaña, impulsado por una voz misteriosa.

Al llegar al borde del río azul Inari, no pudo cruzar y esperó una semana. Una criatura angélica parecida a un demonio le mostró dos grandes y rojas serpientes e hizo con ellas un puente para recompensar su devoción, y Siono-sionin pudo fundar el templo de Nikko.

Las principales religiones japonesas son el shintoísmo y el budismo. En la primera el culto de los antepasados se une al culto por la naturaleza. La personalidad se vuelve universal o bien la individualidad permite que lo absoluto se manifieste. Las divinidades son personalidades humanas transformadas en lo absoluto. ¿Quién está conforme con tal transformación? El shintoísta que se despoja del yo.

Impersonal y abstracta es la religión, así como la naturaleza es impersonal y concreta.

En su rechazo del yo para unirse con el absoluto, el shintoísta se parece al budista.

La conciencia de lo absoluto e infinito rechaza la distinción de los seres humanos.

El confucianismo, con su temor reverencial por lo que decida el cielo, con su sentido de la realidad y lo Absoluto, con su afán de dirigir el corazón hasta alcanzar un estado de paz profunda, con la bienaventuranza del gran yo sin lazo alguno, es otra de las religiones japonesas, y juega un papel muy importante, papel que el cristianismo, de origen europeo, nunca jugaría.

Sin embargo, su bondad es muy grande.

La antigua caballería pretende que el humano se venza a sí mismo eliminando lo grosero y egoísta y muestra la cortesía aun en el odio y la sonrisa aun en la agonía. La originalidad de los dandies es una transformación de estas viejas ideas caballerescas, ya que pretende controlar la emoción por medio de la conciencia, voluntad que se nota en el estilo de Poe y de los simbolistas, voluntad heredada por la escritura artística de Gómez Carrillo. La victoria interna llega a tener más importancia que la externa para el verdadero caballero. El shintoísmo promueve lo leal y valeroso. El hijo de la diosa Amaterasu, diosa del sol, resulta una especie de Perseo o de San Jorge que mata a un dragón para devolverles su hija a unos ancianos, y es reverenciado en el Japón.

El auto-sacrificio es un acto de barbarie que en la antigüedad se consideraba noble, cuando el caballero era derrotado o puesto en cautiverio. En la leyenda, el auto-sacrificio consagra al héroe pero en la realidad, es un acto negativo.

La principal virtud social de los japoneses es la cortesía. En un cuento viejo, las alas se entreabren respetuosamente para tener el insigne honor de absorber el cuerpo del príncipe”, como observa Gómez Carrillo. Los caballeros proporcionan a los árboles la alta honra de dar sombra en el camino arduo. Los ríos sienten el orgullo de que los remos les proporcionen el placer de penetrar en sus aguas. Aun las flechas matan humilde y respetuosamente.

La sonrisa de las mujeres es otro rasgo de cortesía observado en Japón.

En el siglo XVII los campesinos elaboraban haikais: “En una rama seca / he visto un cuervo. / Esta noche tengo miedo.”

El cuervo es un ave fúnebre en el libro de Tablada y ave estridente en las Rimas japonesas de Rebolledo. Ya desde el siglo XVII implicaba pavor. Y el haikai no era cultivado sólo en ambientes caballerescos o en la corte, sino en el campo.

Las palabras-almohadas de la poesía japonesa sirven para llenar huecos y para adornar. Dan distinción a la frase y ocultan “la grosería de ciertos nombres”. Las palabras-almohadas son llamadas en Hispanoamérica y Europa metáforas: una copa es un “seno de cristal”, una mano abierta es un “cangrejo afectuoso”, la mariposa es un “gusano vestido de bailarina”, las ranas son “platicadoras verdes”. La capacidad sintética de los japoneses se muestra aun en los nagautas o grandes poemas. Muchos versos son intraducibles porque se basan en juegos de palabras. De rima inexistente y ritmo ligero, la poesía japonesa desdeña la elaboración formal y se entrega sobre todo a la ideología. Se pretende alcanzar la simplicidad de los paisajes dibujados, por medio de sugerencias y evocaciones. La poesía japonesa es para Rosny (el crítico citado por Gómez Carrillo) “un grito del alma o el eco de una idea”. Rosny añade que esta idea debe ser provocada y no expresada, pues la misión del poeta es “hacer entrever” un pensamiento disimulándolo entre algunas palabras. Gómez Carrillo ve en esto una premonición del sugerente simbolismo de Mallarmé.

