PREVISIONISMO PORVENIRISTA

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Emiliano González

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Cuarta parte

Quinta parte

Sexta parte

Séptima parte

Octava parte

Novena parte

 

Mi cuento largo (o novela corta) “Rudisbroeck o los autómatas” ha propiciado, de manera indirecta y narrativa, la participación del público escritor y la introducción para El libro de lo insólito ha querido propiciar, de una manera directa y ensayística, la participación del público lector. Este último caso (o fracaso) ha servido por lo menos para sacar a relucir cierta verdad: hay una actitud pasiva en los lectores que no son escritores, muy negativa. Y es que los escritores tienen vida personal y los lectores no. La vida personal requiere la compañía de un libro literario o filosófico para llegar a existir. El libro no es para los que sólo tienen vida social. Sin libro, toda vida personal se vuelve anti-social, pues carece de sabiduría e inteligencia y retrocede hacia épocas primitivas, anteriores, a antiguos, renacentistas y modernos.

La única carrera personal en que el amor y el humor son estudiados, es la de filosofía y letras.

La máxima vergüenza en nuestros días es el escritor que imita a esos lectores pasivos y colabora con el caos de la realidad, no con el cosmos. Este tipo de escritor, conformista, insiste en retroceder hacia autores atrasados y anti-sensuales como Heráclito, haciendo caso omiso de toda la experiencia acumulada después de él. Es necesario conocer a Heráclito, mas no es bueno imitarlo, hacer versiones modernas de él. Eliot convierte el irracionalismo de Heráclito en horror cósmico al introducirlo en Cuatro cuartetos, así como Poe introduce fragmentos de la República en “Coloquio entre Monos y Una”. La República coincide con los seguidores de Heráclito al ser aristocrática, espartana y radical. En vez de seguir En el camino, los lectores y escritores ya pueden optar por el blues de la ciudad. Si el blues en música ofrece la posibilidad de la invención al tener improvisaciones aparte de melodías fijas, escritas y deliberadas (propias de la música clásica), el blues en literatura es tan libre en su imaginación como el blues en música. El músico compone una nueva melodía al improvisar, y el escritor descubre un paisaje mental al usar la escritura automática. El blues en literatura es porvenirista, utópico y distópico.

La Estética (1936) de José Vasconcelos sería porvenirista, en su unión de ciencia y literatura, si no fuera por lo prejuicios del autor contra la sensualidad, y el ocasional influjo nietzscheano que lo acerca a los futuristas. Al considerar a lo dionisiaco puramente sexual e instintivo, Vasconcelos cae en el error de separarlo de lo sagrado, suponiéndolo reducido a lo material. No ve en la armonía sexual de Dionysos afinidad alguna con Apolo ni en éste la premonición digna de Dionysos. Enceguecido por El origen de la tragedia de Nietzsche, Vasconcelos separa de manera muy tajante a los dionisiacos de los apolíneos y los vuelve enemigos. En su Estética, nos recuerda la novela de Crowley, Niña lunar (1917), cuando describe jardines tropicales o cuando dice al lector “ama y haz lo que quieras”. Pero en otros momentos nos recuerda a los personajes puritanos o inmoralistas de Crowley, sin ser consciente de ellos, y se aleja entonces de su iniciación modernista y ateneísta. Los aromas exquisitos de jardines amorosos, las imágenes literarias dignas de los dibujantes Montenegro o Cabral, sin tapujos éticos, alternan con dogmas anti-sensuales, mostrando una doble personalidad. Vasconcelos afirma que la operación dionisiaca del alma es la estética aplicada al reino de la voluntad, “no para usarla en sus fines sino a fin de liberarla y llevarla al amor como espíritu”. La operación mística es llevar la existencia al plano divino, ya que en él “se consuma la salvación del hombre y su Cosmos”. Hay una redención final, cuya doctrina “sobrepasa en realidad el poder de la estética, y corresponde al Hagia Sofía o verdad religiosa”. Según Vasconcelos, el alma inicia la redención de manera apolínea, que incorpora lo físico a lo espiritual; continúa de manera dionisiaca, y termina de manera mística, lejos del cuerpo, ya que “la pasión sexual, ya de por sí violenta, se vuelve funesta y turbia cuando se complica con los ideales y peor aun cuando aspira a introducirse en el terreno limpio de la mística”. Por un oscuro sentimiento de culpa, Vasconcelos, en tanto sensorialista schopenhaueriano, no puede ser sensualista como los autores del materialismo práctico del siglo XVIII, Condillac y La Mettrie, y se ve inclinado hacia una vida reducida, tediosa, sin contacto con la mujer, en perpetua contemplación del rostro de Dios, apegándose a un cristianismo represivo, tradicionalista, basado en protocolo y no en experiencia. El rostro de Dios no es el Universo sino una imagen estática, que el autor oculta con cierta retórica sobre la gracia divina, el absoluto y la salvación. El humanista se ve borrado por el escolástico, sin tener control de las emociones. Al poner el amor cristiano del padre por el hijo (amor que implica seguridad y protección) por encima del amor pagano y genésico, Vasconcelos opone dos tipos de amor que no son en realidad contradictorios, y resulta inconscientemente homosexual al preferir el amor entre hombres, con predominio del patriarca, al amor normal del hombre y la mujer. Sin el lazo sexual que Vasconcelos desprecia, el hijo apreciado no puede llegar a ser. Vasconcelos odia el medio que le ha permitido alcanzar el fino, odia el coito que ha provocado el nacimiento del niño.

