SUBURBIOS DE NEON CITY

(narraciones filocortantes)

VI

Emiliano González

 

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Cuarta parte

Quinta parte

 

Ámsterdam, 1978

Bajo en la estación de trenes, preocupado por mi falta de información, y un hippie rubio que habla inglés se me acerca y me pregunta si busco un hotel. Afirmo con la cabeza. “Welcome to the Fly-Inn”, dice, y me palmea un hombro. Los viajeros, ingleses y belgas, compran sándwiches y beben cerveza. Yo hago migas con Jakobbe, a quien invito a un trago en el bar de la estación. Bebemos vodkas tibios. “Let’s go to the night show. Papa Fritz exhibits de oddest freak you can imagine, one of the greatest living curiosities.” Lo miro con recelo. “And… what is it?” Jakobbe sonríe. “It’s the Big Tarantula, the King Kong of the insect world. He was caught in Borneo, during his lunch. And…”, añadió con una musicalidad perversa, “…he was feeding on human flesh…”

Caminamos por las calles retorcidas que ilumina la luz neón rosada. Rameras niñas, elegantísimas, se exhiben como maniquíes de carne y sangre en aparadores que imitan burdeles modern style. Llegamos al Fly-Inn, un edificio de ladrillo milenario y techo escalonado. En el umbral, dos niñas-escándalo juegan a inyectarse heroína, es decir, a vencer su horror por las hipodérmicas, horror que a muchos impide la entrega al delicado estremecimiento de la nieve sutil y silenciosa. Los policías, a pesar de sus uniformes negros y botas estrictas, hacen como que no ven y pasan de largo: estamos, al fin, en una ciudad civilizada. Entro con Jakobbe, los dos muertos de risa. El amplio recinto neblinoso, iluminado por cirios, tapizado de posters, lleno de hidromiel y de adolescentes, con ocho bocinas en lugar estratégico que nos arrojan el rock ligeramente anárquico de Shit Soup, es en ese momento el paraíso. Unas niñas-escándalo tatuadas de pies a cabeza circulan desnudas, ofreciendo stardust, cocaína, hashish, ácido, coca-cola, mescalina y hongos de Gales conservados en miel. Tomo una familia de nueve, sin pensarlo dos veces. El sabor a psilocibina me trae recuerdos, también amargos, de la Sierra Mazateca, de Tetela del Volcán, de los Montes Veracruzanos. La náusea previa a la beatitud. Ganas de vomitar que no tardan en desaparecer (jamás he vomitado). El olor a sándalo, de pronto reinante, me lleva al boulevard St. Michel, a los puestos de arabic trash, a la vagabunda de Ámsterdam que me cantó en los escalones del Louvre y rasgueando como hechicera una guitarra metálica, Maggie May. Recuerdo su voz ríspida, su carne dorada, sus bucles arcangélicos y sus blue jeans llenos de historia, bordados de FUCK (amarillo), de SHIT (verde) y de GOD SAVE THE QUEEN (rojo).

El Escritor piensa que la literatura, la filosofía y el arte no son otra cosa que farsas. Cuando el Escritor maneja ideas, éstas poseen el valor de imágenes, de figuras literarias. Con sus mentiras, el Escritor elabora palacios, cárceles, infiernos arquitectónicos. Aparte de ser una farsa, la literatura es una forma extrema del narcisismo, una suerte de masturbación sublimada. Todos estos aspectos de su oficio retroceden ante otro, esencialísimo: el de la embriaguez. Para el Escritor, el arte de escribir es el arte de emborracharse. Cuando no hay stardust, ni mariguana, ni hongos sagrados, hay una página blanca dispuesta a ser violada por su pluma fuente. La página en blanco es como una virgen siempre complaciente, siempre susceptible de convertirse en puta. El Escritor ama esa disponibilidad de la hoja en blanco a tal grado que siempre que se topa con una, su verga “tensa el pantalón” (G. Bataille). El Escritor, fuera de la literatura, es un bebedor, un fumador y un sátiro. Aburrido de las perversiones ortodoxas, que muchos ni siquiera consideran perversiones (coprofagia, bestialismo, sodomía) el Escritor inventa, o cree inventar, nuevas, como por ejemplo: aguarda en la entrada del Metro, a las colegialas con una tijera en la mano, tratando de estar bien en su papel de viejo depravado y ansioso (en realidad, el Escritor es un pobre joven intelectual, incapaz de hacer daño a una mosca). Entra, junto con las niñas, en un vagón. Muslos y nalgas, tetas a veces, lo rozan por todos lados. Pero él no es un frotteur: los bucles rubios lo escalofrían. Cuando la excitación no se origina de una cabellera real sino de un mechón de cabellos imaginarios, la cosa está que arde, pues homos entrado en el santuario magnífico del erotismo. Y, para el Escritor, los cabellos rubios que en ese momento corta no son cabellos rubios sino cataratas de sueño, pelos de sirena, melena de las hadas. Mientras corta, eyacula. Y luego, al salir del Metro, no conserva la prenda hurtada, no se solaza con the rape of the lock: arroja el tesoro amarillo, ya despojado de toda energía libidinal, en un bote de basura rezando unas palabras de Sade:

“Luego del libertinaje, nos sentimos más solos, más vacíos, más infames.”

Putas mexicanas invaden Ámsterdam. Desde uno de los balcones del Fly Inn, Tina y yo les arrojamos una cubetada de “agua de culo” (*).

……………………….

(*) “Agua de culo”: en las zonas rojas de Guatemala, las rameras vierten sobre los paseantes incautos (o que han rechazado proposiciones) una palangana de agua que han utilizado para limpiarse el coño, el trasero y los sobacos. Llaman a esa mescolanza “agua de culo” y se regodean imaginándose la posibilidad de enceguecer a alguna víctima con gonococos ambarinos.

……………………….

Jakobbe se retuerce de risa en la alfombra. Las putas, empapadas, nos insultan y aúllan de rabia. Tina grita: “¡Rameras! ¡Cortesanas! ¡Putas! ¡Hetairas! ¡Mujeres color escarlata! ¡Suripantas!”

Hojas de diario vuelan por las calles retorcidas de Ámsterdam, tapizando el infierno con anuncios de asesinatos.

Dibujo de Emiliano González

*

Valle de la Muerte, 1980

Quietud ominosa, nopales rojos, olor a mariguana, esqueletos de coyote, charcos envenenados, hora de la desolación. Veinte motocicletas descansan alrededor de una casa de adobe muy larga. Sobre una pared semiderruida alguien ha pintado con spray fosforescente el verbo DESTROY, seguido de la frase BORN TO RAISE HELL. Al lado derecho ese mismo alguien ha trazado una swástica y al lado izquierdo una estrella de David. Por la única ventana del refugio asoma una calavera de casco nazi. El resto de la pandilla ronca, exhausto. La osamenta vigila, asomada por la ventana, y fuma un cigarro de cannabis sativa: el humo pasa por las cuencas vacías y se concentra en el techo de adobe. Allá lejos, en el horizonte desértico, un hongo atómico hermosísimo crece, anaranjado. Sobre la pantalla se dibuja con letras góticas la palabra FIN y el telón baja, rechinando.

*

París, 1976

Mientras Baby Lon y yo bebemos una copa de vino cerca de la fuente de Saint Michael, un árabe y un joven francés hacen lo posible por reducirse a polvo. Se golpean con todo lo que hay a su alcance: paraguas de turistas, mesitas de restaurante, sillas metálicas. El francés, de cuya boca surgen sapos y culebras, toma una gran piedra de un edificio en construcción y la arroja contra el árabe, que hábilmente la esquiva, arranca un cubo de basura y se lo clava al francés en la cabeza. Luego, se sienta sobre él. El prisionero se debate sin éxito. Yo sé que si hubiera un agujero en el cubo de basura el árabe defecaría suave, paradisíacamente por ahí. Pero su propósito es, más bien, asfixiar a su contrincante. Los gendarmes lo miran todo desde las tinieblas de una camioneta con barrotes, pero ni siquiera comentan el suceso: ven a la Muerte y siguen concentrados en su goma de mascar. Baby Lon y yo iniciamos un discurso en pro de la paz, que sorbo a sorbo decae y se convierte en disertación sobre el erotismo y las adolescentes. Como se trata de nuestra sexta copa de vino, la gresca franco-árabe se esfuma del todo y al levantarnos del café las calles están vacías. Recorremos el París nocturno de Maupassant, los mercados del miedo, los puentes de la angustia, los parques invernales de Verlaine donde dos viejos espectros evocan el pasado: una cita de Rubén Darío frente al Petit Palais cubierto de nieve. Volvemos al Quartier Latin y notamos, por primera vez, que han adaptado Cluny a la invasión bárbara, convirtiéndolo en expendio de hamburguesas. Los motociclistas celebran sus reuniones en los patios conventuales y las go-go dancers de 120 kilos fascinan a los jovencitos en la sala de las estatuas funerarias. Vamos al parque Luxembourg y recordamos a Herrera y Reissig:

                                                                          La lúgubre pompa de la selva se cubre

                                                                          De una gótica herrumbre de silencio y estragos…

Pero un adolescente, de sweater negro y pelo al rape, mea sobre los muslos del sátiro de metal verde, apreciando el rascacielos de Montparnasse, cuya sombra apocalíptica se deshace ante mis ojos y entristece a Baby Lon. Sin embargo, en las aguas estancadas crecen todavía nenúfares monstruosos, y podemos ver a furtivos andróginos a la caza de nuevas sensaciones bajo las frondas, acechando niñas que saltan la cuerda o que juegan rayuela. No hay éter ni opio, pero el hashish* sigue estando en boga y si tenemos suerte un muchacho de Tánger con ojos de gacela nos ofrecerá un frasco lleno de stardust a la salida del cine-club.

…………

*Como en El rey, la droga buena se contrasta con la mala. Pero en El rey la mala no es éter ni opio sino pastilla contra el sueño.

…………

La gasolinera del viejo Max, el edificio de la policía y el expendio de hamburguesas desaparecen bajo tormentas de arena roja. Una ciudad nocturna es construida sobre el lugar y, años después, cuando las bombas y el gas terminan con la villa y con sus pobladores, alguien decide construir una gasolinera, un edificio de policía, un expendio de hamburguesas…

*

París, 1977

Argelinos hambrientos de carne parisina circulan por el boulevard Saint Michel. Cocainómanos angelicales beben café y mandan besos a los de la gendarmería. Tina y yo compramos un hot-dog con queso y mostaza picante. Los argelinos danzando en medio de la calle, obstruyen el tráfico. Funcionarios importantísimos bufan en sus automóviles negros y resplandecientes. El Sena sigue su marcha, llevándose maletas, barcos de turismo, cadáveres de norafricanos, ramas de castaño, cuadros del Louvre…

Tina y yo bajamos, ahorrándonos escalones, a las riberas y sirviéndonos de un gancho para colgar ropa atrapamos con avidez un cuadro de Gustave Moreau: Los estercolarios. “Magnífico”, dice Tina. “Si los gendarmes no lo impiden, Gustave Moreau iluminará nuestras noches en Neon City para siempre”.

PORK se inició en el rock grabando un disco vagamente fascista llamado Piss your fans. En aquella época (1978) PORK llenaba sus conciertos de antorchas, de cruces gamadas y de pandilleros que tenían el deber de impedir a las niñas-escándalo la invasión del escenario. Su música llegaba a extremos de violencia no igualados por los mitológicos UNDEAD (que destruían sus guitarras) ni por los legendarios KILL (que navajeaban a un maniquí) ni por los SHIT SOUP (que devoraban ratas vivas) y ni siquiera por los COCKSUCKERS (quienes inventaron el chiste de mearse en el público). El Escritor fue expulsado del bachillerato al poner, a todo volumen, un disco de PORK en la clase de actividades estéticas. Muchos años después les consagraría un ensayo: “PORK y las nuevas tendencias de la pop music”. El arte de PORK era el equivalente musical de los underground comix de terror. Jimi Vomit, el líder y tocador de bajo, aullaba poemas anárquicos, apoyado por un incansable requinto ácido, por un piano eléctrico vertiginoso y por una batería que funcionaba como ciertas locomotoras avant-garde: los sueños del futurismo llevados a cabo por un cuarteto de adolescentes histérico-depresivos. No usaban pelo largo ni pelo corto: su haircut favorito era el “tomahawk look”: una franja, casi siempre verde o roja, de pelos erizados cruzando el cráneo reluciente.  Sus anteojos sin cristales y sus botas con un cuchillo en la suela (que daban orgásmicas patadas a jovencitas masoquistas) hacían sentir furor. La swástica infectaba sus instrumentos, sus chamarras negras y a veces hasta sus mejillas. En una ocasión, Jimi Vomit se presentó desnudo, con el cuerpo íntegramente tatuado de cruces gamadas diminutas, en rosa mexicano (durante todo el concierto, Vomit se meneaba una verga descomunal, que el último estrépito de electricidad rítmica hizo eyacular).