Recuerda el autor una reunión en casa de un exportador de sedas, ubicada al fondo de un jardín clásico, “formado de árboles diminutos, de cascadas artificiales y de rosaledas liliputienses”, donde el autor ve una colección de piezas de porcelana. Ve Gómez Carrillo una taza tan fina y traslúcida que sus motivos decorativos parecen la sombra de una rama de almendro en flor vista a través de la porcelana.

Pu es el dios de la porcelana. Según la leyenda, Pu era uno de los más geniales ceramistas de su época gracias a sus jarrones, que parecían concentrar los colores del arco iris en una luz de perla.

El emperador solicita una copa a Pu. Éste se sacrifica en un horno para dar las palpitaciones de la carne a la porcelana acariciándola con llamas humanas. La copa entregada al emperador parece quejarse y estremecerse y murmura que el alma de Pu la anima.

«La leyenda del dios de la porcelana», por Mapez.

Gómez Carrillo anota que la situación social de la mujer japonesa es restringida, inferior y subordinada al hombre, en un esquema convencional. Sin embargo, una reciente novela de Sudo Nansui, Las damas de nuevo género, es feminista y su heroína se une con otras mujeres, discute de materias doctas y juega tennis.

Gómez Carrillo dedica un ensayo de su libro Literaturas exóticas a la autora japonesa Murasaki Shikibu y Sei Shonagon. La primera es autora de una larga novela acerca del amor, y la segunda redacta un Libro de la almohada, que consiste en una serie de fragmentos irónicos y estéticos acerca de la vida. En los catálogos de cosas detestables de Sei Shonagon hay un refinamiento, un humor y una crítica social. Sei Shonagon y Murasaki pasan la segunda parte de sus vidas en conventos.

El amor por la Naturaleza es algo religioso en Japón, ya que desde la infancia se inculca el aprecio por plantas, piedras e insectos.

La idea búdica de que las hojas dicen sus pensamientos al murmurar nos lleva al poema de Baudelaire sobre la selva de símbolos que deja salir palabras confusas, y al poema de Symons acerca de la voz del pájaro cantando mensajes.

Gómez Carrillo destaca las peonías, los lotos y las flores de ciruelo, cuya blancura es como de nieve. También son bellos los cerezos floridos.

El japonismo surge durante el comienzo de la literatura modernista y constituye un movimiento original e inevitable que llega hasta la vanguardia y hasta nuestros días.

El japonista en la actualidad debe atender a la creatividad y a la crítica japonesas y combatir el irracionalismo destructivo que en el siglo XX ha obligado a los aliados a defenderse por medio de la bomba atómica.

Veo que mis apuntes japoneses han formado una ampliación en prosa de mi poema “Lejano Oriente” (publicado en el suplemento Fin de semana en 1970), poema en que contrastaba a la guerra con el amor, en versos libres que aún son placenteros:

“El Oriente ya no es / un templo amarillo, lleno de gatos siameses / donde monjes budistas oran / y hermosas hindúes / se bañan en un arroyo montañés / O donde pájaros salvajes cantan / frente a los palacios suntuosos / tras las pagodas y casas de papel, / donde chinos y chinas eróticos / tomaban tazas de té, tocando una cuerda melancólica / o hablando de fantasmas en kimono / o peces parlantes / Escribiendo poemas frente a tumbas / de algún rey ya olvidado, / rodeado por los rugidos de los tigres / los gritos de los monos / los aullidos de los elefantes / ESO YA SE ACABÓ… / Ahora, los monjes rezan, oran para pedir / que no vuelva a caer una bomba / con la inscripción U. S. ARMY / y termine con lo poco que les queda / por meditar.”

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007), Ensayos (2009) y La ciudad de los bosques y la niebla (2019).

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