Cuando dice que hay un obstáculo para pasar de lo dionisiaco a lo místico, Vasconcelos da por entendido que lo dionisiaco no es místico. Y el obstáculo al que se refiere es la sexualidad.

En esta deformación del ritual, el amor de Zeus por Dionysos es más importante que el amor de las ménades por el dios del amor y armonía. El amor que Vasconcelos define en su Estética no es intelectual y en consecuencia el amor de este Zeus, emotivo e irreflexivo, es para las dos caras de Dionysos: la buena y la mala.

Vasconcelos confunde el opio con el hashish y cree que ambos son dionisiacos. Ignora a Dionysos Zagreus, que controla la tendencia destructiva heredada de Zeus, dios maniqueo.

En la cosmogonía de Heráclito hay una deformación del ritual dionisiaco, pues la maldad de la guerra es tan natural como el invierno (dando origen a la concepción sadiana) y en el invierno es inevitable la transformación del sátiro viejo en hombre-lobo. La coincidencia de la maldad de Dionysos con el invierno es tomada como prueba de que la estación fría es maligna, a pesar de que es sólo el paso del otoño a la primavera.

La deformación del ritual que da Vasconcelos en su Estética es parecida, aunque no puedo asegurar que el autor sepa de la existencia de las híadas, del sátiro viejo o del hombre-lobo, sin duda conocidos por Heráclito, gracias a Homero y al ritual mismo.

El frío puede ser cruel, el lobo puede ser cruel y el hombre ––a cualquier edad–– puede ser cruel… si no hay medidas contra la crueldad. El ritual previene una situación en que vejez, frío y crueldad coinciden. La enfermedad del dios es mental y su vejez lleva a la muerte.

Las consecuencias del ritual deformado por Heráclito, enemigo de la voluptuosidad, van a dar a la Estética, aunque Vasconcelos no conozca a los personajes del ritual, que se vuelven claros con lecturas de Homero, Pater y Meredith.

 

En El monismo estético (1918) de Vasconcelos, el autor aspira al monismo, pero resulta involuntariamente dualista al tener un alma buena y otra mala. La primera acepta el paso de particular a general y a través de la mujer se acerca a la naturaleza, en sabia armonía de cuerpo y alma. La segunda desprecia al cuerpo, considerándolo indigno receptáculo del alma. La primera realiza la identidad del alma con la esencia del mundo. La segunda confunde a esa esencia con lo sobrenatural, hace un arte al servicio de la religión, y como el autor italiano D’Annunzio y la sociedad secreta Golden Dawn, trata de conciliar a Cristo con el Anti-Cristo.