En 1980, los PORK asistían a los bares y a las neverías escotados por los Neon City Whores y dejaban, sin pagar, esos establecimientos. La ideología del grupo era antipolicial, antifamiliar y antiintelectual. Para los izquierdistas, PORK y sus fans eran nazis. Para los derechistas, PORK y sus fans eran nazis. Para los del centro, PORK y sus fans eran nazis. Jimi Vomit, bajo el espeso humo del veneno negro, murmuraba entre dientes: “Fuck Hitler. He was such an asshole…

Good evening, everyone. You’re at Boston’s most INTENSE underground dwelling, a subterranean cavern of pleasure, vice & GLAMOUR known as THE RAT…”

La voz que eso decía era una voz de adolescente retirado. Al pronunciar la última sílaba, un bajo eléctrico dio la señal, y Willie ‘Loco’ Alexander, jefe de la Boom Boom Band, cantó un himno obsceno dedicado a San Antonio the Third que además era un elogio del semen de tarántula, de las quinceañeras y de los coprófagos. Empezaba así:

               She was oo-oo talkin’, she was oo-oo fucking’

At the Rat

N’ she was suckin’ lemon, she was drinkin’ venom

At the Rat

Oh she’s my dee-dee baby & my gee-gee baby

At the Rat

En eso, Tina, Baby Lon y Peggy Lee, que bebían leches malteadas con stardust, chiflaron desde sus cojines. Vicky M. Doodle hacía preguntas a unos punks adormecidos, para recoger material novelable. Yo dije al Escritor: “Las niñas-escándalo huelen a flores tropicales”. Dos integrantes de los Neon City Whores (mc) navajeaban a un maniquí. Lo peor de los 60’s, lo peor de los 70’s atestaba el lugar. En el fondo del escenario se proyectaron películas pornográficas y al finalizar el show vimos aparecer en la pantalla el retrato de Sade que hizo Man Ray.

Fue una noche divina. Hubo de todo: risas y sacrificios. Al salir me topo con Timmy, alias La Puta del Bastón, quien me desliza diez gramos de cocaína roja en el bolsillo.

*

Neon City, 1990

Las atrocidades efectuadas por saludables muchachos yankees en Vietnam sobre los cuerpos y los espíritus de niños, mujeres, hombres y viejos fueron filmadas, y las películas se venden en el Bazar Chino de Neon City, carísimas, a hombres de abrigo gris. A veces se cotizan más alto que las filmadas en el interior de las cámaras de gas alemanas por oficiales ociosos. Un periodista se pregunta, en un número reciente de la Neon City Underground Gazette, si el precio sube cuando el film es en color o cuando la atrocidad es mayor (*). Observa, como posdata, un curiosísimo dato:

….

(*) También se pregunta si el equívoco encanto, la fascinación que ejercen esas películas radica en el hecho de que sus “directores y camarógrafos” sean verdugos y los “actores” víctimas.

….

el público de las Sex Shops es, casi siempre, el mismo del Bazar Chino. El mismo hombre de abrigo gris compra una inflatable dolly en los almacenes Dorian y un rollo de película titulado Happy entrails en el Bazar Chino. Del artículo extraemos fragmentos:

“… bazar donde los amateurs del horror hallarán piezas invaluables… cabezas reducidas, momias de hermanos siameses, enanos que (nos aseguran) eran plateados al bajar del platillo volante y que el formol volvió morenos… fotos de mujeres defecando, y de hombres que reciben el inmundo producto femenino en bocas de saurio, de tan abiertas… raros y coquetos maricas os venderán… tarántulas blancas de la Costa de Marfil… esa mercancía depravada de las civilizaciones en declive…”

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007), Ensayos (2009) y La ciudad de los bosques y la niebla (2019).

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