Sin embargo, el alma buena de Vasconcelos no ha sido destruida e implica la unión de sensorialismo y sensualidad, como deseaban los materialistas prácticos del siglo XVIII.

Cuando esta alma buena es visible el monismo se ve bien definido: “Una misma substancia informa todo, pero la substancia organizada conforme a las leyes de la materia, se ve impelida a cambiar sin reposo; en cambio, cuando se organiza conforme a las leyes estéticas de la conciencia, conquista la eternidad y el don de la propagación y el aumento”.

Dice Vasconcelos que la eternidad no puede ser juzgada por la razón sino “de acuerdo a una especie de premonición o de adivinación y también según la experiencia total propia y ajena, presente y pasada. Concebida de esta manera la idea de eternidad, constituye la base misma de nuestra experiencia consciente. A tal punto que de ella partimos para empezar a pensar…”

El previsionismo porvenirista se ve caracterizado por el sensorialismo, la sensualidad y algo que podemos llamar extra-sensorialismo, ya que incluye visión del futuro, no sólo del presente.

En su sentido más superficial, la intuición es para el humano un contacto con el espacio y, en su sentido más profundo, un contacto con el tiempo, que incluye hoy y mañana, juventud y vejez, formando una sola cosa, un solo fenómeno, en vez de dos. En su sentido más profundo, intuición es premonición.

Borges es porvenirista, ultraísta, expresionista e incluso estridente en sus épocas más reveladoras, y su estilo es comparable con el de Gómez de la Serna. Borges es ingenioso, pero nunca llega a ser humorista, ya que se muestra incapaz de apreciar la “greguería” o metáfora en la prosa de Gómez de la Serna. La greguería es una especie de “haikú” occidental en prosa, que abunda en la narrativa del autor español. Es un equivalente literario del aforismo filosófico, y tiene imágenes en vez de ideas. Greguería es “algarabía, gritería confusa”. Fue Valdelomar el primero que aisló estas metáforas y permitió reconocerlas claramente, pero fue Gómez de la Serna quien las hizo famosas.

Las “fantasmagorías” de Gómez de la Serna, breves cuentos de horror, nos hacen recordar “El guardavía”, en que Charles Dickens describe un fantasma del futuro, no del pasado, y es precursor de los autores de vanguardia, que siempre presentan al tren como vehículo misterioso o siniestro. Al principio del cuento, el narrador agita un brazo mientras con el otro se protege del sol, y el guardavía (o señalero) dirige su mirada hacia la entrada del túnel cercano a su caseta, puesto aislado que ocupa en el fondo de una zanja oscura y húmeda. Y es que un fantasma se le ha aparecido a la entrada del túnel, adoptando la misma actitud del narrador, y pareciendo anunciar una catástrofe… que en efecto se produce después de su desaparición. Meses más tarde se aparece otra vez el fantasma y ocurre una desgracia: una joven muere en un tren y su cadáver es depositado en la caseta. Cuando el narrador regresa ve a un hombre imitando la actitud del fantasma: es el conductor de un tren, que explica cómo ha tratado de apartar al guardavía, inmóvil sobre la vía, y cómo, al no lograrlo, el tren ha aplastado al guardavía. Este cuento influye sobre Alfred Noyes, que, inspirado por la sucesión de apariciones y presagios, piensa en el doble, toma la imagen del túnel solitario y la introduce en un libro inventado. Un hombre ve de niño una ilustración espantosa que muestra a un hombre en la entrada de un túnel: premonición de su encuentro consigo mismo muchos años después. “El guardavía” también influye sobre Holloway Horn, cuyo cuento “Los ganadores de mañana” muestra a un corredor de apuestas, en un tren, que lee un periódico con las noticias del día siguiente, noticias de apuestas y otras, entre las cuales se halla una que dice “muerte en un tren” e incluye su nombre. Temiendo un accidente, el corredor tira la manija de la campana de la alarma, pero muere de horror antes de que el tren se detenga.

La premonición es un hecho incontestable, objetivo, simbolizado por medio de los hechos imaginarios descritos en los cuentos.

Gómez de la Serna (reinterpretación de La muerta viva, por David Vela)

Fitz James O’Brien es un precursor del previsionismo porvenirista: en “El lente de diamante” hay un presentimiento de la segunda guerra mundial y una protesta contra ella. Lo que O’Brien describe como individual muy particular se vuelve después colectivo y general: un científico mata a un judío con tal de conseguir un lente de diamante que permite ver, en una gota de agua, a Anímula: una Eva diminuta en un paraíso microscópico y multicolor. El científico se enamora de ella, pero la pierde, y al perderla enloquece. Da clases que no son tomadas en serio y es conocido como Linley, el microscopista loco. Anímula es una híada, pues las híadas en la mitología griega simbolizan el proceso de la evaporación. El tema de la locura se une al de las híadas en el libro de Chambers El rey de amarillo.

La protesta por el futuro adverso en los autores distópicos se ve acompañada a veces de una deformación del sentido de los escritos de esos autores, deformación muy visible durante la segunda guerra mundial, en que se llevan a la realidad los argumentos decadentes, convirtiendo a los héroes en villanos y a éstos en héroes.

La noción del “ninfolepto”, loco por haber visto a las ninfas (tema de Platón, Swinburne, Huysmans y Mallarmé), influye sobre O’Brien. El cuento es cervantino, pues la belleza de la sílfide Anímula es contrastada con la vulgaridad de la bailarina Caradolce. El ninfolepto Linley, enamorado de la materia prima, del agua, de la ninfa, no puede saber nada del fuego, del oro filosofal, del sol en que se convierte la ninfa. Su delirio es profano: necesita a la poesía para ser sagrado. En el diálogo “Fedro”, Platón ofrece el problema y la solución: muestra al ninfolepto Sócrates y procede a su curación por medio de la poesía, locura sagrada que anula a la locura profana de la ninfolepsia, del amor loco, de la adivinación engañosa. Para Ambrose de “El pueblo blanco” de Machen, Alanna, la ninfa oscura, es el sol negro del opio, no la híada transformada en sol ni la ninfa salutífera del agua y fuego del soneto final de Shakespeare, ni la dama oscura del mismo autor. La dama oscura, odiada por Lord Alfred Douglas, determina la tendencia racista de Wilde en El alma del hombre bajo el socialismo, libro inmoralista, no decadente, pues carece del control de las emociones, propio del dandy, para regular espiritualidad y sensualidad, actividad y pasividad.

Ante la actitud pasiva de muchos lectores es encomiable la actitud de algunos escritores que han iniciado la actividad necesaria para que un movimiento como el nuestro siga adelante. Sin embargo, no sólo los escritores deben ser activos: también los lectores. La actividad es lo principal en el movimiento revolucionario que nosotros propiciamos. El público deficiente y excesivo de El libro de lo insólito nos lleva a males relacionados con femineidad y masculinidad, males que son deformaciones de la sexualidad e impiden el erotismo, la humanización del sexo, necesaria para dejar atrás lo meramente animal. Orlando en la obra de Ariosto es una bestia salvaje y en su furia se mezclan la cólera de Aquiles y los celos de Menelao.

El amor libre surge en el movimiento subterráneo del ’67 como un recuerdo del existencialismo y como una respuesta ante la guerra de Vietnam ––parecida a la de Troya según la simbología de la manzana de oro en el juicio de Paris–– y El libro de lo insólito está a favor del movimiento subterráneo, no de los celos patológicos. Por ende, es para quienes toleran y aun admiran a las parejas libres, no sólo a las arquetípicas.

La mala calidad del público de El libro de lo insólito me recuerda la mala calidad del público del ensayo “De Elizabeth Siddal a Alice Liddell”, publicado en Revista de la Universidad en 1984. Recurro a viejos apuntes: “Un psicoanalista, el dr. Fernando, para hacerme parecer agresivo, me hizo víctima de una trampa: existían proyectores escondidos en todas las canchas del mundo, que hacían creer a la gente que había jugadores en las canchas. Las imágenes proyectadas, por su falsedad, eran comparables con las imágenes que se ven durante el fenómeno de la alucinación, pues parecen estar entre los objetos conocidos y familiares y son una mera imagen mental, originada en el sueño. Para demostrar la validez de la teoría del doctor, arrojé una botella de tequila hacia la cancha en que había un tenista agresivo e insultante, jugando, en la casa de al lado, en Cuernavaca. Por hacer lo que hice, fui puesto por un tiempo en el manicomio. Esto arruinó infernalmente el nudismo paradisiaco y original que gozábamos mi mujer y yo”.

De seguro que el doctor quería demostrar que el hashish provocaba locura, como aseguraba el dr. Moreau (supuesto amigo del autor decadente Théophile Gautier). La droga psiquedélica (que manifiesta la mente) era tomada por el doctor como psicodélica (que manifiesta la locura). Además, el doctor tenía su teoría de la proyección, palabra que suena como “protección” pero implica lo contrario. Esta teoría se basaba en una frase de mi mujer, en que afirmaba que los deportistas eran meras ilusiones. Pero mi mujer lo decía como metáfora o mera hipótesis, no como verdad científica. Después de bastante tiempo de supuesto análisis, el doctor admitió que odiaba a Borges ––autor admirado por mí––,  y ahora observo yo que en su teoría de las proyecciones intervenía una deformación de la novela de Bioy Casares (muy amigo de Borges) titulada La invención de Morel (1940). El doctor estaba en contra de los “sueños inventados”, como decía Freud, y de mi libro Los sueños de la bella durmiente. Yo observo en la época previa a mi desgracia un incremento moroso de los problemas íntimos del doctor, ocultos pero evidentes, y un anhelo de dinero que lo lleva a mantener el análisis.

A propósito de mi experiencia psiquiátrica viene al caso el “autorretrato esquizofrénico” realizado por un porvenirista anónimo, a los 26 años, “El laberinto”, acerca de su infancia pesadillesca. Podemos ver, en un mundo subterráneo, al gran roedor blanco de la psiquiatría cruel, basada en protocolo y no en experiencia, con las espigas (que suponemos eleusinas) en la superficie de la tierra. Y el Hades, compuesto por las escenas horribles de la vida del pintor, entre otras un baile con marionetas en vez de humanos, una manifestación en que la guerra es la paz y la esclavitud es la libertad, un museo de la desesperación. También aparece el pintor, torturado en una máquina especial, abandonado mientras muchos otros juegan a lo lejos, encerrado en un tubo de ensayo, golpeado mientras las niñas lo contemplan, expulsado al frío como Kafka o parecido a un reptil asediado por los cuervos. El cuadro está en el libro La mente (1970) de la colección científica de Time-Life. Los autores son John Rowan Wilson y los redactores de Time-Life, y al presentar el cuadro nos dan una noticia optimista: el pintor ––ayudado por un médico bondadoso–– mejoró mentalmente y se casó.

El ensayo sobre Elizabeth y Alice fue publicado en Revista de la Universidad, que después de publicar textos subterráneos se ha pasado, en 2015, al movimiento gay y actualmente, en 2016, publica textos inmoralistas.

Es un hecho que necesitamos revistas con ideologías claras. Ya basta de editoriales y revistas con doble personalidad, que sacan libros o textos a favor de algo bueno y después sacan libros o textos en contra de lo que antes han defendido, sin que la experiencia demuestre que actúan según la lógica.

Se ven movidas, más bien, por el pretexto de que no se hacen responsables de los escritos publicados. Son cobardes y le dan validez legal a la cobardía (exceso de miedo).

Continuará…

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I(2007) y Ensayos (2009).

 

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